Cristian Campos-El Español
  • ¿Cuántos millones de inmigrantes más necesita un país con tres millones y medio de parados reales y dos millones y medio de personas viviendo del Ingreso Mínimo Vital?

Hace unos días hablé con un político que me preguntó por la inmigración. Quería saber qué se cuece en las calles.

Y yo pensé para mis adentros «sube un día cualquiera al metro y lo verás en las caras de los pasajeros».

El metro es mejor que cualquier sondeo. En los sondeos, uno dice lo que cree que debe decir para no pasar por mala persona frente al encuestador. Pero en el metro, las caras lo dicen todo.

Nadie miente cuando calla.

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A mí no me sorprendió que este político en concreto preguntara por la inmigración.

Los políticos tienen datos y sondeos. Pero no conocen la realidad.

Por ejemplo. «El PIB de España sube» es un dato. Nadie lo puede negar.

Y entonces llega el asesor, o el jefe de gabinete, o quien susurre al oído del político, y le dice «sube por la inmigración».

Pero, ¿es eso verdad?

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La realidad es que el PIB no sube «por la inmigración». En circunstancias de normalidad, el PIB sube siempre que la población aumenta. Es una perogrullada. Y da igual que ese aumento sea de nacionales o de inmigrantes.

Así que puedes tener el dato («el PIB sube») e interpretarlo pésimamente («por la inmigración»).

Porque si el PIB aumenta un poco, pero la población aumenta un mucho, no estás en realidad mejorando (que es la idea que se pretende transmitir con esta interpretación) sino empeorando: si el PIB aumenta un 1%, pero la población aumenta un 2%, estás empobreciéndote.

Así que el que gana es el de fuera, que mejora un poco su vida anterior, pero a costa de los de dentro, que viven peor de lo que vivían sus padres.

Dicho de otra manera. Es mucho mejor que el PIB caiga un 1% si la población decrece un 2% que crecer un 1% de PIB si la población crece un 2%.

Mejor un Singapur de seis millones de habitantes que una Nigeria de 242 millones de habitantes.

Porque el PIB es sólo un número. Pero el bienestar es tangible.

Por eso suelen ser las elites económicas y culturales las que defienden la inmigración masiva.

Porque ellas pagarán por la inmigración un coste mucho menor que las clases medias y trabajadoras.

En general, suele ser mala idea hacer caso de lo que dice alguien al que le salen gratis sus opiniones.

Si no arriesga piel, su punto de vista no vale nada.

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Yo le dije a ese político lo que les he dicho a todos los políticos que me preguntan lo mismo.

Que el problema de la inmigración no es cultural (esa es la guinda).

El problema es material (ese es el pastel).

¿Quieres saber lo que piensan los españoles de la inmigración? Escucha a Carlos Hernández Quero.

Quero es de Vox. Pero él dice lo que piensa el «español medio» sobre este asunto. Yo he visto a militantes comunistas hablar de Quero como «la derecha que entiende lo que está pasando en los barrios».

Es una señal de que el tema de la inmigración ha alcanzado ya el grado de preocupación ideológicamente transversal.

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El problema que tienen los políticos es que la tesis de que los inmigrantes han venido a salvar la economía no convence ya a ningún español que haya comprado en un supermercado, usado el transporte público, sufrido las listas de espera de la sanidad pública o intentado comprar un piso.

Llevamos veinte años oyendo que los inmigrantes han llegado para salvar nuestra economía.

Y veinte años después, los servicios públicos están más saturados que nunca.

Nuestros salarios llevan veinte años estancados.

El transporte público ha sobrepasado hace ya mucho su capacidad límite.

La sanidad y sus trabajadores han colapsado.

El sistema educativo es una fábrica de mediocridades con título.

Alquilar o comprar un piso es literalmente imposible salvo que heredes.

La sensación de que España es un país en el que viven varios millones de personas más de las que caben en ella está llevando a muchos ciudadanos a ligar, por primera vez en muchos años, su situación personal con lo que ve a su alrededor.

Y eso no es «buscar un chivo expiatorio». Es vivir en la España real.

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También le dije a ese político algo que he visto una y otra vez a mi alrededor.

