Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Trump parece dispuesto a huir del teatro de Irán, dejando a los iraníes en manos de un régimen que hará pagar a su propia gente el precio de la guerra.

«Asistir este año al final de las sanguinarias dictaduras que desde hace tantos años soportan venezolanos, cubanos e iraníes, sería un regalo de los Dioses por el que cualquier demócrata debería estar agradecido al bocazas que manda en Washington». Esto escribí el 7 de marzo pasado, y siete semanas después creo que, como tantas veces, me equivoqué o pequé de ingenuo. El horizonte de la libertad parece cada día más lejos de las aspiraciones de venezolanos, cubanos e iraníes. Tras la ampliación de la tregua a la espera de que Ia dictadura de los Mulás decida reanudar las negociaciones de paz en Islamabad, entre los demócratas de medio mundo aumenta la desasosegante impresión de que Donald Trump está buscando una excusa que le permita salir por pies del avispero de Oriente Medio sin haber alcanzado ninguno de los objetivos que justificaron el ataque del 28 de febrero, el más importante de los cuales, de lejos, era acabar para siempre con la amenaza del arma nuclear en manos de una teocracia dispuesta a eliminar a Israel del mapa. Las consecuencias de esta tocata y fuga serían desastrosas. Primero, para Israel, enfrentado a plazo fijo a su eterno dilema existencial. Segundo, para las monarquías del Golfo, cuya vulnerabilidad ha quedado en evidencia, y después, naturalmente, para esa noble gente de Irán que vive en una cárcel a cielo abierto desde hace 47 años. Un pueblo que ansía vivir en libertad y que de nuevo se vería sometido a la pulsión criminal de una cúpula derrotada militarmente y dispuesta a vengarse de cualquier disidencia interior mediante la represión.  A merced de un régimen cruel y vengativo.

Ocho semanas después del espectacular raid que el 28 de febrero acabó con la vida del Líder Supremo, el siniestro ayatolá Alí Jamenei y la práctica totalidad de la cúpula del régimen, parece evidente que desde el punto de vista militar la coalición Estados Unidos-Israel ha obtenido una victoria clara, con la práctica desaparición de la fuerza aérea y naval iraní y la destrucción de numerosas instalaciones militares e industriales (acero, petroquímicas, farmacéuticas) tras semanas de intensos bombardeos. Las pérdidas del régimen son cuantiosas y le colocan en una situación muy delicada para abordar el futuro. Pero si el balance desde el punto de vista militar está claro, no ocurre lo mismo desde el estratégico. La primera potencia del mundo no ha logrado tumbar al régimen de los ayatolás, que en el fondo era y es conditio sine qua non para estabilizar Oriente Medio y acabar con la amenaza del arma nuclear en manos de Teherán. El régimen no ha caído a pesar de haber sido descabezado, porque no se puede acabar con una dictadura solo mediante bombardeos y sin intervención terrestre, algo que nunca estuvo en los planes de la coalición por razones conocidas. Y forzar una rebelión interna contra la tiranía simplemente era una ensoñación de los estrategas de Washington después de las 30.000 víctimas mortales causadas por la salvaje represión de las manifestaciones de protesta registradas en enero pasado. Entonces, Trump prometió al pueblo iraní una ayuda que nunca llegó. Por eso, animar en marzo a esos mismos iraníes aterrorizados a salir de nuevo a la calle, aparte de un imposible, solo sirvió para incrementar la represión y el miedo.

Sánchez, ¿causa o efecto?

El régimen resiste bajo el terror, en una guerra asimétrica que se ha visto reforzada por el bloqueo del estrecho de Ormuz y el pánico que ello ha provocado en los mercados. Dirigido por los líderes religiosos hasta la eliminación de Alí Jamenei, el régimen ha caído en poder de la Guardia Revolucionaria (CGRI), los famosos Pasdaran. Más grave aún, está en manos de personajes de segundo y tercer nivel tras la eliminación de los primeros espadas, gente más obtusa y radicalizada, más cruel, más dispuesta a una política de tierra quemada, envalentonada incluso tras haber demostrado ser capaces de soportar hasta 13.000 ataques aéreos de la principal potencia militar del mundo y sobrevivir. Es evidente que Trump va a intentar vender a la opinión pública americana y mundial su aventura en Irán como un triunfo del poder militar estadounidense bajo su liderazgo («una victoria total y completa. ¡100%! ¡No cabe duda!»), pero esas bravuconadas no lograrán ocultar el desastre estratégico que para Estados Unidos y para Occidente en su conjunto significa no haber derrocado al régimen. Es la historia de un botarate que a las 8 de la mañana del martes 7 de abril amenaza a Irán con el Apocalipsis («toda una civilización morirá esta noche y nadie podrá revivirla») si no abría el estrecho de Ormuz, y 10 horas después accede a una tregua de 15 días sobre la base de un plan de diez puntos presentado por Teherán que incluye todas las demandas formuladas por Irán en los últimos veinte años, desde el derecho a enriquecer uranio hasta el control de Ormuz por las «fuerzas armadas iraníes», todo ello a años luz de las exigencias de Washington al inicio del conflicto: desmantelamiento de las instalaciones nucleares, fin del programa de misiles balísticos, fin del enriquecimiento de uranio, fin del apoyo a los «proxies» tipo Hezbolá, retirada del país de las reservas de uranio enriquecido y, por supuesto, reapertura de Ormuz.

