Ignacio Camacho-ABC

  • Detrás de aquel intento de pucherazo había algo más que el liderazgo orgánico: un plan para tomar el Estado al asalto

Ni el Peugeot era un Peugeot, sino un Mercedes, ni la urna del intento del pucherazo estaba detrás de una cortina sino en un cuarto semiescondido. La infatigable colega Ketty Garat ha desmontado en un libro dos de las principales mentiras fundacionales del sanchismo, la primera de las cuales fue convertida en mito y la segunda derivó en símbolo de los métodos con que el actual presidente resolvía a nivel interno las discrepancias y los conflictos. La cortina hubiera sido un procedimiento de transparencia cuestionable pero el cubículo era el escenario apropiado para un escrutinio clandestino. Si eso lo hizo en un comité federal, en presencia de sus compañeros, cabe imaginar lo que pudo ocurrir en las dos primarias que lo alzaron al liderazgo del partido.

La propaganda oficial quiso hacer del célebre Peugeot, que aparece en una foto tomada en cierta localidad riojana, el emblema de aquella desigual batalla donde un rebelde David socialista derrotó al Goliath del aparato a pedradas. Pero en realidad acabó siendo el logotipo de una banda de cuyos cuatro miembros ya han dormido tres en los alojamientos de Instituciones Penitenciarias. Ahora sabemos que apenas fue utilizado dos o tres veces en la campaña porque Pedro prefería un coche de alta gama –también hubo una furgoneta, añado yo, de forma esporádica– prestado por un amigo al que luego puso al frente de una empresa pública que dejó quebrada. La epopeya de esa historia de audacia resultó ser, como todo lo que sucedió después, una farsa.

La tentativa de fraude orgánico fue real, sin embargo. En el manual de resistencia había un capítulo secreto que incluía la votación trucada en caso de verse acorralado. En el PSOE conocen aquella tormentosa asamblea como la de ‘Puerto Hurraco’, una trifulca vergonzante donde la formación se perdió el respeto a sí misma en medio de un lamentable espectáculo y donde Sánchez reveló su verdadero talante democrático al tratar de resolver la disputa con un plebiscito a cencerros tapados. La revancha no sólo consistió en una barrida implacable de todos los cuadros jerárquicos que lo defenestraron: apoyado en el clan que lo ayudó a recuperar el mando –el mismo que hoy desfila por los tribunales– diseñó su regreso como un asalto al Estado.

El premio consistía en ocupar el poder para transformarlo en una máquina de repartir privilegios. La conducta posterior de aquel grupo revela una intensa voluntad de desclasamiento. Más allá de la corrupción pura y dura se aprecia una ansiedad inmediata por la ocupación de parcelas de influencia y de crédito que jamás habrían estado de otra manera al alcance de unos mediocres sujetos cuyos anteriores roles políticos no pasaban de discretos puestos subalternos. Bajo la bandera de una regeneración ética impostada entraron a por el botín sin perder tiempo: enchufes de parentela, contratos a dedo, prostitutas a cargo del presupuesto. Se empieza amañando una tesis y se termina inventando un relato épico para sublimar el vulgar saqueo de un Gobierno.