Ignacio Camacho-ABC

  • La corrupción funciona bajo un código de silencio. Un compromiso de lealtades mutuas que exige guardar algunos secretos

La lentitud de la Justicia le regurgita al PP los fantasmas de su pasado y le abre la puerta a unos demonios que creía ya definitivamente encerrados. Bárcenas es el epítome de la corrupción marianista que reaparece cada cierto tiempo en los juzgados, como si fueran su segunda residencia, coqueteando con la amenaza de desvelar arcanos guardados en sus armarios. Unas veces comparece como testigo, otras como acusado y hasta como víctima en este caso. Incluso el mensaje de «Luis, sé fuerte» ha vuelto al primer plano a propósito de ciertos mensajes que presuntamente le robaron los policías procesados. Se juzgan hechos de hace más de diez años, así que cabe hacerse una idea de cuánto pueden durar los sumarios donde anda involucrado Ábalos, aunque del primero de ellos, el de las mascarillas, puede salir pronto condenado porque cometió el error de agarrarse más de la cuenta al escaño y permitió que el Supremo actuase rápido. No siempre resulta un privilegio el derecho a permanecer aforado.

El extesorero tiene la habilidad de hablar a medias, apuntando cosas, sugiriendo irregularidades, pero sin poner nunca sobre la mesa los datos esenciales. Lo hizo con los famosos papeles, cuya autenticidad insinuó y negó a conveniencia; lo repitió en el juicio de la Gürtel y continúa jugando con la ambigüedad de sus lealtades, que según afirmó en la declaración de ayer mantuvo en la cárcel al encargar la destrucción de ciertos documentos clave. Había grabado, confesó, a su jefe Rajoy con la trituradora en marcha, destruyendo papeles confidenciales; siempre se mueve en la fina línea entre lo que revela y lo que calla, entre lo que oculta y lo que sabe. La Kitchen, la cocina siniestra de las cloacas policiales y sus chapuceros servicios de espionaje, parece su venganza, su campo de ajuste de cuentas particulares; se cuida de disparar contra sus superiores más notables pero da la impresión de que al que fuera ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, no le importaría llevárselo por delante.

Así suele suceder con esta clase de personajes encastrados en la estructura sombría de los partidos y los gobiernos. Son conscientes de que sus oportunidades de lucro privado discurren bajo un código de reglas de juego: vista gorda del mando a cambio de silencio si sus manejos son descubiertos. Los americanos lo llaman «negación plausible», la ignorancia del líder como cortafuegos –casi siempre inútil– para poder salir de un aprieto. Los subalternos apecharán solos con las consecuencias como precio de su enriquecimiento; a partir de que surja el escándalo nadie moverá un dedo por ellos, que a su vez se aseguran de retener a buen recaudo algunos secretos: su chalupa de salvamento por si el asunto se pone verdaderamente feo. Ni Bárcenas crucificará a Mariano ni Ábalos, Cerdán o Koldo señalarán a Pedro. Y Aldama, que aún podría hacerlo, depende de la fiscal general para que dé el visto bueno al acuerdo. En las esferas de la alta política no queda espacio para los ingenuos… ni para los sinceros.