- El director de la ‘Cinémathèque française’, Frédéric Bonnaud, ha calificado recientemente como «delirante» que «un cineasta como Bertolucci, comunista, implicado políticamente, pueda organizar una violación en un rodaje». Los comunistas no violan
En mi columna de ayer cometí un error. Escribí que la película El último tango en París contiene una violación real, y que la acusación procedía de la protagonista, Maria Schneider. Así recordaba haberlo leído en alguna entrevista. Los recuerdos nos engañan a menudo, y el hecho es que ni siquiera me planteé una sencilla confirmación. Culpa mía. El lector Fairwinds ha dejado en los comentarios esta encendida refutación a mi texto: «No puede […] dar por hecho establecido una patraña que nadie serio ha avalado ni puede avalar: la maliciosa y ridícula deformación de la entrevista de Maria Schneider en el Daily Mail (2007), que el feminismo radical promovió hace diez años para celebrar su ‘Día de la mujer’, destripando como víctimas propiciatorias a los machos cabríos del año: Brando y Bertolucci». El lector termina así su comentario: «Si siente algún respeto por sus lectores, vuelva y enmiende el entuerto; o deje su credibilidad hecha un eccehomo». Mi respeto por los lectores no puede ser mayor, y su invocación resulta más que suficiente para la enmienda, que aquí viene.
Maria Schneider dijo haberse sentido violada, que no es lo mismo que haber sido violada. La razón que adujo se basa en hechos confirmados por Bernardo Bertolucci: desconocía la escena, no incluida en el guion, y aún hoy polémica, que acabaría convirtiéndose en la más popular y evocada de la cinta. Hasta el grupo musical La Trinca llegó a dedicarle una canción (‘Últim tango a Manresa’, no creo que necesite traducción). Hablamos, como habrán adivinado los veteranos, de la escena de la mantequilla. Expongamos todos los hechos, ya puestos. Marlon Brando untó realmente a Maria Schneider por donde amargan los pepinos, siendo simulada la penetración subsiguiente. Solo ella ignoraba que interpretarían una violación. De hecho, el desigual director y el memorable actor protagonista le habían ocultado deliberadamente a la actriz francesa lo que le esperaba. Bertolucci arguyó que «quería su reacción como niña, no como actriz; quería que interpretara su humillación y su rabia». Schneider tenía 19 años, la escena la cogió por sorpresa, y las palabras del director son incoherentes: es obvio que quería recoger su humillación y su rabia reales, no que las interpretara.
No entraremos en el posible reproche penal aplicable a la falta de consentimiento en lo que sí sucedió. Ni en el que cupiera entonces en Francia, donde se perpetró, ni en el que ahora tendría, que adivino serio. Lo que aquí llama la atención es la distancia de lo artístico entre 1972 y 2026. Aquello que hizo sentirse violada a la fallecida actriz (ninguno de los tres protagonistas vive) ni siquiera lo dio a conocer hasta muchos años después. El abismo que separa estas dos épocas tiene puentes, destacando la ridícula pervivencia de la superioridad moral de la izquierda. El director de la ‘Cinémathèque française’, Frédéric Bonnaud, ha calificado recientemente como «delirante» que «un cineasta como Bertolucci, comunista, implicado políticamente, pueda organizar una violación en un rodaje». Los comunistas no violan.