Teodoro León Gross-ABC

  • Parece que el cuento del nacionalismo español casposo frente al nacionalismo catalán o vasco admirablemente progresista, aún cuela

En España lleva años vigente la lógica de la prioridad nacional. Con toda naturalidad. De eso van los hechos diferenciales y las financiaciones singulares. El procés no sólo fue un golpe contra el orden constitucional, sino un plan excluyente contra media Cataluña, con ciudadanos de primera y de segunda. Esa lógica ha servido para desobedecer sentencias en las escuelas y excluir la lengua oficial de todo el Estado. O retirar los símbolos constitucionales, e incluso humillarlos en público, no sólo en los estadios. ¡La prioridad nacionalista manda! El Govern socialista acaba de plantear que el catalán sea requisito para renovar el permiso de residencia, como en tantos procesos. Claro que nadie ha igualado la prioridad nacionalista de ETA, por la que se creían avalados para asesinar indiscriminadamente, y ahora usar un atajo legal para sacarlos de prisión sin cumplir sus condenas.

No hay que sorprenderse demasiado de la iniciativa de Vox para incorporar la prioridad nacional a sus pactos de gobiernos autonómicos. En definitiva, Vox también es un partido nacionalista… y hace cosas nacionalistas. Como el PNV o los viejos convergentes de Junts, pero también Bildu o Esquerra, porque los nacionalistas son ante todo nacionalistas, por más que el concepto de prioridad nacional provenga del lepenismo francés. Como explicaba Orwell en su ensayo sobre esta materia, «todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante» porque siempre pensará, al servicio de la causa, que están en el lado correcto. Por supuesto Orwell distinguía nacionalismo de patriotismo, por mucho que se den golpes de pecho.

Ahora el PP ha pasado tristemente por ese aro, para cerrar los gobiernos territoriales. Se les ve incómodos, y de hecho han votado contra la prioridad nacional de Vox en el Congreso. Parecen confiar en una aplicación restrictiva e incluso que quede en papel mojado como mero fetiche retórico. Está claro que el Gobierno había calculado bien la regularización, maquiavélicamente, para interferir en la formación de los gobiernos autonómicos y el final de la legislatura. Han tenido años para hacerlo, pero se guardaron la carta explotando el descontento de la vivienda que lleva su sello. No quieren un debate sobre inmigración, y por eso han sorteado otra vez el Congreso, sino bronca, para exhibir buenismo frente a la derecha del mal. Eso sí, una vez más resulta fascinante cómo el sanchismo y toda la izquierda se han lanzado a degüello contra el PP cuando ellos llevan años pactando con partidos nacionalistas y apoyando sus prioridades nacionales supremacistas y xenófobas. Y no de manera vergonzante, como el PP, sino a calzón quitado. Parece que el cuento del nacionalismo español casposo frente al nacionalismo catalán o vasco admirablemente progresista, aún cuela. Con todo el cinismo sanchista.