Félix madero-Vozpópuli
- Camino de ocho años lleva este desastre ambulante que nunca es responsable de nada
El hombre que preside el Gobierno asegura en un mitin que los desastres existen. Sabe que miente, pero no lo nota porque ha hecho de la mentira un hábito. Su norma. Lo desastres existen, sí, y es precisamente él quien lo recuerda. ¿Sabrá que nos está insultando? Hay que tener valor para razonar de esta manera cuando precisamente un desastre gobierna este país camino de los ocho años, pero a él que lo registren. El desastre no habla, apenas ha respondido a tres preguntas. Para eso tiene a un ministro -su sucesor dicen algunos- que habla y habla y no para, aunque eso no signifique nada. Hablar por hablar. A las víctimas y a sus familiares les dan igual las explicaciones, tanta palabrería, y por eso le dicen a Óscar Puente que hable menos y gestione mejor. Se puede dar una rueda de prensa de dos horas y no decir nada. O no decir la verdad. Es inaudito que, con 45 muertos y las evidencias que ya tenemos, no se haya producido una sola dimisión. Nadie es culpable de una fatalidad, pero sí de un error. Estar en el puesto cuando las cosas suceden no significa nada. Ahí está el caos. Este hombre, el de la Moncloa, lleva casi ocho años en el mismo sitio y miren cómo tenemos el país.
Sólo habla en un mitin
Los desastres existen, asegura el jefe del Gobierno. No lo dice en una rueda de prensa, tampoco en una comparecencia en el Congreso. Ya sabemos que dará allí explicaciones, pero el día 11 de febrero, tres días después del previsible desastre sanchista en Aragón. Hay cálculos políticos que resultan vergonzosos, más aún, inhumanos. Con poco tacto y menos vergüenza política el presidente se ha explicado, pero en un mitin en el que un público paniaguado y condescendiente le ha aplaudido con algo de rubor, y un poco de vergüenza. No todos los militantes tienen puestas las orejeras en este momento. Algunos hasta son capaces de distinguir entre un desastre y un error; una fatalidad de una negligencia.
Este hombre, que tiene en la cárcel a quien fuera su primer ministro de Transportes y a un consejero de Renfe que antes fue portero de un prostíbulo, sabe que la Dana fue un desastre, y sabe que el descarrilamiento de Adamuz, como el apagón de abril del año pasado, no suceden porque sí. Se podían haber evitado. En este caso había señales claras. Quejas, informes de maquinistas y de la CIAF, la Comisión de Investigaciones de Accidentes Ferroviarios que en 2019 ya advirtió de la antigüedad de los carriles de la línea Madrid-Sevilla. «Todos creíamos que se había hecho una remodelación integral y no ha sido así», se lamentaba este lunes Ignacio Barrón, encargado de la investigación.
Las víctimas y sus familiares saben que sus muertos no están enterrados por una fatalidad. Una fatalidad, la que sea, bien gestionada funcionaría como una explicación para víctimas y familiares. Se hizo lo que se pudo, les dirían. Pero los damnificados lo saben: se pudo hacer más. Antes del accidente, durante y después. Y el hombre de la Moncloa lo sabe, y por eso nota el alivio en su cuerpo cuando se confirma que no habrá un funeral de Estado. Por eso, cuando las imagina, teme esas posibles miradas de las víctimas fijas en su rostro de escayola.
El que gobierna tiene miedo
Mejor no encontrarse con la mirada de la mujer que se ha quedado viuda. O la del joven que ya no tiene padre. O la de la niña que ha perdido a sus padres y hermano. Los asesores lanzan la idea de que los familiares no tienen medios para llegar a ese funeral, que mejor más tarde, que hay que suspender. Pero todos sabemos que el Gobierno dispone de mecanismos suficientes para facilitar ese traslado. No hay funeral porque el que gobierna tiene miedo, pavor a estar rodeado de gente en la calle, en un cine, en un estadio, y sobre todo en un funeral donde las víctimas le van a pedir una explicación que no tiene. Que ya no puede inventar. Ante la pérdida de un familiar, este hombre sólo puede hablar de desastres que suceden. Pero el que ha perdido a alguien en el accidente sabe bien lo que es un desastre, y mejor aún lo que es un error. Y lo que es todavía más escandaloso una negligencia de libro.
Siete años y ocho meses. Camino de los ocho lleva este desastre ambulante que nunca es responsable de nada. A los suyos les dice que el ministro Puente -ese señor tan educado y respetuoso en estos momentos- ha estado en su sitio. Como si estar en el sitio significara algo. Estar en su sitio, sí, pero antes del descarrilamiento, mejor. Renovando las vías, perfeccionando los mantenimientos, cumpliendo los protocolos, revisando tramos denunciados por los usuarios.
Un amigo habitual en el AVE Madrid-Málaga me cuenta con espanto que cada vez que pasaba por el tramo de Adamuz tenía que sujetar el ordenador con sus manos porque los temblores eran tan intensos que se le caía el aparato. Mi amigo, tranquilo y nada exagerado, me lo cuenta mientras me dice que vivir es una casualidad. Que se lo pregunten a él que tantas veces ha pasado por las vías en las que descarriló el tren.
Mentira tras mentira
Estar vivo puede ser una casualidad, puro azar. Que nos gobierne este hombre no. Este señor que en su última aparición ha tenido el descaro de pronunciar palabras como unidad, empatía, lealtad y eficacia. ¿Pero por qué sigue mintiéndonos tanto este malabarista de la política? Hace muchos años el PSOE de Felipe González hizo una campaña electoral pidiendo el voto para que España funcionara. “Que España funcione” era el eslogan o claim que llaman ahora. Desconozco si el CIS tendría el atrevimiento de preguntar a los españoles por el funcionamiento de España. Algo así como: «¿Puede decirnos usted tres cosas que funcionen bien en España?» Se necesita valor a estas alturas para hacer una pregunta así. Y, sin embargo, lo pregunte o no el CIS, tenemos la obligación de hacérnosla. Hoy, mañana y el día que podamos elegir el destino de este país. Aunque la respuesta sea el silencio. O aún peor, la indignación con un presidente que se esconde en estos momentos. Con un ministro que ayer mismo proclamaba que «el ferrocarril en España vive la mejor época de su historia» y que pronto veríamos los trenes a 350 kilómetros por hora. Si no tienen respeto por la verdad al menos que tengan un poco de contención cuando abren la boca. Se llama misericordia. En el diccionario de la RAE se explica bien lo que es.