Derroche populista

ABC 27/11/14
ISABEL SAN SEBASTIÁN

· No sé en qué momento exacto el gobierno de la mayoría se convirtió en dictadura de la encuesta, pero ocurrió

NO sé en qué momento exacto el gobierno de la mayoría se convirtió en la dictadura de la encuesta, pero ocurrió. Seguramente no fuese un fenómeno repentino, sino una deriva lenta, perversa, corrosiva, que afectó a distintos engranajes de la democracia produciendo un deterioro devastador en piezas vitales para el sistema tales como los medios de comunicación o los partidos. A partir de entonces, los dirigentes políticos dejaron de tomar la iniciativa para dejarse guiar por los sondeos demoscópicos, abrazando sin pudor la versión groucho-marxista de los principios («son estos; si no le gustan, tengo otros»), a la vez que la opinión publicada, o, mejor dicho, la emitida a través de la pequeña pantalla, abandonaba cualquier pretensión de honrar su innegable responsabilidad social y se dejaba arrastrar por la tiranía del share. Las consecuencias de ese deslizamiento hacia el abismo están a la vista de todos.

Cuando los llamados a liderar a la ciudadanía invierten los papeles, se ahorran el esfuerzo de pensar a medio y largo plazo, ceden a la cobardía natural que impide formular propuestas audaces o sacrificadas, se refugian en la consigna renunciando a desarrollar argumentos, abandonan la pedagogía y se limitan a recoger el sentir de la mayoría, encargando a sus sociólogos de cabecera que tomen fotografías a la calle y pulsen la intención de voto, la democracia se prostituye. Cuando la voz de los que más chillan o más lloran llega más lejos que la de quienes más estudian, más trabajan, más innovan, más talento demuestran tener o más contribuyen con sus impuestos al sostenimiento del edificio común, la democracia se desangra. Cuando la excelencia se convierte en algo completamente prescindible, precisamente por ser rara, la democracia se devalúa. Cuando la cantidad se impone a la calidad hasta el extremo de anularla, dejamos de hablar de democracia. Y en eso estamos.

Casi todas las noticias sonrojantes que ocupan estos días las portadas de los periódicos se relacionan directa o indirectamente con este fenómeno. Desde los delirios de un niñato aspirante a estafador, que jamás habría accedido a los contactos a los que accedió ni merecido honores de portada y de «prime time» en un país que respetase su propio marco de libertades, hasta el giro populista de Pedro Sánchez, dispuesto a perpetuar el derroche suicida del Estado con tal de frenar la fuga masiva de papeletas socialistas hacia el espejismo de Podemos. Desde el auge vertiginoso de Pablo Iglesias, a lomos de una demagogia típicamente asamblearia adaptada al lenguaje de la tertulia, hasta la conversión de Artur Mas en una réplica de Ibarretxe, decidido a cruzar el Rubicón siguiendo los pasos de la izquierda republicana que amenazaba con devorarle el bocadillo electoral. Desde el temor enfermizo de Mariano Rajoy a plantar cara a ese desafío recurriendo a todos los instrumentos políticos, económicos y legales a su alcance, por miedo a despertar quién sabe a qué fantasmas, hasta su frenazo y marcha atrás en la reforma de la vigente Ley del Aborto, a fin de no situarse «muy a la derecha» en la valoración de los españoles.

También la corrupción de los años pasados, que finalmente aflora hasta obstruir los juzgados, encuentra su origen en la necesidad imperiosa de prodigar pan y circo desde el poder en el empeño de ganarse el favor del pueblo. Festejos, aeropuertos tan suntuosos como inútiles, pesebres para los amigos… Derroche. Comisiones. Votos. Y vuelta a empezar en ese círculo vicioso.

Ignoro en qué momento exacto empezamos a deslizarnos por esta pendiente fangosa. Lo que sospecho es que, llegados al punto en el que estamos, no hay forma de remontar sin antes caer mucho más bajo.