Francisco Rosell-El Debate
  • Todo lo cifra Sánchez en que Puente sea su tentetieso para que los golpes se centren en él, en vez de quien lo sostiene como parapeto para ganar tiempo hasta el día D de este 29-N. A este propósito, incita debates abstrusos sobre la nacionalización de lo que está nacionalizado, dado que el gestor de infraestructuras, Adif, es 100% público

Hecho a retorcer toda ley y norma que se interponga en su ambición por mandar, desde la Constitución para asegurarse el voto de investidura por parte del separatismo a la última instrucción gubernamental para adueñarse del voto de quienes jamás pusieron un pie en España, Pedro Sánchez falsea hasta las reglas del Juego de la oca. Así, tras los descarrilamientos de Adamuz y de Urda con 115 difuntos en el corredor de la muerte de la línea de alta velocidad entre Madrid y Andalucía, Sánchez discurre para sí a fin de eludir su responsabilidad: «De Puente a Puente para que me libre de la corriente». De esta guisa, mantiene en el gobierno, sin que le importe que vuelva a las andadas con tal de que siga con sus andanadas, al ser ésta la razón última por la que le encomendó la cartera de Transportes.

Al estar para ladrar a todo el que amenace con desalojar de la Moncloa a su «Puto amo» y éste consentirle cualquier cosa hasta que no tenga más remedio que sacrificarlo si cree llegado el caso, su doble sesión de gruñidos de ayer, por la mañana tras el Consejo de Ministros y por la tarde ante la Diputación Permanente del Congreso, no obró sorpresa alguna a diferencia de aquel extemporáneo episodio que registró el Parlamento Europeo en diciembre de 2023 cuando un perro se puso a aullar al concluir Sánchez su balance de los seis meses de Presidencia de turno del Consejo de la UE. Tras mirarse los eurodiputados con rostros de asombro intentado indagar de dónde procedían tales aúllos, se desataron las risas entre los concurrentes.

Sin embargo, esta vez carecían sentido las mismas debido a la maldita gracia que hace un ministro que dedica más tiempo al tontotuiteo que a su labor ministerial. No obstante, Puente se siente protegido consciente de que Sánchez no le evalúa –a la vista queda– por su nefanda gestión ni siquiera con las secuelas trágicas que arrastra, sino por la matonería con la que opera desde primera hora. De ahí que Puente no se lamente como aquel alguacil que le fue a su corregidor con la queja de que, por portar un mensaje suyo, le habían partido la cara. Conociendo a Sánchez, Puente ya adivina por anticipado que le endilgaría aquello de «Ahí me las den todas».

Siendo tan ciertas sus culpas como poco políticas al ser el titular de Transportes, no son menores las de quienes, tras los 46 muertos de Adamuz de hace nueve meses, lo ha sustentado todo este tiempo hasta que ha doblado la apuesta con los 69 de Urda con serio riesgo a futuro –Dios no lo quiera– en un tercer percance en un trayecto en el que las incidencias afluyen al ritmo de una cada tres días sin que nadie se conmoviera al ver cómo la ruleta rusa giraba con el cañón prácticamente lleno de mortíferas balas. No es que lo sospechen los supervivientes de un antaño servicio modélico y digno de orgullo ante el mundo entero, sino que Sánchez lo acreditó el lunes cuando rehuyó el AVE para desplazarse a Barcelona al festolín del grupo Prisa bajo la denominación inglesa de World in Progress para darle más empaque a la función de peloteo.

El presidente desperdició una ocasión inmejorable de despejar los fundados temores de los pasajeros sin tener que mostrar el arrojo de Manuel Fraga cuando, con su bañador meyba, se zambulló como ministro de Información y Turismo en aguas de la playa del municipio almeriense de Palomares, junto al embajador estadounidense, para tranquilizar a los lugareños después de que el 7 de marzo de 1966 cayera al mar una bomba termonuclear de 1,5 megatones -otras tres lo hicieron en tierra- de un B-52 norteamericano al chocar en el aire con el avión cisterna que lo abastecía.