En la España de 2026, ni siquiera quienes cobran un sueldo en el rango alto de los salarios españoles pueden comprarse ya un piso a pelo, sin ayuda de su familia.

Es decir, pueden comprarse un zulo en un barrio periférico de Madrid con una tasa de delincuencia similar a la de Barcelona o Bilbao. Y eso haciendo un esfuerzo financiero titánico de treinta años.

Pero no pueden comprarse el piso que sus homólogos europeos, aquellos con un rango profesional similar al suyo, se compran en Londres, Roma o Berlín.

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Por supuesto, quejarse de esto es casi ofensivo. «Si tienen un buen sueldo, ¿de qué se quejan?».

La habitual mentalidad de pobre del español medio. Conformismo de rata peleando con otra rata por un churro.

Sumisión aprendida.

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En las próximas elecciones generales no habrá manera de esquivar el asunto de la inmigración. Entre otros motivos, porque Pedro Sánchez lo pondrá sobre la mesa con la esperanza de que afloren las contradicciones entre Vox y PP.

Así que quien quiera ganar las elecciones va a tener que hablar de inmigración, quiera o no.

Que es hablar de vivienda, de sanidad, de educación, de pensiones y de transporte público. Es decir, de un proyecto de país que vaya más allá del «que vienen los fachas» o del «que vuelve Sánchez».

Pero se equivocará quien transmita la idea de que «España es un país muerto y la inmigración viene a salvarnos de nosotros mismos». Porque eso es a) mentira, b) derrotista, c) desesperanzador y d) radicalmente contradictorio con lo que los españoles ven en sus calles.

¿Cuántos millones de inmigrantes más necesita un país con tres millones y medio de parados reales y dos millones y medio de personas viviendo del Ingreso Mínimo Vital?

¿Pero qué lógica tiene eso?

¿Quién votaría a un candidato que le dijera que su país, que ostenta el récord de paro de la UE, no tiene remedio si no es importando millones de inmigrantes de baja cualificación?

¿Qué confianza tiene ese candidato en su propio país, en sus propios ciudadanos y en su propio proyecto político?

¿Y cuál es el proyecto de ese candidato para su país?

¿Un país sostenido por trabajadores de baja cualificación, con ingresos por debajo de los 1.000 euros mensuales, en sectores de escaso valor añadido como la agricultura o la hostelería?

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Un ejemplo que cita Eduardo Arriero en su libro ¿Inmigrantes? Sí, pero cualificados.

Un inmigrante procedente del África subsahariana que llegue a España con dieciocho años, que comience a trabajar en hostelería, que gane en promedio 20.000 euros brutos al año, que cotice de forma ininterrumpida hasta los sesenta y seis años y que acceda luego a una pensión mínima garantizada tendrá al final de su vida un saldo neto final de -158.000 euros.

Es decir, nos costará al resto de los españoles 158.000 euros. Y eso, cotizando en blanco.

No hace falta decir que ese perfil, el del inmigrante que se pone a trabajar desde el primer día y no deja de hacerlo hasta que se jubila, es optimista por encima de sus posibilidades.

Porque en la vida real, ese perfil de mejor escenario prácticamente no existe.

Y aun siendo el mejor escenario posible, su saldo es negativo.

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Y continúa Arriero en su libro:

«Si en lugar de llegar con dieciocho años, nace en España y pasa toda su infancia y adolescencia en el sistema educativo público, el déficit se incrementará hasta superar los -420.000 euros. Y si forma una familia, tiene dos hijos que también estudian en el sistema público y repiten patrones laborales similares, el saldo fiscal negativo de la unidad familiar superará el millón y medio de euros».

Multipliquemos esos cálculos por diez millones de inmigrantes, a los que Pedro Sánchez pretende ahora sumar tres o incluso cuatro millones más vía regularización de ilegales y nacionalización de nietos.

El resultado es un país camino de la quiebra. Aunque mucho antes que la quiebra financiera llegará la quiebra social. Y ahí quiero ver yo a nuestros políticos.

A ver qué me preguntan entonces.

Así que yo insisto en esto ahora para ahorrarme los lloros luego.