IGNACIO CAMACHO-ABC

El independentismo permanece blindado en su mundo interior ficticio, granítico, alimentado de agravio y victimismo TODO parece igual pero es distinto. En una sociedad fracturada, quebrada en dos mitades, el independentismo catalán permanece blindado en su burbuja, encerrado en su mundo interior ficticio, sin relación con la realidad, alimentado por el agravio y el victimismo. Es un bloque rocoso, hermético, granítico. Pero nada seguirá como antes porque las elecciones las ha ganado un partido constitucional que rompe el discurso nacionalpopulista del poble unívoco, del pueblo iluminado por la conciencia de su destino. Porque los «inadaptados» del procés ya no pueden ser desoídos. Y porque el Gobierno de España ha pagado cara la aplicación displicente, mínima y sin convicción, del artículo 155. 

El encastillamiento separatista promete esperpento. Sus listas pueden formar una mayoría pero sus principales candidatos constituyen una cuerda de prófugos y presos. Esa situación penal depende en exclusiva de la Justicia, que maneja una acepción distinta del término «proceso». En democracia nadie está por encima de la ley, ni siquiera la expresión del pueblo, que puede votar lo que quiera pero no saltarse el Derecho. Aunque sí lo puede modificar, al secesionismo irredento le falta masa crítica para eso. También para persistir en su designio unilateral; tendrá que cambiar de proyecto o acompasar de otra manera los tiempos. 

Los comicios de ayer, celebrados demasiado pronto, tienen un triunfador –o triunfadora– claro, un resultado grato para un Puigdemont capaz de sacar rédito de su estrambótico exilio, y cuatro notables fracasos. A Oriol Junqueras, el mejor valorado en las encuestas, le ha atenazado su encierro penitenciario. Al trío Iglesias-Colau-Domènech le penaliza su juego ambiguo, equívoco, indeterminado. El PSC de Iceta no ha podido levantar el inmenso error de pedir el indulto para los líderes independentistas encarcelados. Y el PP de Rajoy, incapaz de rentabilizar el frenazo a la insurrección de octubre, sale de las urnas noqueado en un severísimo descalabro. 

La fractura no es sólo ideológica. En la Cataluña urbana y metropolitana ha triunfado el constitucionalismo mientras la rural vive en estado de independencia de facto. Con ese panorama, el soberanismo no está en condiciones de reemprender el rumbo revolucionario. Podrá manejar su retórica victimista, declararse resistente frente a la presión del Estado español, pero sabe que ha perdido en votos y que está estancado. Y aunque estigmatice la supuesta represión autoritaria, también sabe que le ha beneficiado la aplicación de un 155 soft, tímido, blando. Ése es el gran tropiezo que deja en evidencia al marianismo, castigado por su falta de audacia para utilizar la autoridad democrática que le confirió el Senado. La paradoja es que de su pusilanimidad saca ventaja Cs, que junto con el PSOE le sujetó el brazo. Aunque, dado el talante del presidente, no fuera un esfuerzo que les costase demasiado.