Antonio R. Naranjo-El Debate
  • Ésa es la pregunta que debemos hacernos, porque Sánchez está en ello

Solo en los últimos días, sin necesidad de viajar a la escandalosa hemeroteca global de Sánchez, hemos visto cosas que en cualquier país civilizado se llevarían por delante a cualquier político de cualquier color. Los vídeos del intento de pucherazo cutre en un Comité Federal del PSOE, según la definición de Page, serían suficientes para volar su carrera, viciada ya en origen en este caso, salvo en España.

Especialmente cuando existe constancia documental, recogida por la UCO, de que además de ese episodio se amañaron votos, da igual cuántos, según refleja un audio interceptado con Santos Cerdán y Koldo García dándose detalles al respecto. Y permanecen espesas sombras sobre la financiación de sus campañas internas, con contribuciones misteriosas que nadie, en una década, ha querido aclarar.

Además de eso, hemos constatado en el Tribunal Supremo que Víctor de Aldama se movía por los Ministerios más relevantes como Pedro por su casa; que el gerente del PSOE recolocado con un sueldo millonario en una empresa pública no podía justificar de manera cabal el trasiego de dinero en metálico en su partido; que se habían alterado de algún modo las pruebas del accidente ferroviario de Adamuz; que el Gobierno y su delegada han mentido impunemente durante un año con respecto a las causas del gran apagón; que se anuncian planes de vivienda e inversiones millonarias sin tener Presupuestos Generales y sin contar con el Parlamento; que los rescates millonarios de Air Europa y de Plus Ultra se aceleraron o contravinieron la normativa en vigor; que los intereses financieros de Zapatero coinciden con los volantazos diplomáticos de Sánchez; que se han sacado etarras por la puerta de atrás en clara sintonía con las exigencias de Otegi; que la única reacción oficial al procesamiento de la esposa del presidente es un ataque sincronizado y al máximo nivel contra la judicatura o que, por no extenderme, que el consulado español en Argelia traficaba con visados según la sospecha de la Audiencia Nacional, en pleno proceso de regularización desnortada de miles de inmigrantes irregulares, por decreto y sin permitir un debate razonable, sin prejuicios, pero también sin censuras, en el Congreso.

Cualquiera de estos episodios, y no digamos los anteriores, es constitutivo de dimisión en una democracia decente, pero la nuestra ha dejado de serlo y acumula indicios de que a su deterioro le quedan por cubrir los peores capítulos: una posible condena a Begoña Gómez, por ejemplo, abrirá con seguridad la caja de los truenos definitiva de la demolición de la separación de poderes, ya avanzada con la utilización del Consejo de Ministros y del Tribunal Constitucional para anular de facto el sistema parlamentario y maniatar al Tribunal Supremo.

Que Sánchez es un insurgente no admite duda: no se puede gobernar si, además de no ganar en las urnas, eres incapaz de demostrar una mayoría estable que te permita aprobar la primera ley exigible a un Gobierno, que es la de Presupuestos Generales del Estado. Y eres un insumiso democrático cuando, a esa evidencia, le añades la de tener limitado el margen de maniobra a las imposiciones de tus aliados ocasionales, todas ellas contrarias a las que a un presidente digno del cargo deben guiar y más propias de un secuestrado pagando su propio rescate con recursos ajenos.

El pulso a la Justicia, nacido del miedo a que la sangre de todo su entorno acabe llegando a su propio río personal, remata el apocalíptico paisaje pintado por un sátrapa que se siente al margen de la democracia y se legitima a sí mismo cualquier maniobra, truco, trampa o abuso que pueda ayudarle a imponer sus objetivos e intereses.

Las democracias tienen muchas virtudes, pero también algún defecto: no están siempre preparadas para contener a quienes necesitan destruirlas para salvarse, porque sus procedimientos no contemplan la posibilidad de que, desde dentro y gracias a ella, alguien se atreva a dar ese paso.

Y esa es la gran pregunta que deben hacerse los demócratas, las instituciones y todo aquel organismo, poder o instancia preocupada por la degradación de España. ¿Cómo se responde exactamente a alguien que utiliza tus propios valores para acabar contigo?