Fuera de juego

EDUARDO TEO URIARTE, FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD – 24/07/14

Eduardo Uriarte Romero

Eduardo Uriarte Romero

· El “disparatado papel” de los socialistas españoles rompiendo el compromiso que les exigía votar a Junckers, tras presentar éste el discurso más keynesiano que se haya oído en la Cámara europea, confirma la marcha hacia la marginación política que este partido empezara a marcar desempolvando el tema de la república ante la abdicación del rey o el rechazo a su aforamiento. Es muy posible que estos gestos de distanciamiento con la derecha deleiten a las bases más radicales del socialismo, pero en este jaleado alejamiento de la derecha no parece existir consciencia del paulatino distanciamiento de la política.

La “reforma constitucional” adoptada por los nuevos líderes del socialismo como aparente solución a su calificado “choque de trenes” entre el nacionalismo catalán y el Gobierno español, es otra forma más de apartarse de la política y dejarle sólo al PP en tan difícil situación. No son excluyentes, sino que se exigen recíprocamente, el solicitar dicha reforma y estar junto a la legalidad constitucional ante el intento de su ruptura por el nacionalismo. Por el contrario, la defensa de la legalidad constitucional daría visos de sinceridad a la reforma, y no  sería vista como la mera excusa para abandonar la política, y al PP, ante el reto secesionista, culpando ignominiosamente a este partido del problema debido a su cerrazón. Pues si se desea la reforma constitucional hay que defender la constitución del atentado que hoy padece, ¿pues qué reforma se haría si primero la pisotean los nacionalismos?. El socialismo actual no es consciente de que el nacionalismo lo que propugna es la ruptura del demos, lo que no tiene solución por terceras vías salvo que se de pábulo a este atentado antidemocrático. Hablar de reforma constitucional, sin implicarse en su defensa, en el momento de mayor distanciamiento con el PP, no deja de ser un descomunal macguffin.

Como en todo partido, un porcentaje de las bases militantes son sectarias, no entienden que  en el sectarismo no reside ninguna virtud democrática, ni les preocupa. Pero la cohesión interna, le sprit de corp, obliga a sostener ese sector bastante vocinglero como referente identitario y clá coral en estos momentos de crisis y desplome electoral. En todos los partidos existe un sector pequeño que pasa de democracia y política y lo único que ansía es que ganen los suyos. Sin embargo, lo que parece de un tiempo a esta parte, contrariamente a todo lo que hiciera Felipe González, es que los líderes del socialismo alientan esta clá sectaria con simples y demagógicos discursos, abundantes consignas, incontables prejuicios, y exageradas condenas de la derecha, porque, quizás, sus líderes actuales no den para más. Y así las concesiones a este populismo interno han pasado a convertirse en la única y pobre médula ideológica de este partido otrora tan importante y necesario. Porque una cosa era en el pasado hacer concesiones al folclore de izquierdas en algún que otro mitin sindicalista, y otra supeditar la praxis política a ese folclore. De proseguir el seguimiento a los instintos emotivos de las bases sobra la política, se ataja por el totalitarismo.

La obligada reflexión, compleja y extensa, que el socialismo debiera realizar, se ha sustituido por un mesianismo ambiental (recuerda demasiado “La Vida de Brian”) que busca al líder milagroso que les devuelva el poder (no se sabe para qué), sin atender los problemas, olvidando cualquier programa, contradiciendo la trayectoria anterior, y condenando el uso de la autocrítica por disolvente. Un líder mesiánico se hace, tras haber jurado a la manera cartaginesa odio eterno al PP, mediante argumentaciones de consumo interno, tales como unidad en el partido, giro a la izquierda en el partido, cambio en el partido, fortaleza del partido, democracia en las bases del partido, participación de las bases del partido, etc, a la vez que nación, monarquía, Constitución, Europa, democracia representativa, reformas económicas se  ceden a la derecha, como parte de la política burguesa o capitalista, en una reacción nada nueva que nos devuelve al pasado apolítico del obrerismo. Pero  calificarla de “neocaballerismo” sería excesivo cuando responde mucho más al inculto y frívolo talante de los jóvenes burócratas que esperan en los pasillos de las oficinas del partido su oportunidad de ascenso que a una mística obrera revolucionaria. Buscar la fortaleza interna en el sectarismo es abogar por el autismo político, y de ahí al totalitarismo sólo queda un paso.

La deriva hacia la revolución fue atajada en el socialismo español por Fernando de los Ríos ante un Lenín enfrascado en la dictadura del proletariado, nada menos que enarbolando la libertad por encima de lo que se justificaba como la gran misión histórica de la clase obrera. El preclaro rechazo de la revolución totalitaria llevaba al socialismo a la participación en la política burguesa, no sin titubeos y pasos contradictorios, pues cuando los nuestros no ganaban organizaban huelgas revolucionarias como la de Asturias, o cuando ganaban querían ir a por más y a por todas. Se creía superada aquella etapa tras la Transición, pero por lo visto, el lema de “socialismo en democracia” no está del todo bien asumido todavía. Porque democracia no es un enunciado, es una serie de comportamientos cotidianos y diarios que pasan por el respeto a la ley, la última tabla de salvación, cuando las reglas del juego hay quien las rompe, como es el caso, ahora, del separatismo catalán.

El papel del socialismo como pieza reformadora en las democracias burguesas fue fundamental a partir la II Guerra Mundial, empujando con el desarrollo del estado de bienestar la igualdad a la que toda democracia aspira, de lo que no es ajeno, tampoco, la formulación de una Europa como proyecto político común. Tras esa larga experiencia debiera haber aprendido el socialismo español que si la socialdemocracia no participa con la derecha en los grandes proyectos institucionales, España, Europa, OTAN, el socialismo se convierte en otra cosa, volviendo hacia el espontaneísmo primitivo y quedando fuera de juego, sin utilidad, ensimismado en cuestiones que sólo a los más enfervorecidos del partido interesa, favoreciendo el propio descalabro y posibilitando el trampolín argumental al populismo izquierdista.

Tal como se van sucediendo los acontecimientos, la vacía campaña de primarias lo ratifica, el ensimismamiento socialista no permite descubrir posibilidades de renovación política ni a los más optimistas. Probablemente éste y otros partidos, como sucedió en Italia, están condenados a desaparecer en muy poco tiempo, sin que apreciemos, como ocurrió en Italia, unas alternativas útiles e inmediatas a los protagonistas del sistema político.   Del lado que me preocupa, del centro izquierda, las balbuceantes iniciativas que emergen parecen en algún caso ya agotada, vencida por un cierto conformismo y sectarismo que no permite la unidad necesaria para la creación de un movimiento con apoyo electoral. El obstáculo para la participación y representación política de la ciudadanía no sólo reside en la existencia de una ley electoral que favorece a las fuerzas mayoritarias, poco proporcional, sino también en los planteamientos sectarios y no inclusivos de nuevas formaciones que tienden a conformarse con un pequeño nicho militante y electoral huyendo de las auténticas responsabilidades políticas que hoy se les presenta, Tratar de crear una alternativa en el espacio de centroizquierda que deja el PSOE, no para expulsarle, sino porque hace un tiempo se está marchando de él, es necesario para la estabilidad política en un futuro inmediato.

Eduardo Uriarte.

 

EDUARDO TEO URIARTE, FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD – 24/07/14