Ayer sábado estaba prevista la reanudación de las conversaciones de paz en Islamabad, pero el ministro de Exteriores iraní, Abbas Aragchi, abandonó la capital pakistaní antes de que llegasen los enviados de la Casa Blanca. Entregaron una lista de peticiones y volvieron a Teherán, forzando a Trump a cancelar el viaje de sus emisarios. Por extraordinario que parezca, el régimen de los Mulás se ha venido arriba: un portavoz de su ministerio de Defensa citado por la agencia AP declaró también ayer que «Estados Unidos busca una manera de salvar las apariencias para salir de la guerra; nuestro poder militar es ahora la fuerza dominante». La dura realidad es que al aceptar suspender la guerra por razones de política interna, Trump se está privando de su mayor y quizá única baza, la fuerza militar, y está aceptando implícitamente la derrota tras no haber logrado los objetivos perseguidos con el conflicto, puesto que es muy improbable que vuelva a retomar los ataques aéreos sobre Irán con independencia del resultados de las negociaciones. En una guerra asimétrica como la que allí se libra, «los fuertes pierden si no ganan y los débiles ganan si no pierden, siempre y cuando se mantengan en el poder», de acuerdo con la regla enunciada en su día por Henry Kissinger. Las monarquías del Golfo, incluida Arabia Saudí, y por supuesto Israel, tienen razones más que sobradas para sentirse muy preocupados.

Pero el verdadero perdedor de las conversaciones de Islamabad son los iraníes, una amplia mayoría de los cuales aspira a gozar de los mismos estándares de libertad, igualdad y progreso que los ciudadanos de cualquier democracia occidental. Las maravillosas mezquitas de Isfahán en torno a la Plaza Naqsh-e Jahan y del resto del país están vacías (como pudo comprobar quien esto suscribe durante su visita a Irán en 2014) y la participación electoral en las últimas elecciones presidenciales se ha desplomado a menos del 20%, algo que demuestra la falta de legitimidad del régimen. La secularización de Irán desde sus cimientos prueba que el régimen no ha logrado someter a la población a sus designios, algo que permite afirmar el fracaso absoluto del islam político en la antigua Persia. Esas ansias de libertad, sin embargo, chocan con la realidad de un régimen teocrático dispuesto a resistir a sangre y fuego. La euforia provocada en millones de iraníes el 28 de febrero por la desaparición del Líder Supremo y la destrucción de instalaciones estratégicas del régimen, pronto se vio seguida por la precaución y el miedo. Y una sensación de profunda tristeza se ha apoderado de muchos después de la tregua ofrecida por Trump a una República Islámica que habían soñado con ver caer. Alguien ha dicho que «elegir hacer las paces con un régimen criminal, es elegir ignorar las atrocidades cometidas contra su pueblo», quizá la acusación más grave que se pueda formular contra el charlatán norteamericano.

Porque mientras Washington y Teherán se disputan la victoria en este alto el fuego, en Irán se libra una guerra, otra, soterrada y mucho más cruel: la de un régimen decapitado pero que aún resiste contra su propio pueblo. Días atrás, el jefe del poder judicial, Gholam Hossein Mohseni Ejei, instaba a los tribunales islámicos a acelerar las sentencias de muerte contra cualquier detenido relacionado con el conflicto. Represión sin condiciones. En los dos días anteriores a la aparición en la televisión de este carnicero disfrazado de juez, diez personas habían sido ahorcadas y decenas más se encuentran ahora en el corredor de la muerte. Los detenidos durante las grandes manifestaciones de enero o al comienzo de la guerra, acusados de espionaje o de «enemistad contra Dios», son condenados tras un simulacro de juicio no sin antes haber sido torturados para obtener confesiones forzadas, que luego se transmiten por la televisión estatal. «La aplicación de la pena de muerte contra manifestantes y presos políticos, siguiendo procedimientos opacos y acelerados, se percibe como un intento de infundir el pánico y mantener el control sobre la sociedad», afirma el Centro Abdorrahman Boroumand para los Derechos Humanos en Irán, con sede en Estados Unidos.

Todo esto se desarrolla en un silencio particularmente opresivo: desde el comienzo de la guerra, las autoridades han impuesto un bloqueo nacional de internet, privando a los iraníes de un medio de comunicación vital. Quienes desafían la norma pagan un alto precio. Cualquiera puede ser acusado hoy en Teherán de «ser un espía israelí» o de «formar parte de una red organizada dedicada a transmitir información al enemigo sobre la ubicación de los objetivos a atacar». Ante el temor a los «espías», el régimen ha comenzado a reclutar niños, al punto de estar armando a jóvenes de 12 y 13 años completamente adoctrinados. El recuerdo de Hitler recluido en el búnker de la cancillería del Reich resulta obligado. El tipo del pelo amarillo parece dispuesto a huir del teatro de los hechos (en Venezuela -sin noticias de elecciones libres-; en Cuba -vencido el ultimátum que Washington había impuesto a La Habana para liberar a más de 700 presos políticos, ayer el Gobierno castrista se permitió fanfarronear con que «los presos no están en la mesa de la negociación»- y naturalmente en Irán) para restaurar su malparado prestigio de cara a las elecciones de Midterm. Quedan los iraníes a merced de un régimen vengativo que hará pagar a su propia gente el precio de la guerra. Ni una mención durante las conversaciones de Islamabad a la necesidad de respetar los derechos humanos de la población, constantemente machacados por los clérigos del turbante. Mi amigo Babak, un padre de familia iraní a quien conocí durante mi visita al país, me manifestaba esta semana su estado de ánimo: «Hemos tenido suerte hasta ahora porque no nos ha ocurrido ninguna desgracia, pero la desesperación en mi familia y en muchos de nuestros amigos y conocidos con la evolución de los acontecimientos es total. La posibilidad de volver al punto de partida tras los acontecimientos de enero y los bombardeos recientes se nos hace insoportable. No hay futuro para nosotros. Casi no te atreves a salir a la calle, porque el miedo te paraliza. Somos muertos vivientes».