Manuel Marín-Vozpópuli

  • Sánchez nos quiere convencer de que cuando Aznar envió una fragata a Irak, era una máquina de matar, y la que él envía hoy es un patito de goma. Cinismo.

No es casual que en la misma noche en que Donald Trump amenazó con “cortar” con España, la presidenta de la más emblemática marca financiera de nuestro país, Ana Botín, máxima responsable ejecutiva del Banco Santander, lanzase un mensaje conciliador que, en realidad, ocultaba una notoria inquietud. Fue un intento de aplicar un bálsamo a los mercados, pero también fue un aviso encubierto: España, el Gobierno español, Pedro Sánchez, se equivoca alimentando un enfrentamiento con la Casa Blanca. Fue cuestión de minutos que las alarmas se encendieran en los despachos de las grandes multinacionales españolas. Hay un riesgo notorio para los mercados por más que se sobreentienda que Trump es un bravucón capaz de decir lo primero que se le pasa por la cabeza para luego, en frío, rectificar. Y es que el Santander habla poco, pero cuando lo hace es conociendo muy bien de antemano sobre qué. Hace pocas semanas adquirió la entidad financiera Webster Financial Corppor 12.000 millones de dólares, una operación que es mucho más que una declaración de intenciones para sus ambiciones de expandirse en el país.

El presidente ejecutivo de otra multinacional con más de 5.000 empleados en España me hizo llegar esa misma noche el siguiente mensaje: “La amenaza es muy inquietante. Sánchez sólo piensa en hacer lo que sea, cualquier cosa, para mantenerse en el poder aun a riesgo de ‘desposicionar’ a España”. Es evidente. Sánchez se ha propuesto alejar a España del ecosistema clásico de colaboración con Estados Unidos, ha irritado a la OTAN, genera una palpable inquietud en líderes europeos que ya lo marginan de citas relevantes, y se ha propuesto desguazar el vínculo atlántico que garantiza nuestra seguridad. ¿El motivo? Puramente electoralista. 

Cree poder reagrupar a una izquierda dispersa, desmotivada y carente de referentes para tratar de sostenerse en las elecciones generales. Su “no a la guerra”, idéntico al de hace 23 años de José Luis Rodríguez Zapatero, no tiene más objetivo que reafirmar el cinismo de un desapoderamiento internacional de España. El “no a la guerra” no es una posición política, es solo un eslogan electoral. ¿Quién quiere una guerra? El simplismo de este “sanchismo bonito” es demoledor. Tanto, que el viernes Funcas hizo un diagnóstico preocupante: la guerra en Irán subirá la inflación por encima del 3% y restará dos décimas al PIB. Traducido, problemas para los bolsillos.

El gas será pronto un 30% más caro en España. Los combustibles se encarecen por días, y al ministro Carlos Cuerpo, otra víctima de los eslóganes que le diseñan los gurús de La Moncloa, ya nos habla de otro escudo, un “escudo energético”, más allá del fallido “escudo social” que Sánchez no consigue aprobar en el Congreso. Este Gobierno de los escudos niega la gravedad de una crisis que nos sorprende cuando estamos quemando gas a mansalva (el 30% proveniente de Estados Unidos) para evitar otro apagón masivo. Hoy España importa bienes de Estados Unidos por valor de 30.174 millones de euros, que es exactamente el doble de lo que exportamos, según el Instituto de Comercio Exterior. En cambio, nuestro país exportó mercancías por valor de 16.716 millones de euros, lo que representa un saldo comercial netamente negativo.

Otro dato preocupante en los despachos de poder financiero: España ocupa el decimoséptimo puesto como receptor de los productos estadounidenses. Y según datos del Observatorio de Complejidad Económica, los productos españoles más exportados a EEUU en 2024 fueron los medicamentos envasados (1.300 millones de dólares), y el petróleo es el bien estadounidense con mayor presencia en el mercado español, con un saldo de 6.190 millones de dólares. Así, lo más granado del Ibex, Santander, Iberdrola, Repsol, ACS, Sacyr, Ferrovial o Grifols entienden de sobra la ecuación riesgo-coste-oportunidad y la necesidad de que Sánchez no altere los equilibrios y deje de poner en jaque inmensas inversiones en Estados Unidos. La palabra represalia existe.

