De repente resulta que Sánchez tiene miedo. Por supuesto que no lo admite. Por supuesto que lo oculta. Pero los hechos lo delatan. Y ya sabemos dónde le duele.
La ciencia tiene catalogada una patología llamada alodinia. Es la percepción de dolor ante un estímulo que para cualquier otra persona sería inocuo. A veces se trata de un roce leve de una prenda de vestir o de una subida de la temperatura de apenas un par de grados.
El organismo del afectado se pone sin embargo a la defensiva y lo interpreta como una amenaza. A veces lo expresa sudando, tiritando o con otros signos externos. Pero casi siempre la procesión va por dentro.
Lo inaudito es la desproporción entre la intensidad de la reacción y la causa que la desencadena. Sobre todo, cuando se trata de alguien como Sánchez curtido en vivir al límite y afrontar todo tipo de riesgos.
A Sánchez no le asustó combatir la prostitución mientras su familia vivía de ella.
Ni competir en dos elecciones primarias con el aparato del PSOE en contra.
Ni dejar el acta de diputado para echarse a la carretera con la banda del Peugeot.
Ni hacer vicepresidente al mismo Pablo Iglesias que le quitaba el sueño.
Ni aprobar leyes como la del «sí es sí» que excarcelaba violadores y la ley trans que favorecía el borrado de las mujeres.
Ni pactar con un prófugo de la justicia para comprar su investidura con la amnistía que repudiaba.
Ni entrar en oscuros contubernios para mantener el apoyo de los herederos de ETA a cambio de excarcelar antes de tiempo a los terroristas más sanguinarios.
Ni apostar por un modelo de crecimiento basado en la importación masiva de mano de obra extranjera sin ampliar el parque de vivienda ni los servicios públicos.
Ni chocar frontalmente con Netanyahu, con Trump y, últimamente, con Ursula Von der Leyen.
¿Por qué le aterroriza entonces que Juanma Moreno pueda volver a ganar con claridad las elecciones andaluzas e incluso mantener esa poco menos que inverosímil mayoría absoluta en el sempiterno feudo del PSOE?
¿Por qué su reacción ante la convocatoria electoral del 17 de mayo le ha delatado hasta el extremo de hacerse una enmienda a la totalidad a sí mismo, sustituyendo a María Jesús Montero como vicepresidenta primera por la figura más antitética que pudiera haber en el Gobierno?
¿Por qué, después de promulgar la «legislatura del muro» y proclamar que es el PSOE el que está «en el lado correcto de la historia», margina a todos sus agresivos paladines para encumbrar a un tecnócrata sin carné como Carlos Cuerpo?
La respuesta tiene nombre y temperamento.
Porque Juanma Moreno no grita, no insulta, no estigmatiza, no se deshace en aspavientos, no polariza. Ni siquiera divide.
Y a Sánchez le aterra que, si triunfa de nuevo en Andalucía —algo que da poco menos que por descontado—, la recta final de la legislatura quede impregnada por un tono y un estilo mucho más cercano al de Feijóo que al suyo propio.
De ahí la alodinia. De ahí el oportunista distanciamiento implícito de cuanto ha venido significando María Jesús Montero. De ahí esa barba postiza llamada Carlos Cuerpo.
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Desde el final de la transición, precipitado por la masacre del 11-M, pocas veces se puede escribir sobre alguien que esté dignificando la política y a quien a su vez la política esté haciendo crecer como ser humano.
A Sánchez le aterra que, si triunfa de nuevo en Andalucía —algo que da poco menos que por descontado—, la recta final de la legislatura quede impregnada por un tono y un estilo mucho más cercano al de Feijóo que al suyo propio.
Juanma Moreno es a los 55 años esa rara avis. Nieto de jornaleros, hijo de un delineante y una dependienta y, a mayor abundamiento, nacido un 1 de mayo, parecía predestinado a militar en la izquierda. Pero hizo su carrera a través de las Nuevas Generaciones del PP y de la burocracia de Génova hasta llegar a Secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad en la era Rajoy.
Entonces afloró el gestor con pulso humano que llegó donde está gracias a la mayor paradoja de la aritmética electoral contemporánea. Nadie daba un duro por él como líder del PP andaluz y su primer examen electoral corroboró a primera vista el pronóstico. Cayó, menudo batacazo, de 50 a sólo 26 escaños.
Pero esos 26 del PP, más 21 de Ciudadanos y 12 de Vox eran 59 y por primera vez en cuarenta años dejaban al PSOE y el resto de la izquierda en minoría. Juanma Moreno pactó con Juan Marín un gobierno casi bicéfalo y, cuando Ciudadanos se hundió por la incompetencia de Albert Rivera, cuatro años después se quedó con el santo y la limosna de la mayoría absoluta.
