Rosa Martínez-Vozpópuli

  • Un silencio que no se explica de ninguna manera como casual o improvisado. Es un silencio selectivo

Hay denuncias que nacen con vocación de incendio. Aparecen por la mañana y a media tarde ya tienen tertulia, posicionamiento político y un pequeño manual moral circulando por redes. Todo tan ágil y tan sincronizado, que cuesta creer que en medio día se puedan completar tantas tareas. Y luego están las otras, las que pasan como quien deja una nota en el buzón equivocado. Se mencionan, se miran de reojo y, antes de que a nadie le dé tiempo a decidir qué hacer con ellas, desaparecen sin hacer demasiado ruido.

Hace unos días se ha presentado en Reino Unido una denuncia por acoso laboral contra Pedro Sánchez. La demandante, a la que no pueden acusar de nazi o fascista porque es la ex secretaria general de la Internacional Socialista, no se ha quedado en lo básico y añade además machismo y racismo. Es decir, todo lo necesario para que, en condiciones normales, se active el protocolo habitual: declaraciones urgentes, condenas preventivas, algún “esto es gravísimo” con gesto serio y una cascada de reacciones perfectamente reconocible. Pero no.

El ecosistema feminista

Esta vez lo que ha llegado es otra cosa: un silencio bastante bien organizado, que nadie parece tener especial prisa por romper. Ni Ione Belarra, ni Cristina Fallarás, ni todo ese ecosistema feminista que en otras ocasiones funciona como un reflejo automático, han considerado oportuno intervenir. Ni siquiera ese “habrá que ver” que sirve para estar sin estar. Nada. Y eso, más que llamativo, es revelador.

Porque el mecanismo lo conocemos de sobra. Lo hemos visto funcionar con bastante precisión en otros casos recientes. El de Julio Iglesias, por ejemplo, circuló durante semanas con una ligereza notable, con la idea de que aquello exigía consecuencias inmediatas flotando en el ambiente sin demasiadas preguntas. Bastaron dos testimonios para poner en marcha la maquinaria y bastante menos para que empezara a desinflarse, cuando aparecieron conversaciones de WhatsApp que no encajaban demasiado bien con el relato inicial. Pero el daño ya estaba hecho.

Con Adolfo Suárez el listón tampoco se quedó corto. A Ione Belarra le pareció perfectamente razonable plantear que el aeropuerto dejara de llevar el nombre del ex presidente, apoyándose en un único testimonio. Uno. Sin más estructura que la convicción de que aquello bastaba. No se trataba solo de casos concretos. Había un discurso detrás. Uno bastante claro, además. Durante años, y a partir del movimiento Me too, se nos explicó que el problema eran los hombres poderosos. Que ahí estaba el foco. Que cuando una mujer señalaba a uno de ellos, la duda no era prudencia, sino una forma de complicidad. Que la presunción de inocencia podía ser muy garantista en abstracto, pero que en la práctica se quedaba corta ante determinadas situaciones.

Más presión, más ruido

Ese discurso no se insinuaba, se afirmaba. Y se repetía en medios, en redes, en declaraciones políticas y en conversaciones cotidianas. Se convirtió en un marco mental bastante cómodo: hombres con poder, mujeres señalando y una sociedad obligada a reaccionar con rapidez, sin demasiadas preguntas incómodas. Hasta que el señalado no es un cantante ni un expresidente que falleció hace décadas, sino Pedro Sánchez. El hombre más poderoso de España. El presidente del Gobierno.

Y entonces, de repente, todo ese esquema empieza a comportarse de una manera bastante extraña. Porque si la teoría era correcta, si el problema era el poder, cabría esperar que aquí el mecanismo funcionara con más intensidad, no con menos. Más urgencia, más presión, más ruido. Pero no ocurre nada de eso. Ocurre lo contrario: silencio. Un silencio que no se explica de ninguna manera como casual o improvisado. Es un silencio selectivo. De esos que se entienden sin que haya que decir nada. Porque cuando el patrón se repite lo suficiente, deja de parecer un accidente.

Y es ahí donde el discurso empieza a resquebrajarse. No porque haya cambiado la teoría, sino porque se ha quedado sin excusas. Si el criterio fuera realmente el poder, este sería el caso perfecto para demostrarlo. Y, sin embargo, lo que vemos es exactamente lo contrario: cuanto mayor es el poder, menor es la reacción. Eso obliga a replantear la pregunta. Si no se trata de hombres poderosos, ¿de qué se trata?

Poder disfrazado de virtud

La respuesta es bastante sencilla: se trata de lo de siempre. De quién tiene la capacidad de decidir qué historia merece convertirse en causa y cuál puede quedarse en una anécdota. De quién reparte las etiquetas de culpable y de intocable antes de que alguien tenga tiempo de preguntar demasiado. Se trata, en el fondo, de poder. Pero no del que se denuncia, del que se ejerce. De ese poder moral que algunos se han arrogado para señalar, amplificar y condenar según convenga. Un poder que no pasa por las urnas ni por los tribunales, pero que decide, con bastante eficacia, a quién se coloca en la hoguera y por quién hay que velar en todas nuestras oraciones.

Lo curioso es que ese poder funciona mejor cuando no se explica. Cuando se disfraza de principio y virtud. Hasta que aparece una denuncia incómoda para el relato, para la causa y para la corriente ideológica de siempre, y deja al descubierto que, en realidad, no iba de hombres. Ni siquiera de feminismo, porque tampoco va de mujeres. Va de otorgarse el poder de santificar o condenar a quien convenga en la plaza del pueblo, como en la Edad Media. Y a eso lo llaman progresismo.