Juan Soto Ivars-ABC

  • Hace treinta años, a Ortega Lara le quedaban 532 días allí dentro, pero él no lo sabía. Contaba el tiempo por el ruido de las máquinas de la fábrica: el parón le informaba de los festivos y los domingos, y así se consumió, como un prisionero de Auschwitz

Un hombre metódico había variado sus rutinas en los últimos meses: otro camino para ir y volver del trabajo, otros minutos, otras esquinas. ¿Paranoia? Mejor cuidarse. Había llegado a sus oídos algún comentario. El mundo hace treinta años estaba tan lleno de malnacidos como hoy, pero entonces disparaban en la nuca.

El hombre era funcionario. Un tipo menudo, serio, cumplidor y disciplinado. Nariz larga, ojos azules, vivaz, gafas. ¿Lo describió así algún vecino en una nota anónima? El 17 de enero, cuando regresaba del trabajo, lo cazaron.

Había ido al curro aunque tenía gripe. A veces hay que escuchar más al cuerpo, porque es como si el destino nos diera una pista tenebrosa con un dolor de espalda. Esa tarde dejó que la puerta automática del garaje se abriera, paró, miró, y como no vio a nadie metió el coche y aparcó.

Pero cuando fue a por su neceser al maletero notó una cosa fría y dura en el pescuezo, una sensación nueva, y un hombre a su espalda le dijo palabras claras y viejas: «quieto, o te mato». Su primer impulso fue dar un empujón, pero era como escupir a la lluvia. Un hombre toma sus decisiones hasta que otro las toma por él.

La decisión era que su hijo pequeñito, su mujer, el trabajo en la prisión, sus padres, Dios, los compañeros y el tercer año de Derecho que cursaba por la UNED quedaban suspendidos por razones ajenas a la voluntad. Los captores intentaron pincharle un anestésico y se resistió pataleando, así que desistieron. Iría despierto, atado y con la cabeza cubierta. Es lo único que decidió.

Quizás pensó obsesivamente que quedaban dos días para los parciales de la UNED e iba a faltar, porque el cerebro toca minucias si estamos a 17 de enero y no sabemos si el 19, en vez de ponernos en el pupitre con Romano II, estaremos cadáver en un monte ante la mirada de un agente forestal.

Cuando lo cambiaban del coche a un camión, un captor le dijo a otro: «Ya está. Este cabrón cuánto trabajo nos ha dado». José Antonio Ortega Lara explicaría mucho tiempo después que fue ahí cuando supo que ETA lo había agarrado y que efectivamente llevaban tiempo tras él.

Es difícil explicar esto a los jóvenes. Resulta que entonces estaban las mismas ideas pero los actos eran más nítidos. Si pensaban que el mundo estaría mejor sin ti, te mataban. Si el cálculo les decía que agarrar a un funcionario de prisiones y meterlo en una caja servía al pueblo vasco, lo agarraban y lo metían en una caja.

A mis hijos se lo explicaré cuando crezcan un poco. Tiros en la nuca, coches bomba, niños despedazados, viudas a las que, en sus pueblos, los vecinos no daban consuelo sino que les escupían. Entendiendo eso se entienden muchas otras cosas.

Les explicaré también que vivir en un país donde ETA estaba activa no nos daba miedo, por lo general, sino fastidio. Interrumpían tu programa de radio favorito y un locutor leía un papel: habían matado a un concejal a tiros. Y pensábamos: vaya, otra vez la ETA, y seguíamos con lo nuestro. Era tan raro vivir con eso que terminó siendo perfectamente habitual. Dicen que pasa lo mismo el tercer día tras la catástrofe. El humano se adapta a lo que llegue.

Así fue aquel 17 de enero de 1996. José Antonio Ortega Lara tenía que adaptarse y el resto seguimos con lo nuestro, adaptados a un país donde una banda terrorista hacía lo que le venía en gana.

Dentro del remolque del camión DAF tenían un compresor metálico falso: era en realidad un sarcófago que se abría y dejaba el espacio justo para un cuerpo humano encogido. Ahí lo metieron hasta llegar a Mondragón, donde el vehículo penetró en una nave industrial bajando una rampa.

La entrada al infierno tenía al lado un taller que se llamaba Carrocerías Josepe. Todo era anodino y vecinal. Dentro de la fábrica había una máquina que pesaba muchas toneladas pero podía apartarse con un mecanismo. Dejaba ver entonces el agujero negro, y bajando se accedía al zulo: un sitio estrecho y húmedo, una casita de madera, como las de los árboles, pero sin ventanas y colocada muchos metros bajo el suelo.

Echaron ahí al funcionario. El mundo giraba. En la fábrica trabajaban otros hombres, y por debajo de ellos, fuera de la vida corriente, el hombre metódico y disciplinado que habían encerrado rezaba rosarios, daba tres pasos a un lado y uno a otro y a eso lo llamaba gimnasia, comía, meaba, cagaba y dormía.

El zulo tenía una bombilla de bajo voltaje, una postal de tablas de surf en el mar, una mesa, una silla y un camastro. Humedad mohosa: cuando llovía el suelo se levantaba. Le llevaban comida y periódicos atrasados. Luego se iban a sus casas. Saludaban a sus vecinos. El aire pasaba por un ventilador ruidoso día y noche.

Hace treinta años, a José Ortega Lara le quedaban 532 días allí dentro, pero él no lo sabía. Contaba el tiempo por el ruido de las máquinas de la fábrica: el parón le informaba de los festivos y los domingos, y así se consumió, como un prisionero de Auschwitz. Finalmente construyó una soga trenzando ristras de bolsas de basura porque había decidido ahorcarse. Hizo ensayos. Como católico fervoroso, pidió perdón al creador.

Pero la Guardia Civil encontró el zulo. Cuando lo rescataron, les exigió que lo matasen «de una puta vez» al confundirlos con los etarras. Fuera del zulo vio gente y volvió a meterse en su agujero. Explicaría años más tarde, en una entrevista con Sánchez Dragó, que si bajó de nuevo al pozo fue porque creyó que los etarras habían reunido a sus amigos para que la ejecución fuera más humillante.

Me costará mucho explicar a mis hijos todo esto de forma que lo entiendan.