Teodoro León Gross-ABC

  • El aparato de propaganda gubernamental ha convertido un chascarrillo torpe de Rajoy en una crisis de Estado. Es una maquinaria formidable

Condenado el hermano de Sánchez y el líder de los socialistas extremeños que promovió su enchufe. Inhabilitados 9 años por prevaricación. Y sí, es grave, pero ¿y lo de Rajoy qué? Se suma a la condena del fiscal general del Estado, por quien Sánchez arriesgó su crédito. Y se suma también a la condena del primer secretario de Organización de Sánchez, figura fundacional del sanchismo, su ‘alter ego’ en la moción de censura. Grave, sí, ¿pero y lo de Rajoy qué?

Zapatero sigue sin aportar nada que justifique la posesión de joyas en una caja de su despacho por más de un millón de euros, y las conexiones turbias con una trama corrupta. Sí, un expresidente en el filo de la navaja, ¿pero y lo de Rajoy qué?

Citada declarar la gerente del PSOE como imputada. La UCO acredita pagos a la fontanera de unas cloacas promovidas desde Ferraz, apoyada desde las instituciones, para atacar a fiscales y policía judicial. Oscuro, pero, ¿y lo de Rajoy qué?

Hay que quitarse el sombrero. El aparato de propaganda gubernamental ha convertido un chascarrillo torpe de Rajoy en una crisis de Estado. Es una maquinaria formidable. Primero un puñado de ministros españoles se rasga las vestiduras denunciando una agresión racista contra Francia, y una vez levantada esa polvareda ruidosa, en Francia obviamente recogen el guante. Nada gusta más a un Gobierno débil como el de Macron que una agresión exterior… y más el día de su fiesta nacional y desde un país con el que se juegan la final del Mundial. No hay mejor ocasión para sobreactuar. Así llegó el chascarrillo chusco a las cancillerías con Napoleonchu Albares calificando la gravedad del episodio racista de Rajoy al nivel del ‘apartheid’ sudafricano o el Ku Klux Klan en Alabama. No se puede ser más ridículo.

Rajoy, tras su gracieta fallida, perdió la oportunidad de haber ensayado una disculpa: «Pido excusas. Me arriesgué a creer que escribía para lectores inteligentes; lamento la temeridad de no entender que escribía también para el pobre ministro de Exteriores». O incluso un perdón compungido para satisfacer a los ofendiditos más contumaces. Nada, en cualquier caso, iba a cambiar la ‘performance’ de Moncloa aprovechando la dictadura de la literalidad en las redes contra el humor irónico, fallido o no. El Gobierno español –un Gobierno en minoría, que desprecia al Legislativo, incumpliendo año tras año el precepto constitucional de presentar presupuestos, y que acusa al judicial de guerra sucia (‘lawfare’)– intuyó que había dado con un buen filón para ponerse estupendo. Tanto que Sánchez acabó proclamando «que gane el mejor». Una cretinez asombrosa. Ningún mandatario sería equidistante si su país se juega el Mundial. Pero Sánchez, que se declaró «muy avergonzado» por el expresidente español al llegar a París, sin duda anhelaba más el escándalo oportunista que la victoria.