La izquierda amaneció estupefacta y todavía no ha recompuesto el ademán.
La gaviota voló con 59 escaños en el pico mientras el puño retenía una rosa de sólo 30 pétalos. No quedaba sino el espejismo del autoengaño. Aquello necesariamente tenía que ser fruto de una coyuntura irrepetible y por tanto flor de una legislatura.
Comenzaba la reconquista, mediante la sustitución del correcto Juan Espadas por una María Jesús Montero de rompe y rasga, vicepresidenta primera del Gobierno, ministra de Hacienda y número dos del PSOE.
Como ella misma acaba de decir, para que los andaluces le den las gracias por bajar a salvarlos de la derecha, era «la mujer sin duda con más poder de la democracia» la que entraba en liza.
Pero, atención a nuestro sondeo de precampaña. Si en mayo del 22 el 45,5% de los andaluces ya aprobaba la gestión de Juanma Moreno, cuando había tenido que negociar con su izquierda y su derecha para gobernar, ahora que ha buscado los pactos por convicción y no por necesidad, ese inusual respaldo se ha disparado seis puntos más.
¿Cuánto hace que no nos topábamos con el jefe de un ejecutivo con casi un 52% de aprobación? Más del doble que la de Sánchez y el resto de los líderes nacionales.
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La clave de su acierto es que, a diferencia de lo que ocurrió cuando arrasó Rajoy en 2011, Juanma Moreno no ha aprovechado la mayoría absoluta para ocupar el poder sino para acelerar la transformación de la sociedad.
Sólo Adolfo Suárez, Felipe González, Pujol y Aznar, cada uno en su estilo y con sus debes, fueron capaces de hacer sentir a sus gobernados el significado de la palabra «cambio» como lo está haciendo Juanma Moreno en Andalucía.
El secreto de lo que hasta ahora viene siendo un éxito político con esos escasos precedentes radica en la alquimia entre la moderación en la forma de ejercer el poder y la audacia en la ejecución de un programa genuinamente reformista.
Juanma Moreno no ha aprovechado la mayoría absoluta para ocupar el poder sino para acelerar la transformación de la sociedad.
Si hubiera nacido treinta años antes, Juanma Moreno habría sido ministro de UCD, aunando el humanismo respetuoso del sector democristiano, la apuesta por la iniciativa individual de los liberales y la inversión en gasto social de la socialdemocracia. Álvarez de Miranda, Garrigues y Paco Ordóñez se habrían reconocido simultáneamente en él.
Y si alguien no me cree, que le pregunte al alcalde de Málaga, Paco de la Torre, que colaboró con los tres.
Reivindicar a Juanma Moreno como un centrista capaz de navegar entre Scylla y Caribdis para guiar a sus argonautas hacia el mar de la prosperidad puede parecer una concesión a la nostalgia.
Pero no estamos hablando de entelequias sino de la fórmula maestra que hizo posible el acierto y consolidación de la España constitucional.
De entrada, apelación a los mejores para formar equipos consistentes con figuras como Elías Bendodo, Juan Bravo, Carolina España o Antonio Sanz. A la vez, diálogo con los distintos y respeto a los distantes.
Pero no como una cháchara vacía, sino como búsqueda de pactos, tan útiles como el de Doñana con el Gobierno de Sánchez o los bien recientes de la Sanidad con todos los sindicatos y estamentos.
Y tras ese pórtico —el talante es siempre necesario, pero nunca suficiente, una idea fuerza: cuanto más dinero quede en el bolsillo de los andaluces más prosperidad se creará en Andalucía.
De ahí las incesantes bajadas de impuestos… ¡y los incesantes aumentos de recaudación! El saldo es definitivo: casi 800.000 declarantes más del IRPF. Le funcionó a Aznar, le está funcionando a Ayuso y le está funcionando a Moreno.
Con Andalucía creciendo por encima de la media, creando empresas por encima de la media, trayendo inversión extranjera por encima de la media y convirtiéndose en la única gran región exportadora con superávit comercial.
Con la digitalización, la simplificación administrativa y la Unidad Aceleradora de Proyectos como pistas de aterrizaje.
Y en el cierre de 2025, ese tanteo propio de los play off de la NBA: 592-583, con tres ceros detrás. Si alguien nos hubiera dicho que en Andalucía iba a haber casi diez mil autónomos más que parados, habríamos pensado que era un alarde de ciencia ficción.
