El valor de la gobernabilidad

EL PAÍS 07/05/15
FRANCESC DE CARRERAS

· Los partidos deben guardar respeto a sus votantes, pero también tienen el deber de ayudar a formar Gobierno

Estamos en plena vorágine electoral. No sólo por las elecciones locales y autonómicas del próximo día 24 sino porque en los meses siguientes, hasta fin de año, están anunciadas las autonómicas catalanas y son preceptivas las generales. Y todo ello sucede, además, tras el tiro de salida de las recientes elecciones andaluzas que, como es visible estos días, han prefigurado lo que está por venir. Total, un auténtico empacho, no sé si muy conveniente desde el punto de vista del interés general, quizás deberíamos poner un cierto orden. Pero de momento las cosas están así y no hay más remedio que apechugar con ellas.

Preguntémonos: ¿para qué sirven unas elecciones? La respuesta es fácil y breve. Las finalidades de unas elecciones son dos: representar a los ciudadanos y formar Gobierno. En eso consiste la democracia parlamentaria. La actitud de un demócrata, tras depositar su voto, debe ser aceptar los resultados y exigir que se forme un Gobierno de acuerdo con estos resultados. Las dos cosas son importantes y para nada incompatibles. Que ganen o pierdan aquellos a quienes has votado no impide que exijas que se forme Gobierno.

Muchos ven la fase política en la que estamos entrando como muy complicada para este segundo objetivo, el de formar Gobierno. Algo de razón tienen, el bipartidismo resulta más sencillo: ganan unos y pierden otros. El multipartidismo resulta algo más complicado, no es un juego de blancos y negros sino de grises, de todos los matices del gris, de la necesidad de pactos, de acuerdos, de transacciones. Una nueva cultura política.

En algunas comunidades autónomas, en muchos municipios, esto no es nada nuevo, hace mucho tiempo que se practica. Es también lo más frecuente en la mayoría de países europeos, desde hace poco ¡incluso en Gran Bretaña! Por tanto no es algo extraño ni raro. Sin embargo, sólo funcionará bien con un cambio de mentalidad, tanto de los políticos como de los ciudadanos. Se trata, simplemente, de comprender las razones de esta nueva cultura política y pensar que sólo es mala si no sabemos interpretarla. Para ello, veamos su significado, democrático por supuesto, profundamente democrático.

· Hay que comprender que los diputados elegidos deben interpretar la voluntad  de sus votantes y formar Gobiernos que la reflejen

La democracia es el gobierno del pueblo, el cual se expresa de forma primigenia en el momento electoral, al depositar cada ciudadano, libremente, su voto en las urnas. Por supuesto la democracia no se reduce sólo a esto. Requiere también la posibilidad de ejercer una serie de libertades (expresión, reunión, manifestación, asociación…) sin las cuales el pueblo no podría formarse una opinión fundada al escoger su voto.

Ahí la responsabilidad de cada cual: antes de votar debe informarse, no todos lo hacen y ello repercute en la calidad democrática. Nadie sabe de todo, es obvio, pero cada uno tiene capacidad para encontrar referentes que le orienten. Y si estas orientaciones resultan erradas, puede cambiar de referente a la siguiente elección. Ya sabemos que la democracia es una manera imperfecta de escoger a los gobernantes. Pero también hay un amplio acuerdo en que no se ha inventado nada mejor: o hay democracia, o hay dictadura.

Desde estos presupuestos hay que aceptar la voluntad de las mayorías. Por tanto, hay que comprender que los diputados elegidos deben interpretar esta voluntad y formar Gobiernos que la reflejen. Esta es la razón por la cual los pactos entre partidos no son contrarios a la democracia, sino, al revés, expresan su misma esencia.

Ahora bien, no todo pacto es aceptable. Los partidos deben guardar, en primer lugar, respeto a sus votantes, mejor dicho, a las razones por las cuales les han votado y, a la vez, en segundo lugar, deben cumplir con su deber de ayudar a formar Gobierno, según prescriben las leyes a las que está sometidos. Y en ese encargo, de acuerdo con la regla de la mayoría, núcleo de la democracia, deben respetar el resultado electoral.

Es natural que los partidos sin opciones de gobernar debido a sus resultados electorales quieran establecer lo que suelen llamarse líneas rojas, límites infranqueables a su colaboración con otros partidos por lealtad con sus votantes. Ahora bien, estas líneas rojas, en su caso, deben ser limitadas, quedar circunscritas a los principios básicos del partido, a que no quede desnaturalizado tras el pacto, no a cualquier aspecto de su programa electoral. Como me enseñó hace muchos años Antoni Gutiérrez Díaz, dirigente del PSUC, la política debe hacerse desde los principios, no con los principios. Uno puede transigir en algo contrario a su programa siempre que no contradiga la raíz misma de su ideario.

Esto es lo que deben entender políticos y electores: formar Gobiernos es una exigencia democrática. No hay que tener miedo a pactar, ahí no caben tacticismos. Los ciudadanos deben ser tratados como adultos y los políticos tener capacidad para argumentarles sus decisiones, aunque sean arriesgadas. El político con mayor credibilidad será aquel que anteponga los intereses generales a los propios. La gobernabilidad es un valor democrático, forma parte de los intereses a proteger: estamos en una nueva cultura política.