En vez de ello, Sánchez prefirió usar un Falcon para luego, desde el confort de esa tribuna en torno al mundo que progresa especialmente para quienes se enriquecen destruyéndolo, sermonear sobre la necesidad de recobrar «cueste lo que cueste» la confianza en el tren fiado a las mismas manos que lo han achatarrado. Entretanto, el Estado ha dilapidado el dinero que le sale por las orejas –como cuenta Sánchez en su Manual de resistencia sobre el crowdfunding de «Bancal de rosas» con el que sufragó sus primarias– tras el expolio al contribuyente y el caudal amazónico de fondos europeos.

‘Noverdad’ Sánchez lo hizo con el mismo desahogo con el que exhorta sobre la enseñanza y la sanidad públicas que destruye, pero de las que se ponen a salvo tanto él como su parentela acudiendo a los mejores centros privados de dentro y fuera de España. Pese a lo cual, Puente se permitía en la rueda de prensa del Consejo de Ministros tildar de «irresponsable» al presidente andaluz, Juanma Moreno, por decir que no se volvería a subir a un AVE hasta que no haya una auditoría.

Todo ello fue el preámbulo adecuado al martes de carnaval vivido ayer con los cadáveres de Urda aún calientes y con las víctimas de Adamuz aún sin resarcir. En el Consejo de Ministros de ayer se tornó a anunciar nuevas ayudas con la impostura del protagonista del célebre epigrama sobre «El señor don Juan de Robres,/ con caridad sin igual,/ hizo este santo hospital/ pero antes hizo los pobres». Y, por la tarde, mostrándose desafiante y «desafinante» al espumajeando el socorrido «Y tú más» que Sánchez prometió –como tantas cosas– erradicar de la política para luego no caérsele de la boca. Bien leeréis, si tenéis por bien, lo que manifestó a la salida de una rueda de prensa en Moncloa tras citarse con el entonces presidente Rajoy: «Voy a ser beligerante contra la corrupción sobre todo cuando afecta a mi propio partido. Porque (…) a mí no me van a ver en el ‘y tú más’, sino en la asunción de responsabilidades». O tempora, o mores!

Todo lo cifra Sánchez en que Puente sea su tentetieso para que los golpes se centren en él, en vez de quien lo sostiene como parapeto para ganar tiempo hasta el día D de este 29-N. A este propósito, incita debates abstrusos sobre la nacionalización de lo que está nacionalizado, dado que el gestor de infraestructuras, Adif, es 100% público; Renfe, el primer operador de transporte de pasajeros, también lo es, al igual que Ouigo es 100% capital público francés e Iryo tiene un 45% capital público italiano. A este respecto, la izquierda replica el surrealista diálogo de La vida de vida de Brian, de los Monty Python, en el que los activistas de la Unión Popular de Judea terminan escindidos en tantos grupúsculos que ni ellos saben a cuál pertenecen sin percatarse de que los disidentes del Frente Popular de Judea «¡somos nosotros!» O demonizan una liberalización del sector para desviar la atención en todas las direcciones buscando chivos expiatorios como el que caza mariposas cuando la competencia ha mejorado el servicio en consonancia con las directivas europeas.

Pero quien pretende monopolizar la economía también persigue la política para abonar el sueño, verbalizado por Sánchez, contra la alternancia política luego de gobernar al margen de las Cortes y de ambicionar anular el Poder Judicial. Esa deriva se refuerza cuando, con un gobierno fallido que origina aciagos daños averiando los servicios públicos con su incompetencia, los sindicatos sanchistas UGT y CCOO convocan para este 11-N una Huelga General Política (HGP) contra la oposición. Algo comprensible cuando se asiste a la anomalías de que el verticalismo sindical cosecha más caudales cuasi que los asignados a modernizar la señalización fija de la alta velocidad Madrid-Sevilla basada en el obsoleto sistema alemán LZB.

Finiquitado el tiempo de las explicaciones tras más de cien muertos, tampoco llegan las dimisiones como símbolo de una democracia mangoneada por demagogos. Por eso, lo inverosímil no es lo ocurrido primero en Adamuz y luego en Urda, sino que persista en su empleo quienes están dispuestos a descarrilarlo todo, mientras observan desde el andén del poder la peligrosa circulación de trenes que, en este ominoso ochenio, han pasado de llegar tarde a que no lleguen vivos sus viajeros. Cuando se vota humo, se acaban teniendo incendios.