Olatz Barriuso-El Correo

  • En plena crisis por el frenazo en las encuestas, los de Abascal vuelven sus ojos hacia su «amiga» Meloni y reivindican la «soberanía» de las naciones

A bordo de un Mini rojo clásico, Santiago Abascal se paseó en enero pasado con Giorgia Meloni por las calles de Madrid. Sonrientes, exhibieron cercanía y el líder de Vox hasta recibió en su casa a la primera ministra italiana, a la que incluyó en su álbum familiar. Para entonces, los rumores de que la relación entre ambos se había enfriado eran ya un clamor y los dos eurodiputados díscolos de Se Acabó la Fiesta! se habían integrado, echando pestes de Alvise, en el grupo de los Conservadores y Reformistas europeos (ECR), al que pertenece Fratelli d’Italia, el partido de la mandataria. Vox lo había abandonado a su vez en julio de 2024 para echarse en brazos de Víktor Orbán y Marine Le Pen, con los que integra la familia de Patriots.

Un movimiento justificado por los recelos y divergencias entre las distintas ramas de la extrema derecha europea pero, como se supo meses después, también por la ingente inyección crediticia del banco húngaro MBH, cercano a Orbán, a las arcas de Vox. La derrota electoral del todavía primer ministro, que cierra el grifo de la financiación a los de Santiago Abascal pero también resta influencia a los Patriots en Bruselas, ha coincidido en el tiempo con el ‘brote’ de otro de los aliados hasta ahora incondicionales de Bambú, Donald Trump, más desatado y temerario de lo habitual, que ya es decir.

A su errática gestión de la guerra en Irán se han sumado sus exabruptos contra el Papa y contra la propia Meloni. De la primera ministra italiana, que ha optado por proteger su autonomía estratégica con una posición netamente atlantista y marcando distancias con Netanyahu –Italia ha renunciado a renovar su acuerdo de defensa con Israel–, Trump ha dicho que «pensaba que tenía más valor, pero me equivocaba». El inquilino del Despacho Oval ha roto con su antigua aliada de malas maneras porque ella ha osado también criticar su «inaceptable» trato al Papa, al que hizo pasar por peligroso izquierdista radical. Hasta tal punto ha escalado el asunto que a Vox, que hasta ahora hacía equilibrios para no desairar al magnate, no le ha quedado más remedio que empezar a alejarse también de un Trump que parece haber medido mal el alcance de sus dardos. Las críticas del presidente de EE UU a Meloni son «poco comprensibles», concedió ayer Pepa Millán, que alabó a su «aliada y amiga» italiana como «una de las políticas más valientes, diría que en todo el mundo». El quid de la declaración de la portavoz voxista en el Congreso está, sin embargo, en esta frase: «Las naciones tienen derecho a proteger su soberanía, es el deber de todos los presidentes de cualquier gobierno occidental».

Acabáramos. Vox, que para muchos de sus votantes es el epítome del patriotismo, no podía seguir quedando como un títere del trumpismo, a merced de sus caprichos. Se puso de perfil con los aranceles y las amenazas, pero, en plena crisis por el frenazo en intención de voto en las encuestas, por las críticas públicas de los disidentes –que lamentan, entre otras cosas, el error de abandonar la vía liberal por los cantos de sirena del autoritarismo– y obligados a hacer la vista gorda ante espectáculos tan poco edificantes como el asalto a la Mesa del Congreso de uno de sus diputados, Vox ha decidido marcar distancias con Trump. ¿Tarde? Veremos.

No es baladí tampoco que Pepa Millán luciese, bien visible, una cadena con un gran crucifijo al cuello. Aunque haya coqueteado con ataques populistas a la cúpula jerárquica de la Iglesia –«ciudadano Bergoglio», solía llamar Abascal al anterior Papa–, Vox disputa ahora una encarnizada batalla con el PP por el voto católico, cada vez más escorado a la derecha, que ha llevado a Ayuso a hacerse fan del pop religioso de Hakuna. Con un discurso que abraza el cristianismo como barrera identitaria frente al riesgo de «islamización», a alguien en Vox se le habrá ocurrido que tampoco ese discurso casa muy bien con Trump transmutado en Jesucristo por la IA. Aunque él diga que quería hacer de médico.