- ¿Que me parece lo de Orban? Que ya le gustaría a sus adversarios ganar cinco elecciones, gobernar democráticamente dieciséis años seguidos, perder con el 38’9 % del voto y abandonar el poder sin queja. ¿Lo hará el autócrata Sánchez?
Mentes infantiles parecen postular la bondad absoluta de lo europeo. Por orientarles toqué ayer los orígenes continentales de varias pestes totalitarias y totalizantes. Entre las últimas, el actual consenso en la UE (no confundir con la compleja e inacabable Europa). Estos nuevos liberticidas, menos bestias dentro pero condescendientes con las bestias de fuera, están regresando a la censura y a formas de planificación económica centralizada. Algo incompatible con el liberalismo, salvo que se tuerza el concepto al modo de la nueva Inquisición crislamista, que da para otra columna. Mientras los del consenso europeo se convierten todos al socialismo woke, acusan de «iliberales» a quienes nos negamos a la servidumbre. Nótese el homenaje. En cuanto a los totalitarismos nacidos en Europa hace un siglo, son condenados con matices. Tenemos nazismo, comunismo, fascismo, anarquismo y el yihadismo del autoadoctrinado en Europa, posiblemente nacido en Europa, cuya línea directa con los nihilistas rusos decimonónicos, o los anarquistas que se hincharon a asesinar en España, está más que acreditada por los estudiosos.
Pues bien, desde los Soros –financiadores de todas las iniciativas totalizantes y protectores de los totalitarismos supervivientes fuera del cuerpo europeo– hasta el pobre Sánchez en su autocracia de saunas, gomas y lavajes, un tiovivo de enemigos de la libertad celebra desde anoche, con gran entusiasmo, la derrota electoral de Orban. ¿Acaso el lector considera a Ursula von der Leyen una defensora de la libertad? Le resultará difícil seguirme. Si lo hace, será bajo su responsabilidad. Imbuidas de vonderleyenismo, de ursulinato, vienen luego las cerebrinas del PP a equiparar a Orban con Sánchez, y uno comprende que podemos respetarnos, quizá, pero que no tenemos nada de que hablar. Al grano.
Algunos lectores comentaristas exigían ayer un pronunciamiento por mi parte sobre los resultados electorales en Hungría, en tanto que otros se burlaban porque no lo encontraron en mi pieza. Aclaro para todos ellos un punto que se les escapa: la columna que con mi firma tuvieron ayer a su disposición fue escrita varias horas antes del cierre de los colegios electorales húngaros. Creo que existe una creencia errónea y voy a desmentirla ahora mismo: Girauta soy yo, un tipo de carne y hueso con horarios previsibles. No soy un semáforo puesto por el Ayuntamiento ni un boletín de noticias automatizado. Escribo cosas libremente y a mi aire. Lo único que no es libre es la extensión, quinientas palabras, lo que acaba siendo una bendición. Envío lo mío, como más tarde, a las dieciocho horas para que lo lean al día siguiente. O sea, lo que pase después de las seis de la tarde de ayer no aparecerá nunca hoy. La razón es que carezco de las dotes de augur de Santiago Niño Becerra, de Fernando Simón y de Narciso Michavila. ¿Que me parece lo de Orban? Que ya le gustaría a sus adversarios ganar cinco elecciones, gobernar democráticamente dieciséis años seguidos, perder con el 38’9 % del voto y abandonar el poder sin queja. ¿Lo hará el autócrata Sánchez?