Enrique Alvarado-ABC
- Frente al viejo tutor europeo de la componenda, aparece una dirigente como María Corina Machado que encarna la causa democrática que el régimen intentó aplastar en Venezuela
José Luis Rodríguez Zapatero lleva años intentando venderse como mediador en Venezuela, pero su papel real ha sido otro: el de acompañante político, proveedor de legitimidad y amigo útil de una dictadura que destruyó un país. El problema ya no es solo su parcialidad. El problema es que, a estas alturas, su nombre ha quedado unido a una de las operaciones de blanqueo político más persistentes del chavismo. Durante años cultivó la imagen del hombre del diálogo, del pacificador capaz de hablar con todas las partes. En la práctica, sin embargo, su interlocución privilegiada fue siempre con el poder. No con el país reprimido, no con las víctimas del exilio, no con la Venezuela empobrecida, sino con quienes administraban la maquinaria que hizo posible la devastación. Zapatero no fue neutral. Fue cercano, complaciente y, en demasiados momentos, funcional.
La frase con la que recientemente intentó defenderse en España retrata mejor que cualquier adversario su problema de credibilidad: dijo que, en su actividad como consultor, no tenía «el dato de quiénes eran los clientes». Esa afirmación sería extravagante en cualquier profesional serio. En alguien con acceso privilegiado a gobiernos, empresarios, operadores internacionales y tramas de influencia, resulta todavía peor. No revela inocencia, sino una forma particularmente cómoda de no mirar demasiado de cerca de dónde viene el dinero ni a quién sirve realmente el trabajo prestado.
Esa es la primera gran contradicción de Zapatero: se presenta como mediador, pero escoge bando. Ha insistido en que dedicó miles de horas al diálogo venezolano sin cobrar un euro por ello, pero al mismo tiempo ha reconocido su cercanía con Delcy y Jorge Rodríguez, dos de los operadores más duros y sofisticados del sistema chavista. Una amistad así no es un matiz. Es una toma de posición. Y en política internacional, sobre todo cuando se habla de una tiranía que convirtió la negociación en método de supervivencia, las amistades importan. Mucho.
La segunda contradicción es económica. Zapatero ha querido separar su supuesto compromiso político de sus relaciones profesionales, pero esa frontera nunca ha estado del todo clara. Su defensa pública descansa en la idea de que una cosa era mediar y otra asesorar. El problema es que, en entornos opacos y regímenes cerrados, esas fronteras rara vez permanecen limpias. Cuando alguien presta prestigio, acceso, contactos y cobertura narrativa, no hace falta firmar un decreto para convertirse en parte del engranaje.
La tercera contradicción es moral. Durante años, el chavismo usó las mesas de diálogo como táctica dilatoria: ganaba tiempo, dividía a la oposición, recomponía apoyos y luego incumplía sin costo alguno. Zapatero participó en ese teatro con una obstinación digna de mejor causa. Cada ronda fallida dejaba más presos, más exiliados y más frustración, pero él insistía en la liturgia negociadora, como si repetir el ritual pudiera convertir la farsa en solución. Lo que para él era diálogo, para el régimen era oxígeno.
La cuarta contradicción es política. Se queja de campañas de desprestigio, pero los cuestionamientos a su papel no provienen solo de adversarios ideológicos. Lo cuestionan analistas, instituciones y buena parte de la comunidad venezolana que padeció las consecuencias de ese acompañamiento. Porque el problema nunca fue sólo lo que decía, sino lo que su presencia permitía sugerir: que el chavismo aún podía presentarse como interlocutor respetable, como poder redimible, como régimen susceptible de lavarse la cara con la compañía adecuada.
La quinta contradicción es la más grave de todas: pretende hablar en nombre de la paz mientras ha terminado objetivamente alineado con quienes restringieron la democracia venezolana. Esa cercanía se ha hecho todavía más obscena cuando celebra como momento histórico una amnistía nacida no de la generosidad del régimen, sino del colapso de un sistema que secuestró la institucionalidad durante años. Aplaudir ese desenlace sin hacer balance del daño acumulado equivale a absolver políticamente a quienes lo hicieron necesario. En España convendría mirar este asunto con menos ingenuidad. Porque él no es solo un expresidente con afición a opinar sobre Venezuela. Es, para muchos venezolanos, un mentor amistoso de la dictadura; alguien que eligió acompañar al poder cuando ya no quedaban dudas sobre su naturaleza. Y por eso mismo, un enemigo político del pueblo venezolano, aunque jamás lo admita en esos términos.
Su papel se vuelve aún más incómodo en vísperas de la visita de María Corina Machado a Madrid este 18 de abril. Su presencia en España merece ser saludada no solo como un gesto hacia la diáspora, sino como la llegada de la voz más nítida de la legitimidad democrática venezolana a un país que durante demasiado tiempo toleró ambigüedades frente al chavismo. Machado llega junto a Edmundo González a reencontrarse con miles de venezolanos. Y ese contraste es políticamente elocuente: frente al viejo tutor europeo de la componenda, aparece la dirigente que encarna la causa democrática que el régimen intentó aplastar y que algunos en Europa prefirieron administrar antes que respaldar sin reservas. Para el venezolano común –el que emigró, el que hizo cola, el que perdió salario, familia o futuro– Zapatero no es un mediador. Es alguien que estuvo demasiado cerca del poder que lo arruinó. Alguien que, con su apellido, su investidura pasada y su red de relaciones, ayudó a vender la idea de que todavía había algo honorable en una estructura que ya había escogido la represión, la mentira y el saqueo. No diseñó el chavismo, pero contribuyó a justificarlo. No inventó el desastre, pero le ofreció una coartada moral.
Y ahí está el núcleo del problema. La vieja historia del saqueo español en América, usada tantas veces como excusa ideológica por la izquierda latinoamericana y peninsular, queda pequeña al lado del gran saqueo de Chávez y Maduro sobre Venezuela. Lo grotesco no es solo la magnitud del expolio, sino que todavía haya quien intente envolverlo en retórica conciliadora. El expresidente podrá seguir diciendo que no tenía el dato de quiénes eran los clientes. Venezuela, en cambio, sí sabe quiénes fueron –y quiénes siguen siendo– los amigos del saqueo. José Luis Rodríguez Zapatero pasará a la historia como el gran colaboracionista de un régimen de terror, corrupto oligárquico, que ha arrasado un gran país. No es esta una leyenda negra, sino una historia negra de las que las futuras generaciones de españoles de avergonzaran. Es lo peor que ha dejado la madre patria en Venezuela en toda su historia.