Antonio R. Naranjo-El Debate
  • El expresidente tiene que dar explicaciones, pero su sucesor muchas más

Zapatero siempre fue un canalla y ahora hay sospechas de que también sea un caradura. Pero lo primero no está en duda: llegó a la Presidencia explotando contra su rival el peor atentado terrorista de la historia, implantó la semilla del choque entre las dos Españas, blanqueó a ETA dándole un recorrido político cuando ya estaba derrotada, alimentó el populismo encarnado luego en Pablo Iglesias, dejó quebrado el país con una política económica sustentada en el maquillaje, la mentira y el asistencialismo que hoy ha perfeccionado su sucesor y orientó su diplomacia internacional hacia las peores latitudes, en las que ahora parece hacer negocio.

No solo fue un mal presidente: además rompió los consensos fundacionales de la democracia moderna, convirtió al simple rival en un enemigo irreconciliable, deshizo los valores de convivencia y reconciliación y apostó por crear generaciones de perezosos e ignorantes, convencido de que ahí podía tener su única clientela electoral.

Todo lo que empezó Zapatero lo ha continuado Sánchez, con un proyecto idéntico y reforzado, igual de frentista, intelectualmente insolvente y socialmente empobrecedor que se resume en su intento de anular la alternancia democrática con el método repugnante de rechazar cualquier entendimiento con el PP, criminalizar toda alianza legítima con VOX y, por último, legitimar sus propios pactos, a sabiendas de que eso le convierte en deudor de un terrorista, un golpista y un prófugo que solo le apoyan para que les ayude a destruir la España del 78.

Ahora, a todo esto, puede sumársele la corrupción, lo que ofrece un paisaje ya sistémico en el PSOE: un expresidente sospechoso de cobrar comisiones a cambio de traficar con su influencia y un presidente rodeado de sinvergüenzas que tiene a sus dos manos derechas en la cárcel o cerca de ella y a su propia familia en los juzgados, entre otros bochornos.

No hace falta esperar a la Justicia, si es que llega, para sancionar al jeta de Zapatero: nos quiere hacer pensar que es una casualidad que él cobrara un dineral de un intermediario del rescate de Plus Ultra, abonado desde una empresa sin ninguna actividad ni empleados más allá de soltarle la pasta a él y a sus hijas, a cambio de informes absurdos que no necesitaba, elaborados por un tercero para disimular.

Un respeto. La pregunta no es ya si Zapatero cobró de otro espabilado en el mismo instante en que el Gobierno soltó 53 millones para rescatar a una aerolínea sin aviones ni apenas actividad, sino si fue un favor al viejo amigo o la punta de un iceberg de corrupción a sumar a las tramas ya conocidas, con protagonistas similares y mezclados en todas ellas y un punto en común: al final, arriba, siempre aparece el mismo para darle el visto bueno a todo. Y se llama Pedro Sánchez.

Solo un cretino o un vendido puede creer a estas alturas que Begoña, el hermano, Cerdán, Ábalos, Koldo, Aldama y Zapatero han hecho de todo y nada bueno, con la firma o el conocimiento del presidente, pero que él no sabía nada y es el primer sorprendido. A cada paso y cada novedad de los múltiples casos de corrupción abiertos, respondidos siempre con silencio o violencia contra el mensajero, algo va quedando claro: el Señor X es el presidente del Gobierno y la única duda es si su beneficio ha sido político o hay algo más y eso explica su insurgencia democrática: sin el poder, tal vez tenga más difícil no acabar en un banquillo, que es el sitio que se ha ganado a pulso.