Olatz Barriuso-El Correo
Resulta que Eneko Andueza es un precursor de lo que se ha dado en llamar la ‘vía Rufián’. Basta remitirse a su entrevista del pasado fin de semana en este periódico para comprobarlo: «Donde no vayan a sacar representación, Sumar y Podemos no deberían presentarse para que el voto de la izquierda se concentre en el PSE. Si de lo que verdaderamente se trata es de frenar a la extrema derecha no es momento de que algunos se miren el ombligo», proponía. Pues bien, la ‘performance’ de Gabriel Rufián y Emilio Delgado en la sala Galileo Galilei de Madrid demostró que es posible mirarse el ombligo y, a la vez, en un acto de desusada generosidad política, plantear que tu partido no se presente en Barcelona.
El problema, claro, es cómo consigues ese más difícil todavía si no eres el que manda en tu casa, sino un verso suelto. Un ‘outsider’, eso sí, con tirón, rebosante de carisma, con la habilidad necesaria para caer bien a mucha gente –virtud nada desdeñable en política– y capaz de hacer ‘sold out’ en la Galileo con semanas de antelación como si fueras la nueva sensación del ‘indie’. Pero sin mando en plaza para decidir en Esquerra y sin capacidad tampoco de hacer doblar la rodilla al festival de egos que es la izquierda a la izquierda del PSOE para que prospere un acuerdo que supondría, en Euskadi, que Alba García y Richar Vaquero se retiren modosamente a sus aposentos para que Bildu campe a sus anchas.
Normal que el PNVhaya arrugado la nariz ante la idea. Un diputado jeltzale lamentaba en sus redes sociales el espacio preeminente que la televisión pública vasca decidió conceder en su escaleta al acto de Rufián «en Madrid». «Mucha España, por muy izquierdosa que sea», se dolía. Más allá del ‘cui prodest’ –es decir, a quién beneficia el golpe de efecto del ubicuo diputado de Santa Coloma–, las dudas sobre la viabilidad real del enésimo proyecto de reunificación de la izquierda son más que razonables.
Para empezar, porque sustituir el pluralismo por la causa del «antifascismo», además de ser un ‘plan B’ por el portazo que recibió de los destinatarios de sus cantos de sirena, con Bildu a la cabeza, es una idea problemática. Y, para seguir, porque la sospecha de que Rufián ha orquestado este espectáculo por puro interés personal no lo niegan ni quienes fueron a jalearle en primera fila. Hay quien ve la mano de Sánchez para reeditar su mayoría y quien piensa que la operación no es sino una gigantesca campaña de autopromoción ante los planes de Junqueras de apartarle para acabar siendo, atención, candidato de ERCal Congreso.
Lo innegable, en todo caso, es que lo ‘cool’ para buena parte de la izquierda era estar este miércoles en la Galileo con un botellín de cerveza y una sonrisa. En la pomada. Codeándose con el nuevo ‘star system’ –los tertulianos– y aplaudiendo hasta romperse las palmas. «Lo importante no es el contenido sino el ambiente que se genera. Dar un golpe en la mesa», confiesa uno de los asistentes, con más de una negociación de candidaturas conjuntas en su mochila política. Es decir, de lo que se trata, en realidad, además de que Rufián no acabe en un reality como Cifuentes o en su propio canal de televisión como Pablo Iglesias, es de inyectar moral a una izquierda alicaída y desnortada. Generar ilusión, tener el descaro político de competir con Vox y lograr, como mínimo, que las confluencias no se pongan a blandir cuchillos a las primeras de cambio. Como campaña de marketing es brillante. La pregunta es, ¿y si sale mal?¿Cómo harán los de ola antifascista y plurinacional para deshacerse de la pegajosa sensación de fracaso y de globo pinchado? ¿Alguien ha hecho evaluación de riesgos? La respuesta está en el viento.