Son nuestros errores

VICTORIA PREGO, EL MUNDO 23/10/13

· Estamos empezando el vía crucis. La foto de la etarra sonriendo a su salida de la cárcel es la primera de la larga serie que vamos a contemplar. Y aquí no cabe más que la desolación y la resignación ante una realidad de la que somos plenamente responsables.

El Código Penal de 1973 no estaba pensado para un fenómeno que no existía de manera relevante por entonces: la existencia de ETA, una organización creada para matar. Esa fue su exclusiva razón de ser y lo fue con mucha mayor intensidad a medida que la democracia española iba asentándose.

Pero en todos aquellos años terribles, en que había 80 y 100 asesinatos cada año, a nuestros gobernantes no sólo no se les ocurrió que aquel Código Penal se quedaba pequeño ante la envergadura de la sangría que estaba destrozando a los españoles. Dejaron correr las cosas con un grado de insensibilidad, de incompetencia y de espíritu de democracia ciega, es decir, de falsa democracia, que beneficiaba a los asesinos y dejaba a sus víctimas en el olvido, en la humillación y el abandono. Y no cambiaron el código.

Tampoco se detuvieron a considerar que los beneficios penitenciarios del franquismo estaban pensados para los delincuentes de entonces, gente que cometía delitos varios, pero de naturaleza no terrorista, y no estaban pensados para la organización que la democracia estaba padeciendo de manera sangrante e inicua, cada vez más intensamente. Y tampoco cambiaron el régimen de esos beneficios .

Y así sucedió que durante muchos años, demasiados, los asesinos de ETA pudieron rebajar sus penas hasta el ridículo. Pero sucede que no lo hicieron. Durante mucho tiempo la anomalía de la reducción de penas por el trabajo no se mostró en su vertiente más ofensiva porque la banda tenía absolutamente prohibido a sus presos acogerse a ningún tipo de beneficio penitenciario.

Fue años después cuando los jueces empezaron a ver que los grandes asesinos de ETA se disponían a salir en libertad habiendo cumplido una condena ridícula habida cuenta de la inmensidad de sus crímenes. Y entonces sí, entonces España asistió a interminables debates sobre la conveniencia de que los terroristas cumplieran íntegras sus penas. Y se acusaba a quienes hacían aquella propuesta de buscar venganza y no justicia. Duró mucho aquel debate.

Pero entonces las cárceles ya estaban llenas de los asesinos más feroces de la banda. Y el único freno que los jueces encontraron en 2006 fue esta doctrina Parot que el Tribunal de Estrasburgo acaba de tumbar. Pero hubo que esperar a 2003 para que se aumentaran las penas a los terroristas. Ya no cabe ni la indignación ni la protesta. Lo único que cabe es la constatación de la dejación que durante años hemos hecho del deber de defender a las víctimas, que era lo mismo que defender nuestra democracia. No lo hicimos en mucho tiempo y ahora lo pagamos así.

VICTORIA PREGO, EL MUNDO 23/10/13