Las flores del mal

DAVID GISTAU-EL MUNDO

A las banderías políticas les importó muy poco lo que se recordaba ayer

Con el tráfico cortado, sin que hagan ruido los motores y cuando aún es temprano, en los alrededores de La Rambla y de la plaza de Cataluña hay un sonido constante y particular en el que se tarda rato en reparar. Se trata del que provocan en la acera las rueditas de las innumerables maletas arrastradas por los turistas. 

Al estar a menudo vestidos tan sólo con un traje de baño, los turistas confieren al corazón de la ciudad un aire estacional y playero de muy baja estofa. En la plaza, donde un coro infantil ensaya el acto de más tarde, suena Imagine como en un hilo musical distópico. Durante toda la mañana, esa segunda dimensión, la del parque temático de los turistas, convivirá con el bocado de realidad de la evocación del dolor y de la abrupta interferencia política, sin que en ningún momento desaparezca la sensación de que los turistas son hegemónicos, no quieren que se les recuerde demasiado la vulnerabilidad ante el terrorismo, y en realidad nuestras pequeñas rencillas de españoles tribales y mal avenidos no deberían incordiar el servicio ni el decorado por el que han pagado. Tampoco la lluvia debería hacerlo: la tormenta de mediodía parecerá una imprevisión de atrezo en la que muchos cursis influidos por el espíritu Lennon buscarán una alegoría de llantos celestiales, de ángeles compungidos por las desgracias tejidas por los dioses para que los hombres tengan algo con lo que hacerse un lacito y un hashtag.

También la pancarta, por supuesto, parece un error en los propósitos de amarse todos. Desplegada en una fachada de la Ronda, con un retrato de ‘FB6’ dado vuelta, expresa un rechazo al Rey que ha de importarle un comino al turista que enfila la Rambla a la misma hora en que abren los quioscos de prensa, crêpes y camisetas del Barsa con la misma lentitud rutinaria con la que debieron de hacerlo la mañana de un año antes. Sí ofende, en cambio, a algunos miembros de la Unión Monárquica concentrados en Canaletas con banderas españolas y con cintas rojigualdas ceñidas al sombrero Panamá. En un momento dado piden voluntarios para ir a capturarla, se cuentan para comprobar cuántos son, entre ellos hay algún emblema legionario en la camiseta. También hay identificaciones en las que se lee: «Servicio de orden», junto a una cruz de San Andrés. Llegarán a debatir si hay que retirar o no unas flores con forma de lazo depositadas junto a otras en el arranque de las Ramblas: las dejarán porque se trata de un crespón negro, no amarillo. Vienen dispuestos a reñir el espacio y a encauzar una reacción españolista a la supuesta emboscada preparada para el Rey. Ésta, sin embargo, no ocurrirá. No, al menos, como llegó a temerse. Más allá de las pancartas colgadas en la plaza de Cataluña y junto al mosaico de Miró, lugar de la ofrenda floral, se diría que el independentismo comprendió cuán contraproducente, por miserable, habría sido enturbiar el día de las víctimas con un escarnio masivo. Sólo Torra, obtuso por determinación genética, intentará después, con unas declaraciones de ultra, hacerse perdonar por los CDR haber estado junto al Rey sin hacerle kárate.

No hay mucha gente junto al mosaico a la hora prevista para la ofrenda floral. Tampoco la habrá después en la plaza de Cataluña, donde nadie llegará a sentirse apelmazado. Hay muchas deserciones en la masa civil barcelonesa. Los familiares de las víctimas aparecen primero y depositan sus flores. Son recibidos con una ovación. Luego hay un silencio emocionante, lágrimas, abrazos para insuflarse ánimos, algunas muletas que evocan cuerpos que jamás llegaron a ser restaurados. En ese instante, en el más insensible de los posibles, cae en una fachada, atada por un enmascarado, la pancarta de los presos políticos. Luego las autoridades, sin la presencia del Rey, colocan sus flores. Pese a la carga emocional que acongoja a todos, un quiosquero aún puede lamentar haber perdido la mañana porque se le quedó el negocio dentro del área sellada por la Policía. Otras personas acuden después a dejar sus flores, en algunos casos verdaderas estructuras florales transportadas entre varios que dan a la comitiva una sensación procesional adecuada a esta estación del dolor, a este Calvario.

Cuando el Rey entra en la plaza de Cataluña, sólo resuenan vivas a Felipe, a España y a la Guardia Civil. Los monárquicos de Canaletas son predominantes en un lugar al que, simplemente, se han abstenido de acudir las diversas acepciones del independentismo. De hecho, tiran vivas con tanto entusiasmo que otros presentes no ideológicos se sienten obligados a pedirles moderación para no estropear el acto de recuerdo a las víctimas. Tanto temer que la política reventara la jornada de respeto, y resulta que son los monárquicos quienes están a punto de causarlo, como si el independentismo les hubiera traspasado el error para que lo cometieran ellos. El acto en sí responde al espíritu Lennon, como estaba previsto. Pero, cuando ya ha terminado, de las Ramblas llega la noticia de que hay incidentes. Unos CDR que vienen desde el mosaico, Rambla arriba, se plantan en Canaletas y se mezclan con los monárquicos, con quienes intercambian imprecaciones. La Marcha Real suena a través de algún dispositivo de megafonía. Sólo un cordón de los mossos evita que se llegue a las manos mientras un monárquico arenga a todos los presentes pidiendo contención por las víctimas: «¡Ya nos pelearemos mañana!».

Justo cuando la policía ha impuesto una calma precaria, los ánimos vuelven a encresparse por la aparición de Pablo Casado, que ha decidido acudir al mosaico y pasear las Ramblas enteras como buscando una de esas imágenes de bizarría en la calle a las que se está aficionando. Mientras camina, detrás de él hay una estela de monárquicos y CDRS mezclados que se insultan y, esta vez sí, intercambian alguna bofetada. Se marchan Rambla abajo, con centenares de metros todavía disponibles para odiarse y para confirmar que a las banderías poco les importó qué se recordó ayer.