El muerto desinflado

EL MUNDO 30/11/16
ANTONIO LUCAS

EL DÍA en que Fidel Castro se deshizo del uniforme verde oliva para echarse un chándal encima comenzó el largo funeral de su olvido. Fue ocho años atrás. Fidel encabezó la que pudo haber sido la mejor revolución del siglo XX, aunque todo se desvaneció irremediablemente pronto. Sobre Fidel han caído glorias y hogueras. Dispensó muchas décadas de épica y de desengaños. Romanticismo de consumo. De resistencia y de traiciones. Empeñó Cuba en construirse una estructura que lo mantuviera a él por encima de todas las cosas. Y lo logró. EEUU, con sus cimbreos canallas, fue su mejor coartada. Su aval. Y su condena. Pero Fidel Castro volvió a confirmar que el reino de las dictaduras de izquierdas ya no es ni la posteridad.

El suyo fue un populismo ilustrado que terminó pasando a cuchillo a tantos que lo ilustraban: de Padilla a Reinaldo Arenas. Unos a la fuga y otros silenciados. Qué poco se podía decir en Cuba en favor de Lezama Lima, de Gastón Baquero, de Fina García Marruz, de Virgilio Piñera. Novelistas y poetas. Algunos, principales. Caso distinto fue Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, fieles a la Revolución hasta el final (de ellos mismos). Pero cuántos otros no quisieron complicidad con aquello y sólo por eso, por optar, por elegir, por buscar un sitio propio, quedaron borrados, humillados, ofendidos.

A ninguno se les lee ahora demasiado, pero a Castro tampoco le unge el incienso que prometía su fiambre. La muerte de Fidel dejó de impactar cuando se paso al táctel. Entonces era ya un cadáver con los ojos muy abiertos que se revelaba en las páginas de Granma con artículos como dictados por una cara de Bélmez, mientras el mundo se iba modulando al margen de su dialéctica contra los gendarmes del mundo.

Fidel ha muerto de viejo y eso empaña la leyenda de cualquier revolucionario. No deben durar más las pancartas y las zafras que los glóbulos rojos. Eso desgrasa el ánimo de los pueblos utópicos que ensalzan y emprenden su surco en la Historia. A Fidel resultará difícil negarle que ha hecho lo imposible: convertirse en el norte magnético entre el capitalismo feroz y el socialismo llagado de una Rusia que también dejó de existir para ser eso otro.

Este hombre fue, para mi generación, el eco de aquello que nos dijeron que pudo haber sido. La pértiga guerrillera en la confusa sentimentalidad de algunos de nuestros padres. Fidel fue un fracaso que se reveló pronto: primero como tragedia y después como farsa. (Le pillo de nuevo la frase a Marx). Logró infiltrar en un buen trozo de la izquierda española una terca inseguridad a la hora de decir lo que Cuba parecía. Eras menos fiable cuanto más dudabas de la isla. Eras menos compañero de viaje. Eras menos.

Alguien me dijo en alguna ocasión que lo importante de la revolución cubana eran sobre todo las ideas que alojó. Sí, por los cojones. Lo que importa de la política son los logros que alcanza cuando las ideas se aplican. La Educación es un hecho cumplido si la educación se completa con la posibilidad de aprovecharla hasta los límites del desacuerdo o la protesta. La cultura se impulsa cuando en la cultura caben todos, también los que disgustan. La sanidad es un modelo cuando en su cobertura entran todos. Cuba alcanzó altísimas cotas de dignidad, pero Cuba se jodió urgentemente cuando en ella tan sólo quedó sitio para Castro. Ya saben: «Patria o muerte». Qué razón tenías, Raúl (Rivero). Cómo te extraño.