Fernando Navarro-El Español
  • Los peores periodistas coinciden hoy con los peores políticos, y por eso no es de extrañar que la vieja democracia liberal tenga hoy tantos achaques.

«He pasado las últimas semanas viajando por Europa, hablando con miembros de parlamentos, gobiernos y prensa. Mi visita tenía un objetivo: servir de voz a los millones de iraníes que la república islámica mantiene como rehenes mediante el terror y el silencio».

Pero, para su sorpresa, Reza Pahlavi comprobó que ese silencio no sólo lo practica la teocracia de los ayatolás, sino también la prensa europea.

Así lo denuncia, con argumentos perfectamente razonables, en un video que ha colgado en redes.

Pahlavi, hijo del último sha de Irán, que se postula para una transición democrática, iba acompañado de familiares de víctimas de la represión, y organizó una rueda de prensa ante ciento cincuenta periodistas. Los acompañaba un intérprete dispuesto a traducir todas las preguntas que les hicieran.

Pero no hubo ninguna.

Cuarenta mil víctimas del régimen, ciento cincuenta periodistas, y cero preguntas a los familiares. Cero.

No es difícil suponer que los periodistas presentes en la rueda de prensa de Pahlavi detectaban, con las antenas que avisan de la predisposición emocional del grupo, que una pregunta sobre la represión iraní sería interpretada como un apoyo a los odiados yanquis y sionistas. El periodista pasaría a ser sospechoso, y por tanto en peligro de quedar fuera del calor de la Hermandad del Lado Correcto de la Historia.

No hay nada que produzca más miedo que la exclusión de la tribu.

Esto demuestra que el problema del periodismo, sometido a la moda ideológica del momento, no es exclusivamente español.

En esto, los silentes periodistas europeos recuerdan a los periodistas del Congreso que, deslumbrados por el progresismo, rodean embelesados a Merxe Aizpurúa y son incapaces de poner en apuros a Patxi López incluso cuando la corrupción y los escándalos del gobierno se desbordan. Todo ello para no ser excluidos del consenso guay y pasar a ser incluidos en la categoría infamante de «buleros» y «pseudomedios».

Este es el gigantesco campo que dejan libre para provocadores como Vito Quiles, que hace su trabajo.

Por cierto, gracias al imprescindible libro de Carlos Granés El puño invisible me he enterado de que el modo de practicar periodismo de Quiles, acosar con un micrófono a un desconcertado político, no lo inventó Wyoming sino un grupo vanguardista llamado The Diggers, uno de cuyos tres miembros era Peter Coyote, al que seguro que recordarán de Lunas de hiel.

En todo caso, el problema es serio: un sector relevante de los medios está ideológicamente capturado, y ha olvidado su misión de controlar con neutralidad.

Una parte, obviamente, por interés directo. Un tertuliano sabe que llamar golpista a María Corina Machado incrementa exponencialmente sus posibilidades de acceder a los sabrosos sueldos de RTVE.

Pero otra parte parece, diríamos, autocapturada. Sencillamente, ha interiorizado el relato hegemónico, y cree que su misión es militar entre los «buenos». Ha olvidado completamente que su papel no era este, sino vigilar imparcialmente la calidad de la película para que el espectador no reciba un relato trucho.

En realidad esta captura se ha extendido mucho más allá de los medios, y con el calentamiento global hemos tenido ocasión de ver que alcanza incluso a la ciencia. De nuevo, en este caso concurre el interés directo con la contaminación ideológica.

Este fin de semana, en la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca que se celebraba en el hotel Washington Hilton, Trump ha sufrido un nuevo intento de atentado, y los medios han vuelto a evidenciar sus sesgos.

Tras la cancelación de la cena, (y después de que algunos corresponsales aprovechasen para llevarse las botellas de vino y champán que quedaban desamparadas), la corresponsal Norah O’Donnell entrevistó al presidente en la cadena CBS.

Y allí le presentó el manifiesto del criminal, en el que afirma que los miembros del gobierno son objetivos legítimos y que no está dispuesto a que «un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes», como si fuera un escrito de acusaciones.

Cuando Trump se enfadó ante lo que parecía una evidente inversión de la responsabilidad, que obligaba al presidente a dar explicaciones sobre los motivos alegados por un zumbado, ella se limitó a fingir cara de sorpresa y decir «oh, ¿cree que se estaba refiriendo a usted?».

En España esa inversión se mantiene. Se resalta que el autor del atentado es un «brillante profesor», que tenía como objetivo a Trump «por traidor y criminal». Además, hay una enorme preocupación, diríase que mayor que hacia el atentado en sí, porque Trump lo pueda rentabilizar electoralmente.

Y en los casos extremos (como los de Ignasi GuardansPablo Fernández o Ramón Espinar) se duda de la verdadera autoría del atentado, y se manifiestan abiertamente sospechas de que pudiera tratarse de un montaje.

En fin, que los peores periodistas coinciden hoy con los peores políticos, y por eso no es de extrañar que la vieja democracia liberal tenga hoy tantos achaques.

Disclaimer: No estoy diciendo que todos los periodistas y todos los políticos sean malos. Que no se me enfaden los periodistas, que yo fui político. Aquí no se libra nadie.