JORGE DEL PALACIO-El Mundo

En su último libro, Identidad (Deusto, 2019), Francis Fukuyama sostiene que en las sociedades occidentales el concepto de identidad se ha desarrollado hasta convertir la búsqueda privada del yo en un proyecto político. Ampliando, así, el campo de batalla político hasta las formas de organización de la vida privada. Obviamente, quien históricamente ha sacado mayor provecho a este desarrollo de las políticas identitarias han sido las ideologías progresistas. Todas aquellas, con sus diferencias de fondo, desde el ala izquierda del liberalismo hasta el postmarxismo, que han cifrado la emancipación del individuo en la superación de las formas tradicionales de entender la vida. ¡Convenciones fuera!

Puesto en perspectiva, el acoso al que fueron sometidos los diputados de Ciudadanos que acudieron a la celebración del Orgullo también puede interpretarse desde este punto de vista. Como un episodio dentro de la lucha por la hegemonía en la esfera de las políticas de identidad. O, dicho de otro modo, como una reacción del PSOE ante un partido que pretende reivindicar un espacio autónomo y diferenciado en ese ámbito. Una reacción de hostigamiento público que se ha justificado, incluso desde el Gobierno, por los acuerdos de Ciudadanos con Vox. En palabras de Marlaska, «no podemos andar con tonterías ni dar combustible a la extrema derecha».

Pero no nos engañemos. Vox puede explicar algunas cosas, pero no lo explica ni justifica todo, por mucho que nos empeñemos. Y urge no perder de vista que este tipo de hostigamiento no es nuevo. Ni mucho menos. La política española existía antes de que naciese Vox. Y entonces tocaba a otros el título de extrema derecha. Al igual que eran otros los partidos que no eran bienvenidos al día del Orgullo. Ahí están las hemerotecas.

No deja de ser sorprendente, por todo ello, observar que la hostilidad del PSOE contra Ciudadanos se haya desatado, precisamente, en la celebración del Orgullo. Un espacio en el que la agenda moral de los dos partidos tiende a converger en torno a una sensibilidad progresista. Y donde, en definitiva, más sentido tendría la inteligencia entre ambos actores para potenciar un consenso por encima de las lógicas de partido. Sobre todo porque, paradójicamente, esa misma agenda moral que sostiene el partido de Rivera es la que genera suspicacias entre una parte del electorado conservador, impidiendo a Ciudadanos jugar a fondo la carta de partido de la derecha en el sistema político español. Al menos, a día de hoy.

Por eso, ante los hechos de este fin de semana, cabe plantearse, como cuestión de fondo, si la socialdemocracia española que representa el PSOE, que ha asociado su suerte a la polarización de la sociedad dando aire a las batallas culturales, se puede permitir la competencia en el espacio de las políticas identitarias de otros partidos que no asuman una posición subordinada. ¿O la lucha por el reconocimiento de ciertos derechos es patrimonio de un solo partido?