Juan Carlos Viloria-El Correo
- El patriotismo futbolero convierte en una utopía la justicia deportiva
El día en que se aplicó el protocolo antiracismo en el estadio da Luz, durante el partido entre el Benfica y el Real Madrid para investigar un insulto xenófobo del jugador lisboeta Prestianni contra el madridista Vinicius, el público aplaudió a rabiar al culpable y abucheó sin compasión a la víctima. Jorge Valdano, que comentaba el incidente para un canal de televisión, reflexionaba : «El fútbol es como la patria chica y todos los excesos del nacionalismo afloran». La protección del agresor por parte del club portugués y sus compañeros se impuso a la denuncia de la agresión racista. Y su entrenador, José Mourinho, trasladó la culpa al jugador del Madrid por «provocar al público». El estadio Da Luz fue esa noche más oscuro pero también un espejo de la sociedad.
Si en Lisboa el Benfica fue la patria chica de los aficionados, entre nosotros la patria es el partido que votamos o militamos. Si el defraudador fiscal tiene tu misma camiseta, no es corrupto sino que busca asesoramiento profesional; si el equipo contrario propone prohibir el burka, la prenda no es aberrante sino una expresión de libertad religiosa; si los tuyos dan la libertad a un etarra condenado a 400 años, es para que cuando salga de prisión pueda ver que la Euskadi actual es diferente de la que él dejó. Y así ‘ad aeternum’. Pero volviendo a la justicia deportiva, es una contradicción, un oxímoron, porque en el mundo del deporte inflamado de pasiones, especialmente en el fútbol, la justicia sería dar la razón a tu adversario deportivo y eso va en contra de la esencia misma del patriotismo de los colores. Mi patria son mis colores.
El caso del jugador del Real Madrid Vinicius Júnior es paradigmático. De víctima de insultos racistas, abucheos sostenidos en los estadios y entradas de juzgado de guardia se le ha convertido en culpable. La clave la dio el inefable Mourinho después de los incidentes del partido contra el Benfica recriminando al jugador su rebeldía contra las agresiones y provocaciones y recomendándole que imite a aquellos legendarios futbolistas de piel negra, Eusebio o Pelé, que transitaron por los campos de fútbol calladitos, humildes, dóciles y sumisos y se dedicaron a jugar a la pelota.
La escena de Vinicius reaccionando ante las palabras del embozado Prestianni (‘mono, mono, mono’) hasta cinco veces según testimonio del agredido y de Mbappé, y corriendo hacia el árbitro desesperadamente pidiendo protección, es la poderosa imagen de alguien que se subleva ante la normalización del insulto como parte del juego para provocar la desestabilización del contrario. La banalización de la xenofobia con la complicidad de buena parte de los aficionados, del club y de los compañeros confirma que la justicia deportiva es una utopía.