Pena de muerte

JOSÉ MARÍA CARRASCAL, ABC – 17/05/15

· Se puede morir por la religión o por los ideales. Pero no matar, porque ésa no es religión ni ideales. Es una excusa para matar.

Una de las infinitas clasificaciones de los países es si tienen o no pena de muerte. Los Estados Unidos, la mayor de las democracias, la tienen, siendo una de las causas de que se dude de su calidad democrática. Imagino que la condena a muerte de Dzhokhar Tsarnaez, uno de los autores del atentado en la maratón de Boston de hace dos años, reanudará la polémica.

Hay buenas razones para estar contra la pena capital, empezando porque el Estado, organismo artificial, no tiene poderes para quitar algo tan trascendente como la vida, y terminando porque puede haber error en la sentencia, como los ha habido, sin reparación posible, cosa inadmisible, y la única forma de que no vuelva a ajusticiarse a un inocente es que no haya pena de muerte.

Hay, sin embargo, quien lo ve desde el otro ángulo: todos estamos condenados a morir. Es ley de vida. La pena de muerte tan sólo la adelanta unos años para el ejecutado. Otra cosa sería si viviéramos eternamente. Pero no vivimos. O sea, que no se trata de un hecho antinatural. Y a los crímenes horrendos, por mero sentido de la justicia, corresponde una pena no menos pavorosa.

No sigo con la polémica porque se alargaría hasta el infinito sin resolverla. Con la situación real de que en la mayor parte de los países existe la pena de muerte, mientras en la mayor parte de los desarrollados ha sido eliminada.

Lo que planteo aquí es algo distinto: si quitar la vida a alguien es el mayor de los crímenes, la pena que le corresponde tiene que ser también la mayor, descartada la de muerte. O sea, la cadena perpetua es perfectamente justa y adecuada. Pero perpetua de verdad, quiero decir, cumplida hasta el último día, sin lo de «revisable» o cualquier otra concesión, porque en ese caso, ya no sería perpetua. Sería una violación del principio de equidad y una afrenta a las víctimas y a sus familiares. Se me invocará el principio de la rehabilitación, vigente en nuestro ordenamiento constitucional. Contestaré que el primer sentido de las penas es cobrarse la sociedad del daño que le ha causado el condenado, y protegerse del mismo por el tiempo que crea necesario.

Aparte de que en la cárcel no se rehabilita a nadie. Incluso buena parte de los reclusos salen más resabiados que entran. Lo que no quiere decir que no haya excepciones. Pero eso: excepciones, no que se conviertan en norma, como en España, para escarnio de las víctimas y de la sociedad. Si el crimen tuvo como motivo algo tan aleatorio como la ideología o la política, lo veo como agravante, no como eximente. Se puede morir por la religión o por los ideales. Pero no matar, porque ésa no es religión ni ideales. Es una excusa para matar.

Por matar a tres personas y herir a 264, Dzokhar Tsarnaez fue acusado de veintiún delitos castigados con la máxima pena, habiendo sido condenado por seis de ellos. Su defensa alegó que fue un muñeco en manos de su hermano. Pero no ha dado muestra alguna de arrepentimiento.

JOSÉ MARÍA CARRASCAL, ABC – 17/05/15