Pero así es, con Andalucía liderando de hecho, por delante de Cataluña y de Madrid, ese ranking del emprendimiento individual. A esta región sí que ya no la reconoce «ni la madre que la parió».
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Juanma Moreno concurre a la batalla de la rendición de cuentas con la más impoluta de las tarjetas: siete años y medio en el poder, ocho presupuestos.
El hoy en vigor el de 2026 supera por primera vez los 50.000 millones, dedica dos de cada tres euros a gasto social y va a permitir que la Junta se haga cargo de los 100.000 euros al mes que cuesta el medicamento para frenar la ‘enfermedad de la piel de mariposa’ que sufren el niño sevillano Leo y otros cuarenta y cinco andaluces.
En el otro lado del ring, su contendiente María Jesús Montero presenta un paupérrimo balance como ministra de Hacienda: ocho años en el poder, tres presupuestos. Cinco derrotas y tres victorias.
Con la rémora adicional de haberse convertido en la fallida adalid de la financiación singular de Cataluña. Ninguna otra autonomía la apoyó en el Consejo de Política Fiscal de enero.
Juanma Moreno concurre a la batalla de la rendición de cuentas con la más impoluta de las tarjetas: siete años y medio en el poder, ocho presupuestos.
La misma socialista que en Andalucía había despotricado contra la «ordinalidad» y la quita de la deuda, enarbolaba en Madrid esas dos banderas para ayudar a Sánchez a atornillarse en la Moncloa.
Y aún más que el balance de la acción política, pesa como valor de contraste el tono y estilo de las performances a los que nos tiene acostumbrados Montero.
Ora, desmadejada, ante la sede de Ferraz, jaleando a los militantes bajo la consigna del «¡Pedro, quédate!».
Ora, aturullada, en el Congreso del PSOE de Jaén, refutando que la «presunción de inocencia» pueda prevalecer en una sentencia «por encima del testimonio de mujeres jóvenes y valientes que denuncian a un famoso».
Y siempre con muchos decibelios de más.
Frente a esos alardes más propios de la pelea faca en ristre de las cigarreras de la Carmen de Bizet, Juanma Moreno siempre ha practicado el arte de la contención.
Sin convertir la sede de la Junta de Andalucía en un plató. Sin utilizar la presidencia de la Junta como trampolín para una ambición política superior. Sin tan siquiera aprovechar una tragedia como la de Adamuz para pasarles factura a sus negligentes adversarios.
No hay virtud tan importante en un político como ese sentido de la contención que le lleva a distinguir entre lo que puede y lo que debe hacer. Medidos con este baremo, Sánchez merecería el más hondo de los suspensos y Juanma Moreno rozaría el sobresaliente.
Sobre todo, cuando ha demostrado en las tres crisis que han terminado de forjarle en los últimos meses que su contención no es elusiva, ni insensible, ni distante.
Cuando afloraron los fallos del cribado del cáncer de mama, no escurrió el bulto, pidió perdón, cesó a la consejera y puso en marcha una revolución en la Sanidad andaluza.
Cuando contempló con espanto los restos esparcidos de las víctimas de Adamuz, recabó ayuda psicológica, se abrazó a las familias y destiló su emoción quebrada en el Día de Andalucía.
Cuando se presentó el tren de borrascas, hundió sus botas en el barro, ordenó el desalojo y realojo de Grazalema y se volcó en conseguir las ayudas del Estado y la UE.
Fueron tres ejemplos prácticos de la aplicación del «Manual de convivencia» y «la vía andaluza» que componen el título del libro que acaba de presentar.
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Contemplando la aparente ataraxia con que Juanma Moreno afronta con aplomo las situaciones límite, asomándose a la vez a la profundidad de sus emociones y haciendo balance de la integridad de su conducta, es comprensible el ataque de alodinia que sufre Sánchez.
Si la propuesta centrista, centrada y central de Juanma Moreno obtiene el 17 de mayo un nuevo espaldarazo de un electorado como el andaluz, más progresista que conservador, el relato de Sánchez basado en la confrontación con la extrema derecha quedará hecho añicos.
La «vía andaluza» será una parte decisiva del camino de Feijóo hacia la Moncloa, con el impulso crucial de Ayuso en la recta final.
Sánchez lo sabe y por eso ha entrado en pánico. Ha dado a Montero por derrotada y amortizada aun antes de comenzar el partido y ha recurrido precipitadamente a Cuerpo. Era el único ministro algo parecido a Juanma Moreno que tenía en el Gobierno.
El problema de las barbas postizas es que al mínimo tirón el engaño queda en evidencia.