- El nacionalismo vasco es una ideología fracasada porque, después de casi medio siglo de predominio, ha demostrado que el euskera no es capaz, ni de lejos, de sustituir al español como lengua de uso habitual en el País Vasco.
Con la legalización masiva de inmigrantes a la que estamos asistiendo, el Gobierno vasco ha pedido la inclusión, en el expediente de regulación para el caso vasco de alguna fórmula acreditativa del interés del inmigrante hacia el euskera.
Su propuesta ha sido ignorada por el Gobierno de Pedro Sánchez con la razonable premisa de que a los inmigrantes hay que tratarlos a todos por igual.
Y hasta tal punto llega la dependencia del nacionalismo vasco respecto de Sánchez, que ni siquiera EH Bildu ha protestado, salvo por unas tímidas declaraciones de Otegi, cuando sabemos que el tema del euskera es el santo y seña del nacionalismo vasco.
En realidad, a la hora de justificar ese interés por el euskera, al Gobierno vasco le habría bastado, como le basta en la realidad política y social vasca que conocemos los que vivimos aquí, con que el inmigrante en cuestión presentara un certificado, en este caso de estar matriculado en alguna academia de euskera (euskaltegi).
Porque así está montado el sistema de euskaldunización en el País Vasco: acreditaciones, exámenes, perfiles lingüísticos y todo lo que pueda ser contabilizado por la Administración, cumpliendo así a la perfección el dicho castizo de «hecha la ley, hecha la trampa», como lo demuestra el uso real del euskera, muy alejado de lo que quisieran las estadísticas oficiales.
Para el caso de los inmigrantes, desde hace más de veinte años el Gobierno vasco puso en marcha un curso llamado AISA, donde se les introduce a los recién llegados en los rudimentos de la lengua vasca. Dicho curso se basa en dos presupuestos que son los que informan la política de euskaldunización del nacionalismo gobernante y, por tanto, el armazón ideológico mismo del nacionalismo.
Uno es el de que el País Vasco sólo es una parte de un pueblo llamado Euskal Herria («el país del euskera»), un Estado primigenio que, por una cuestión de fronteras invasoras e impuestas, quedó dividido en dos Estados (España y Francia) y tres regiones: País Vasco, Navarra y el País Vasco francés. Este último, entelequia en el país vecino, con rango administrativo de mancomunidad de municipios, dentro del departamento de Pirineos Atlánticos y con el agua, las basuras y el alcantarillado como casi únicas competencias.
Lo de que tal pueblo vasco nunca haya protagonizado nada en la historia se explica por la opresión sufrida.
Y el otro es que en esa Euskal Herria se hablaba antes sólo en euskera pero que, debido sobre todo a la invasión española, dicha presencia del euskera retrocedió, ante lo cual surgió el nacionalismo cuyo objetivo sería «normalizar» la situación, es decir, devolver al euskera su pasada condición de idioma principal y con ello la soberanía perdida.
No ha habido en todo este tiempo que llevamos de democracia, desde que falleció el general Franco, ninguna opción política en el País Vasco que haya cuestionado ese relato ideológico de raíz.
Para ello habrían bastado dos ideas muy sencillas y sensatas, a mi juicio.
Una, considerar que una lengua no es un objeto de comunicación químicamente puro, ajeno a las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales que genera su uso.
Y otra, que no es cierto que todas las lenguas sean iguales, porque a la vista está que, con el euskera, por mucho que se apoye desde todos los frentes oficiales, llevamos ya casi cincuenta años de régimen nacionalista y su uso baja hasta en las zonas donde fue mayoritario, como acreditan tozudamente todas las encuestas. Lo cual tiene que ver obviamente con la estructura misma de una lengua que exige que pienses de antemano todos los componentes de la oración antes de decidir qué forma verbal lleva, lo cual no resulta nada práctico para expresar espontáneamente oraciones complejas.
El curso diseñado desde el Gobierno vasco para los inmigrantes desde hace más de veinte años, llamado AISA, presenta un país al que acaban de llegar que se llama Euskal Herria. España no aparece por ningún lado.
El curso se desarrolla con unos personajes que interactúan y que enseñan a los estudiantes situaciones básicas de la vida diaria. Y los personajes principales son dos: Elena, colombiana, y Guillaume, francés.
Hay otros personajes secundarios de otras procedencias, entre ellos, dos marroquíes, un rumano y una polaca. La profesora se llama Aitziber.
¿A quién representa Guillaume? Se supone que a los inmigrantes europeos occidentales.
¿Qué porcentaje de inmigrantes de Europa occidental hay en el País Vasco? Muy pequeño, comparado con el de inmigrantes de América del Sur, Magreb o Europa del Este. Y generalmente conformado por personas de alto nivel formativo y económico que lo último que harían sería ponerse a estudiar euskera.
Y, sin embargo, Guillaume es personaje principal del curso. Junto con Elena, colombiana. Una Elena que habla español, pero llega al País Vasco y, en lugar de integrarse fácilmente gracias a su lengua materna, quiere estudiar euskera y lo va a hacer junto con Guillaume, que es francés y llega a Euskal Herria también con ganas de convertirse en vasco.
La manipulación ideológica del curso de aprendizaje para inmigrantes del Gobierno vasco se pretende enmascarar de dos maneras: convirtiendo a Guillaume en igual de extranjero que Elena y justificando la no presencia de ningún personaje procedente de otras partes de España en que esos inmigrantes no serían extranjeros en el País Vasco. Pero Guillaume, como ciudadano del espacio Schengen, tiene los mismos derechos que cualquier español para residir en el País Vasco, ¿por qué a efectos del curso se le considera extranjero, como si fuera colombiano o magrebí?
Lo que nadie que no viva en el País Vasco apreciará fácilmente es que el Guillaume francés está en el curso porque para el nacionalismo vasco su único Estado enemigo es España, no Francia, aunque en el País Vasco francés el euskera no sea ni lengua oficial.
Y los llegados al País Vasco de otras partes de España no aparecen en el curso no porque no sean extranjeros, sino porque a la gran inmigración española del siglo XX el nacionalismo le quiso dejar claro desde el principio que lo español en el País Vasco sólo tiene dos salidas posibles: o convertirse en vasco o no ser nadie.
A los extranjeros, en cambio, franceses incluidos, se les hace ver que existe una Euskal Herria sin conexión ninguna con España, inculcándoles la ilusión de que no sería necesario saber español para vivir aquí.
El nacionalismo vasco es una ideología fracasada porque, después de casi medio siglo de predominio, se ha demostrado que el euskera no es capaz, ni de lejos, de sustituir al español como lengua de uso habitual en el País Vasco.
Pero ellos nunca van a reconocer la evidencia porque el tema del euskera, tal como lo han concebido y manipulado, es su única razón de existencia política. Y con excepción de la élite que maneja el poder y se sirve de él, la mayoría intuye, en el fondo, que vive una pesadilla de la que hay que salir como sea.
Ojalá que los inmigrantes recién llegados, por su bien, tarden poco en comprender el engaño.
*** Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.