Víctor Núñez-El Español
  • El patrioterismo que ahora agita Sánchez es un paliativo opiáceo para una España que ha abdicado de asumir que su lugar está junto a las grandes naciones históricas europeas, y no en la liga de las tiranías caribeñas (o sea, en «el lado correcto de la Historia»).

Aunque su aspecto cada vez más enjuto pareciera desmentirlo, Pedro Sánchez ha canibalizado hasta atiborrarse al espacio político a su izquierda. Y cuando de Sumar y Podemos ya no queda ni el tuétano, el presidente va a intentar ahora hincarle el diente a la derecha.

Como sea que el modelo de poder sanchista lleva el latrocinio inscrito en su corazón, el nuevo objetivo es hurtarle a los conservadores la bandera de la religión y la patria.

El presidente ha desempolvado la rojigualda con la que inauguró su carrera, pronto arrumbada en el fondo del armario de disfraces para ceder protagonismo a la senyera o a la bandera palestina. Y el estribillo «orgullo de ser español» se ha convertido en sinónimo de dar el cante en todos los negociados de la arena internacional.

La antipatía natural que inspiran en la mayoría de las gentes Trump y Netanyahu ofrece una materia prima apta para que los cinematógrafos de Moncloa guionicen esta nueva comedia.

El Gobierno representa el papel del guardián indomeñable de los intereses y la independencia de España frente al sometimiento global que quiere imponer el poder imperial anglosionista. La derecha de la pulserita hace, claro, de vasallo agradecido y vendepatrias.

No se recuerda la última vez que el presidente del Gobierno nos felicitó la Navidad, pero le faltó tiempo para «condenar el ataque injustificado a la libertad religiosa de Israel», a quien le exige que «respete la diversidad de credos».

«Mientras algunos siembran el mundo de guerras, León XIV siembra la paz, con valentía y coraje. Será un honor recibirle en España dentro de unas semanas», escribió en su tuiter.

El capitán de la España abortera, eutanasiadora, perseguidora de la objeción de conciencia, profanadora del Valle de los Caídos y azote de la Iglesia a cuenta de unos abusos que no se vigilan con el mismo celo en la jurisdicción estatal, el mismo, es el que ha tomado posiciones junto al Vaticano en el nuevo cisma entre el Papado y el Imperio.

Este más que güelfo es un golfo.

Lo razonable sería pensar que el amnistiador del golpismo separatista, soberanista infiltrado por Marruecos y por China, y acomodador de las hordas extranjeras regularizadas va a tener difícil resituarse como el campeón insobornable de la dignidad nacional.

Pero, ay, al español le encanta que le regalen los oídos sobre lo importante que es su país, aunque no sea cierto.

Si (con la colaboración de los tontos útiles del sanchismo que es la derecha antisionista y antiamericanista) la operación de lavado de cara puede funcionarle pese a todo, es porque los españoles prefieren que les mientan diciéndoles que son la repanocha antes que les incomoden con una verdad incómoda que les exhorte a hacer algo para que su país deje de ser una escombrera.

Mal que nos pese a los regeneracionistas reaccionarios que vemos en el PSOE el castigo inexpiable de nuestro país, el eterno retorno del gen caciquista decimonónico, es forzoso reconocer que, en efecto, es el partido que más se parece a España.

Y ya recordó Gonzalo Fernández de la Mora (si es que aún es legal citarlo bajo el régimen de la Memoria Histérica) que «España es diferente, y necesita gobernantes que no se le parezcan».

Es decir, que la psicología del mandatario español no debe responder a la de la raza ibérica, sino encarnar la contrafigura de nuestros grandes símbolos literarios: la Celestina, el Lazarillo, el Tenorio… o el Quijote.

Sánchez, que se ha declarado entusiasta cervantino y coleccionista de quijotes, responde bien al prototipo nacional. Sus ensueños de cruzado en singular batalla contra los gigantes imperiales hablan directamente a ese vicio del carácter nacional que es el orgullo del hidalgo, la autocomplacencia en el propio atraso.

El presidente se calzó, en uno de esos shorts tan cortos como el público al que se dirigen, la camiseta de la Selección para presumir de nuestro poderío económico. Y ello refleja bien el tenor futbolístico de nuestro sentido de la superioridad.

Invoca aquel «soy español, a qué quieres que te gane» que proliferó en los tiempos en los que los únicos éxitos con los que podía consolarse esta mellada piel de toro eran los de La Roja.

Como, en la España en vías de subdesarrollo y desnacionalización, el Gobierno no puede prometer a su pueblo un gaullismo español, les invita a conformarse con el golismonuestro equipo siempre es el mejor, manque pierda.

Pero este regodeo en la marginalidad (acentuado con la escapada tercermundista a la que se ha entregado Sánchez) es lo opuesto a hacer soñar a los españoles con que su país vuelva a ser grande.

El patrioterismo que ahora agita Sánchez no pasa de un paliativo opiáceo para una España que ha abdicado de asumir que su lugar está junto a las grandes naciones históricas europeas, y no en la liga de las tiranías caribeñas (o sea, en «el lado correcto de la Historia»).

El sano patriotismo es una fe en una misión colectiva, un ideal esperanzador que funge de motor de la acción. No un barniz de satisfacción que se aplica a la indolencia para que el país se perpetúe en su estado de anemia moral.

Quién iba a decirnos que los socialistas fueran a apuntarse al chovinismo, que es la deformación del patriotismo cuando este renuncia a ser racional y crítico.

El padre Leonardo Castellani recordó que el patriotismo puede ser una virtud o un vicio. Y «hay casos en los que el patriotismo se vuelve imposible, y se reduce a la compasión: un hijo no puede amar a su madre degradada si no es compadeciéndola».

El verdadero patriotismo es entonces el que «siempre puede amar a la patria por fea, sucia y enferma que ande». Porque no se trata de amarla en su decadente estado actual, sino, en virtud de ese amor doliente al país, conminarla a que recupere su mejor versión.

La idea la sintetizó a la perfección (que el Ministerio de la Verdad me perdone nuevamente) José Antonio Primo de Rivera: «Amamos a España porque no nos gusta esta España».

Samuel Johnson, por su parte, parecía estar profetizando a Pedro Sánchez cuando identificó las apariencias engañosas del falso patriotismo.

Patriota, escribe, es «el hombre cuya conducta pública está sometida a un principio único: el interés común». Je.

Recordó también el erudito inglés que «el patriotismo no es forzosamente un atributo de la rebeldía», porque la «insolencia legal» no basta para hacer de los actos «una manifestación de valor».

El patriota, sigue, «no aspira a hacer fortuna al calor del resentimiento, nunca infunde terror entre sus compatriotas sin motivo».

Y tampoco puede considerarse amigo de su país «quien perturba innecesariamente su paz». Y «aún menos patriota será quien se empeñe en propagar ideas a sabiendas de que son falsas, en halagar las opiniones de los ignorantes y en satisfacer la vanidad de los mezquinos».

En su vídeo conmemorativo del 12 de Octubre, Sánchez ya dejó claro cuáles son las figuras culturales que condensan para el socialismo el genio de Expaña: el transexualismo bonificado, las concentraciones cháricas, la vacunación en hospitales públicos, el fútbol femenino y el café con hielo.

Si ponemos en diálogo ese retablo astracanado con el enésimo intento de reinvención del presidente como salvapatrias, sólo cabe concluir que nuestro hombre de las mil caras no tiene en realidad más que una: la jeta del más macizo hormigón armado.