Olatz Barriuso-El Correo

Hoy se celebra el Pleno de Política General en el Parlamento vasco y el PNV de Gipuzkoa, de la mano de EH Bildu, decidió de víspera servirle de aperitivo al lehendakari una buena ración de soberanismo del de siempre, del que no contempla el gradualismo al que ahora se abona Arnaldo Otegi sino la «soberanía plena de Euskal Herria» por la vía de la reintegración foral. Al mismo tiempo que las Juntas guipuzcoanas escenificaban en diferido la exaltación patriótica de la Declaración de Bergara –cayó en julio y puede ser que alguien se lo perdiera– y reproducían un discurso maximalista que ya llevaron al mismo foro hace ahora dos años, en Bilbao se producía otra imagen de regusto anacrónico: sendas delegaciones de Bildu y ERC se conjuraban para que Euskadi y Cataluña caminen «de la mano» en pos de la «independencia». Y eso que la izquierda abertzale, se supone, había abandonado la vía unilateral secesionista tras el fiasco del ‘procés’ para abrazar el pragmatismo institucional. Lo mejor, el tirabuzón retórico para definir a vascos y catalanes como «pueblos oprimidos». Que les pregunten a los ceutíes por opresiones y ollas a presión. Pero Otegi y Junqueras, a lo suyo.

Da la sensación que semejante derroche de dialéctica dosmilera, actualizada por el aplauso cerrado a la renovada pulsión autodeterminista de la ‘cumbre celta’ en Reino Unido, sólo puede obedecer, a corto plazo, a la intención de condicionar el discurso que Imanol Pradales haga hoy en la tribuna y tratar así de desgastarle y, fiándolo más largo, a la intención de construir un relato válido para emprender la travesía del desierto del postsanchismo. Eso, en el caso de Bildu, que no se molesta en disimular su activismo militante en pro de la continuidad de Sánchez, que a su vez le garantiza su propia ‘normalización’ interna por la vía penitenciaria. Aunque otros partidos de izquierda radical han puesto en evidencia los vínculos de Marruecos con Trump e Israel y se han abonado a la tesis del chantaje de Pegasus (también el PNV), Bildu prefiere señalar al CNI y a las malvadas fuerzas del Estado profundo que quieren acabar con el Gobierno por el empeño del PSOE de Sánchez en salirse del molde del «régimen». Textual.

Si el plan de reeditar la mayoría «plurinacional» falla, lo que es harto probable, la idea será volver a hacer del antifascismo el punto único del programa, lo que pasa por decidir todo en Euskadi y preservarla así de las garras de la ultraderecha. Sencillo pero efectivo. ¿Y el PNV? ¿Qué interés puede tener en agitar una bandera, la del nuevo estatus, que empieza a mosquear seriamente al personal por la opacidad con la que se están ventilando cuestiones troncales del autogobierno? La querencia identitaria del GBB y su peso interno a la hora de arrastrar a Sabin Etxea han quedado de manifiesto con el poder de Markel Olano, burukide de euskera, en la reforma para reajustar la exigencia de lengua vasca en la admnistración y con la escenificación de Bergara, de la que algunos destacados dirigentes jeltzales se ausentaron de forma ostentosa.

Sin embargo, algo más hay. El PNV no puede descuidar al flanco más nacionalista de su electorado ni dejar libre ese terreno en exclusiva para Bildu: de ahí que se sitúe como el garante del rigor jurídico del nuevo texto estatutario, como hizo ayer Esteban. El problema es que la famosa ventana de oportunidad para aprobar un nuevo estatus está a punto de cerrarse y alimentar expectativas vanas puede abocar a la frustración a un electorado interpelado por otros debates –las migraciones, el fracaso educativo, unos jóvenes escasos de resiliencia y sobrados de inteligencia artificial, una percepción creciente de inseguridad–. Y eso se paga en las urnas.