¿Es realista la amenaza de Trump? ¿Es una patochada?  Los cuatro sectores con más nivel de exportación a Estados Unidos, el agroalimentario, el químico, el de las infraestructuras y el de maquinaria industrial, han empezado a hacer números. Un mercante repleto de bienes españoles en cualquier puerto estadounidense no sirve absolutamente de nada si no se descarga. Así de simple. Basta con que Trump sugiera a las empresas estadounidenses que no es patriótico comprar productos a España. El aceite de oliva, los aparatos eléctricos o el sector vinícola pueden verse rápidamente afectados porque Estados Unidos cuenta con alternativas accesibles y fáciles y con competidores extracomunitarios como Túnez (olivo), o Argentina y Chile (vides).

Pero no es sólo una cuestión financiera o comercial. Es el hundimiento reputacional de la imagen de un país como España, que una vez más se aleja de las fotos de familia, que se sitúa al margen de la lógica exterior y que se desentiende gratuitamente de una estrategia común que, matices aparte, es inherente a Occidente desde la Segunda Guerra Mundial. Invocar el derecho internacional para satisfacer más intereses de Irán que de Occidente bajo la bandera infantilista e ingenua de la paz perpetua como utopía, es un error que rompe equilibrios esenciales para España. Porque invocar ese sacrosanto derecho también como un eslogan implica justificar a un régimen que jamás dejó de vulnerarlo sistemáticamente. Con las libertades, con las mujeres, con la esclavitud, con los presos de conciencia…

La legalidad internacional le importó poco a la izquierda cuando el icono de la socialdemocracia europea, Barack Obama, decidió bombardear Libia y fulminar a Gadafi. Tampoco esa legalidad importó cuando se trataba de capturar, y matar, a Bin Laden. La legalidad internacional no puede medirse con distinto rasero ideológico en función de si quien la vulnera es de izquierdas o de derechas. Eso se denomina hipocresía. Poner el foco en la legalidad es insuficiente y conviene abrirlo a la legitimidad. La pregunta es simple: ¿es legítimo tratar de poner fin a un régimen teocrático, vulnerador de los derechos humanos, capaz de masacrar a su propio pueblo? ¿Lo que era legítimo con Obama no lo es con Donald Trump?

Es sintomático. Cuando un ministro como Puente cambia su perfil de redes sociales y sustituye su foto por la bandera de España, o cuando Moncloa propaga el mantra que de que la posición de Sánchez es “patriotismo”, vuelve a emerger el cinismo. Unamos los puntos con una línea. Justo después de que la ministra de Defensa se citase con el embajador norteamericano y de que Macron telefonease a Sánchez… España envía una fragata a la zona de conflicto bélico. Y la dotación de una fragata es militar. No son animadores de crucero con confeti.

¿Entonces? Entonces hay que fabricar el relato. Y entonces Moncloa arguye que es “misión defensiva” de apoyo a Chipre, como si la fragata no formase parte de un contingente militar. El argumento cae por absurdo y falaz. Basta un recordatorio: en la guerra de Irak, con José María Aznar como presidente, España envió exactamente lo mismo. Una fragata de apoyo. Pero nos quieren hacer creer que aquella fragata era una máquina de matar, y la de hoy es un patito de goma. España está en ajo. Está hocicando, naturalmente. Es la ‘realpolitik’ y no, no viaja Colau en esta flotilla de palomas con ramitas de olivo. De acuerdo, buenismo y  “no a la guerra”, pero sí participamos de ella. Solo tiene que parecer que no es así. Sin más. Y es irrelevante si los ayatolás financian a Hezbolá, o si Irán fabricaba 450 kg de uranio enriquecido al 60 por ciento para aumentar el arsenal nuclear, o si tiene a Israel en su punto de mira de ataques permanentes.

Lo sostenía estos días FAES (sí, José María Aznar, sí) con una simpleza tan contundente como abrumadora: “Irán promueve la desestabilización a gran escala; se rodea de milicias criminales; controla una parte sustancial del narcotráfico mundial; impulsa operaciones terroristas con el objetivo declarado de destruir Israel y colapsar Occidente”. Si el Gobierno de Sánchez asumiese que no debería ser partícipe a título lucrativo del golpe económico que se avecina para España, algo en su gestión volvería a ser racional. Pierdan toda esperanza. Lo suyo no es lo racional, sino lo emocional. La emoción de salir a la caza de votantes perdidos, la emoción del muro y la emoción de la fractura social aun a costa del tejido financiero y empresarial y de derruir nuestra credibilidad en el exterior.