Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- La irrupción de Donald Trump ha representado un cataclismo político, conceptual y económico del que todavía no nos hemos repuesto
La constatación de que el mundo está cambiando aceleradamente es ya general. La Unión Europea insiste en llamar a la recuperación de un orden internacional basado en reglas, pero su voz se pierde en la acumulación de acontecimientos inesperados y fuera de control. La invasión rusa de Ucrania, la destrucción de Gaza por Israel y la guerra de la coalición norteamericana-israelí contra los ayatolás iranís son muestras alarmantes de la mutación que ha experimentado el sistema de instituciones y normas que surgió de la Segunda Guerra Mundial, auspiciado principalmente por Estados Unidos, para regular las relaciones entre naciones de manera pacífica, previsible y estable.
No es que faltasen conflictos violentos en los últimos setenta años, basta recordar la guerra de Corea, la de Vietnam, la de los Balcanes o los tremendos genocidios acaecidos en determinados países africanos. Por supuesto el planeta no ha sido una balsa de aceite desde que se crearon las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial y el Tribunal de la Haya. Ahora bien, lo que estamos viviendo en tiempos recientes es un fenómeno distinto, un salto cualitativo a la vez inquietante y amenazador que nos obliga, sobre todo a los europeos, a renovar nuestros paradigmas de comprensión de un orbe globalizado. El signo más visible y llamativo de este período convulso es la segunda victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales en la que es todavía la potencia hegemónica de la Tierra. Efectivamente, la irrupción del magnate neoyorquino cual caballo en cacharrería en la estructura que venía gobernando los asuntos internacionales, con sus éxitos y sus fallos, obviamente, pero de forma generalmente aceptada, por lo menos sobre el papel, ha representado un cataclismo político, conceptual y económico del que todavía no nos hemos repuesto.
Una incertidumbre radical
No es ya que el llamado orden internacional haya sido reemplazado por el desorden, es peor. Como ha señalado el director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, Mark Leonard, lo que ahora sufrimos no es un desorden, es un no-orden, en inglés “not a disorder, but a no-order”, es decir, dicho lisa y llanamente, el caos. El desorden significa que no se obedecen las reglas, pero que se reconocen. El caos consiste en que no hay reglas que valgan y la política internacional se guía por la ley del más fuerte y lo que impera es una incertidumbre radical. Por consiguiente, entramos en una era en la que asistiremos al regreso de las esferas de influencia, sin que eso asegure que los grandes poderes respeten sus respectivos espacios de dominio ni que los países situados en cada esfera acepten de buen grado la tutela del patrón correspondiente.
Cuando Trump, después de cambiar el nombre del Departamento de Defensa por Departamento de la Guerra, decide, al igual que Putin en Ucrania, atacar sin previo aviso a la República Islámica empezando por eliminar a su cúpula dirigente entera y su Secretario de la Guerra afirma implacable “no habrá cuartel, no habrá piedad”, dibuja un nuevo marco de las relaciones internacionales en el que veremos una serie de agresiones fuera de toda legalidad seguidas de represalias asimismo salvajes. No existe la menor duda de que la teocracia terrorista y criminal que oprime al pueblo de Irán desde hace medio siglo y que asesina a sus ciudadanos por miles en la calle es un tinglado totalitario y corrupto que constituye un peligro existencial para Israel y que alimenta a Hamas, Hizbulá y a los hutíes de Yemen. En consecuencia, su derrocamiento es absolutamente deseable, pero también es verdad que los riesgos de la operación son considerables y que la guerra híbrida para la que los clérigos iranís se han venido preparado durante décadas puede colapsar el comercio global y disparar los precios de la energía, los fertilizantes y los alimentos hasta cotas insostenibles. Así, la sustitución de un orden, aunque imperfecto, por el caos, aumenta la probabilidad de que acciones emprendidas incluso con el mejor y más loable de los propósitos, pero de manera unilateral, caigan en graves errores de cálculo con consecuencias nefastas. La guerra de Ucrania, que el autócrata de Moscú pensaba resolver en tres semanas, está en su cuarto año y la intervención en Irán, que según Netanyahu debía ser coser y cantar, se encuentra empantanada y con el estrecho de Ormuz bloqueado.
Vienen tiempos muy duros
Con estas perspectivas de futuro, la Unión Europea ha de abandonar toda esperanza de restaurar el antiguo orden y prepararse para una época difícil en la que sus plañidos buenistas, sus procedimientos premiosos, sus reuniones de preparación de otras reuniones y su afán por producir directivas y reglamentos como churros han dejado de servir. Cuanto antes comprendan en Bruselas y en las capitales de los Estados Miembros que vienen tiempos muy duros que exigen cohesión, firmeza, coraje y sacrificio, mejor. Es sabido que la alternativa a no estar sentado en la mesa es formar parte del menú.