ABC-IGNACIO CAMACHO

Con o sin pacto será imposible olvidar el espectáculo de narcisismo fatuo y las procaces ofertas de reparto de cargos

NO, no hay pronóstico. Es decir, existe una acumulación de indicios que sostiene el vaticinio general de repetición de elecciones, pero esa conjetura casi categórica parece descartar el margen de error necesario cuando la decisión última depende de dos políticos tan superficiales, trileros y mendaces como Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. El estado de opinión mayoritario atiende a una lógica razonable derivada de la observación del teatro político de operaciones, pero olvida el hecho esencial de que para los dos protagonistas de la negociación (?) todo lo que ha sucedido hasta ahora no es más que el tiempo-basura, el prólogo propagandístico del verdadero desenlace. En estos meses, ambos se han dedicado a construir, a base de amagos, amenazas y filtraciones, marcos mentales para preparar el posible fracaso mientras se presionaban mutuamente en busca de una posición final favorable. Nada iba en serio aunque, al revés que en el poema de Gil de Biedma, lo hayamos empezado a comprender más tarde. Incluso la investidura fallida de julio entraba en esa escenificación tramposa, en el manejo ventajista de los plazos legales diseñado desde la conciencia de que aún quedaban dos meses por delante. Con el proceso completo en la cabeza –todo el calendario previsto en el Artículo 99–, ninguna de las partes estaba dispuesta a regalar un día, una hora, ni un minuto siquiera, hasta que la cuenta atrás real, la que ya no tiene vuelta, esté a punto de agotarse.

Será esta semana cuando el presidente y el líder de Podemos afronten sin posibilidad de escape el tramo irreversible de su recorrido, el corolario de su despliegue de subterfugios políticos. El vértigo del retorno a las urnas, la presión del electorado de izquierdas y el miedo a la abstención pueden ejercer un efecto decisivo. O acaso los dos actores hayan decidido de veras emplazarse en un nuevo desafío con el riesgo de que la correlación de fuerzas apenas sufra un ajuste mínimo o de que se produzca un inesperado corrimiento de tierras que los arroje por el precipicio. Las elecciones son siempre un salto al vacío y todo lo que ocurra en estos días estará influido por la sensación flotante de ese peligro.

Con todo, si en último extremo se produce un acuerdo, los votantes de izquierda se darán por satisfechos y renunciarán a su espíritu crítico para autoengañarse con los destellos de un sedicente Gobierno de progreso. Pero desde luego el resto de los ciudadanos no podrá olvidar lo que ha visto y escuchado: las humillaciones, el duelo de egos, el alarde de narcisismo fatuo, los desprecios recíprocos, la exhibición de desconfianza, las impúdicas ofertas de reparto de cargos, la ausencia clamorosa de sentido de Estado. Y cualquiera que no tenga su mente enajenada por el pensamiento sectario se preguntará con todo fundamento qué clase de alianza estable puede salir de ese espectáculo.