GUY SORMAN – ABC

· «¿La voluntad de independencia de los catalanes existe por sí misma o la han inventado los empresarios de la independencia en busca de beneficios simbólicos, de votos y de poder?»
QUE algunos independentistas catalanes se hayan apoderado de la tragedia de Barcelona y Cambrils para sacar adelante su mala causa política deja estupefacto. El mundo entero se ha unido en el silencio y la indignación en torno a la memoria de las víctimas; la dignidad del Rey de España entre la multitud fue especialmente impresionante. Solo algunos bocazas empañaron esta ceremonia sin que se sepa bien si estaban aislados o si eran miembros de un complot más amplio. Lo que hace que nos preguntemos cuál es el sentido y el auténtico arraigo de estos independentistas contemporáneos, ya sean catalanes, vascos, escoceses o bretones.

Dos explicaciones se enfrentan sin que sea fácil separarlas. Para mí, es evidente que los líderes independentistas de Europa son, en todas partes y ante todo, empresarios políticos: porque, en democracia, la política es también una empresa. De igual manera que el empresario privado capitalista selecciona un fondo de comercio a partir del cual va a maximizar sus beneficios, el empresario político maximalista selecciona sus votos en el mercado electoral. ¿El mercado, bien sea económico o político, existe por sí mismo o lo crea el empresario? En economía coexisten dos tesis: para unos la demanda existe a priori y el empresario la satisface. Es, a grandes rasgos, la postura de Keynes. Pero para los economistas liberales, desde Fréderic Bastiat, es el empresario el que crea una necesidad y luego la satisface.

En el fondo, nadie reclamaba un teléfono móvil estético antes de que Steve Jobs lo propusiera. Este mismo razonamiento es válido para el mercado político. ¿La voluntad de independencia de los catalanes –o de los habitantes de Cataluña, lo que no es exactamente la misma población– existe por sí misma o la han inventado los empresarios de la independencia en busca de beneficios simbólicos, de votos y de poder? ¿Sin estos empresarios independentistas, lo sean o no de buena fe, existiría el deseo de independencia? No lo sabemos, y no se puede medir y, en todo caso, es demasiado tarde para medirlo: los mitos que crea nuestro cerebro se apoderan de nuestro cerebro. Pero podemos preguntarnos por qué y cómo el discurso independentista provoca cierta simpatía entre la población que habita Cataluña. En el fondo es muy misterioso, igual que el Brexit en Gran Bretaña, porque esos sentimientos independentistas no obedecen a ninguna racionalidad. ¿La razón histórica? Es imposible reescribir la historia de España sin la participación secular de los catalanes, ni la historia de Cataluña si no hubiera pertenecido a España.

Y lo mismo ocurre, de paso, con el pueblo vasco, parte integrante de la historia española. ¿La razón económica? Ya no convence: las cuentas del Gran Capitán de los independentistas catalanes para probar que Cataluña sería más rica fuera de España recuerdan a las de los partidarios del Brexit que ahora reconocen que mintieron. En verdad, es completamente absurdo determinar el beneficio económico de una Cataluña independiente y automáticamente excluida de la Unión Europea, pues la noción de economía nacional no tiene hoy día ningún sentido; nuestra única riqueza es nuestra interdependencia. El mismo razonamiento es válido para la cultura contemporánea: replegada sobre sí misma, se convierte en un folclore, lo que es un riesgo para el catalán, mientras que siendo multilingüe y cosmopolita se enriquece.

Todos estos argumentos tienen la debilidad de ser solo racionales y por lo tanto no convencen en absoluto. En verdad, los independentistas, con el pretexto de la razón, explotan la pasión oscura de la identidad miniaturizada, eso que Sigmund Freud llamaba «el narcisismo de la pequeña diferencia». En efecto, ¿qué es un catalán? Pensemos en una madre soltera que cría a un hijo, trabaja en un laboratorio farmacéutico, tiene reumatismo crónico, ama la música barroca, vive a las afueras de Reus, es una apasionada del tenis, habla castellano y francés, de padre catalán y madre marroquí: ¿es química, tenista, enferma crónica, madre de familia, soltera, música o catalana? Mi personaje es arbitrario, pero el fin es mostrar que todos somos todo eso a la vez; nuestra identidad es infinitamente múltiple y lo que caracteriza los tiempos modernos es la expansión de nuestras elecciones, que hace que esta identidad sea cada vez más compleja.

A partir de esta complejidad objetiva, quizá difícil de llevar para algunos, los empresarios independentistas, armados de grandes tijeras, quieren reducir nuestra identidad a una única dimensión, la identidad catalana, por ejemplo, e invitar a los sedicentes catalanes a estar orgullosos de ello. Eso es el narcisismo de la pequeña diferencia y la miniaturización de la identidad. Es también un regreso a la concepción medieval del ser humano, donde todos estaban sometidos al rey y a su misma religión, so pena de perder la vida. La miniaturización de la identidad –hoy muy en boga entre los islamistas o en la Rusia de Putin– es a la vez medieval y totalitaria, puesto que confiere al soberano el derecho de aniquilar todo lo que no se adapte a la identidad establecida desde arriba. Conozco independentistas catalanes muy cultivados y civilizados, ¿pero se dan plena cuenta de que se dirigen, sin ser necesariamente conscientes, a la miniaturización integrista?

GUY SORMAN – ABC