Ignacio Camacho-ABC
- Bajo aquella fachada de modernidad y progreso sólo había un proyecto tan viejo y tan hortera como el afán de hacer dinero
Después de la declaración de Aldama bastaría con que fuese verdad una cuarta parte para que medio Gobierno acabase en la cárcel. Será el tribunal quien evalúe la verosimilitud del testimonio, que la Fiscalía considera creíble, y el peso del material probatorio a efecto de eventuales sanciones penales, pero el cuadro político pintado por el comisionista es para salir corriendo hasta donde el resuello alcance. Un tipo salido de no se sabe dónde hacía y deshacía a su antojo con libre circulación y vara alta en los despachos institucionales, repartía financiación irregular, pagaba mordidas en efectivo y en especie, gestionaba rescates, compraba y vendía bienes públicos y hasta organizaba viajes en el ámbito de las relaciones internacionales. Tenía en nómina a ministros y altos cargos a quienes regalaba propiedades y procuraba favores de toda clase, le birlaba negocios a Zapatero en Venezuela, facilitaba adjudicaciones, conseguía prostitutas, allanaba trámites. Y todo a dos palmos de Sánchez.
Eso sí que es un ‘relato’. En primera persona, con el reconocimiento explícito de que el narrador era el primer implicado en una trama venal que lo puede mandar a prisión durante unos años por mucho acuerdo de colaboración que haya firmado. Es la historia de unos personajes encaramados al poder para saquearlo con la naturalidad de quien se considera propietario de los altos resortes del Estado. Y con un hombre clave que ejercía como número dos del Partido Socialista, titular de la cartera más inversora del Gobierno y principal pretoriano del cinturón de confianza más próximo al liderazgo. El resto de ‘dramatis personae’ del guión deja en pañales al más imaginativo elenco torrentiano: un asesor para todo que trincaba a dos manos, su hermano, su mujer, tres o cuatro recaderos de medio pelo, un pelotón de chicas de compañía de Ábalos, un guardia civil chivato, altos cargos de empresas oficiales, unos cuantos empresarios desesperados… una banda capaz de quitarle la cartera a un retrato.
En ese tiempo, el recién inaugurado sanchismo vendía al país un horizonte regenerador impregnado de aires nuevos. Pablo Iglesias ejercía de vicepresidente e Iván Redondo componía en La Moncloa la partitura de un ciclo de progreso con la retórica pomposa de la ‘resiliencia’ y otros palabros huecos buscados para dulcificar la traumática experiencia del confinamiento. Pedro y su esposa posaban como una pareja dirigente de gratos perfiles modernos fingiendo ignorar los casposos modales con que sus adláteres trajinaban contratos entre correrías de putiferio. Esa doblez moral, esa impostura patente en la sórdida trastienda de lucro deshonesto tras una fachada glamurosa es la que ha quedado al descubierto en la sala del Supremo, más allá de las evidencias probatorias de unos delitos concretos. La farsa del proceso de desclasamiento y lucro personal escondido bajo un discurso de renovación política y rigor ético. Acabáramos: sólo se trataba de algo tan viejo, tan vulgar, tan hortera como hacer dinero.