Rebeca Argudo-ABC

  • Ya cuando el asesinato de Charlie Kirk asistimos estupefactos al espectáculo de los de la bondad y la igualdad (y las cosas chulísimas)

Las adversativas las carga el diablo. Por eso hay que manejarlas con el mismo cuidado con el que se manipula la dinamita, o corre uno el riesgo de acabar, como el Coyote tras acuse de recibo a ACME, con la cara tiznada de negro, la ropa hecha jirones y con las vergüenzas al aire. Uno no puede dejar escrito «naturalmente lo condeno (el tercer intento de asesinato a Trump). Pero no es imprevisible. Sembrar tantos vientos abona respuestas desmedidas» y pretender que nos parezca el templado testimonio de un demócrata en contra de toda violencia. Ese ‘pero’ traidor le ha levantado de un soplido la falda y le hemos visto el tatuaje en la ingle (lo preferíamos desconocer) que en Frakturschrift reza «se lo ha buscado él solito». Ni «no pretendo ser conspiranoica, pero si a Donald Trump quisieran matarle, ya le habrían matado» y esperar que pase por profundo análisis geopolítico la ocurrencia magufa entre silbo y disimulo.

Ya cuando el asesinato de Charlie Kirk asistimos estupefactos al espectáculo de los de la bondad y la igualdad (y las cosas chulísimas) que, en admirable ejercicio de funambulismo dialéctico, eran capaces de defender con una mano la justicia social y, con la otra, que un crimen ideológico es socialmente justo. Si a ellos así se lo parece, claro, y porque el menda iba provocando, tanto utilizar esa tontería de la libertad de expresión para defender ideas que incomodan. Por eso hay quien no quiere muerto al que desprecia, que es de bárbaros, pero sí en la cárcel y en silencio. Eso les ahorra el mal trago de tener que reconocer permisividad ante un crimen dependiendo del sentenciado. Que uno es tolerante, pero es que los hay que se lo están buscando. Y los derechos fundamentales, como el feminismo para Carmen Calvo, no son de todos, bonita.

Así, nos ponen la cabeza como un bombo, día sí y día también, alertando contra la polarización y la violencia política. Se nos abanican fuerte el entreteto y piden las sales ante un agrio desacuerdo o una crítica desabrida (o un entrar en el ascensor sin dar los buenos días). Se atusan el flequillo como señoritingos porque todo les estremece. Pero, de repente, frente a un intento de magnicidio, cuando la verdadera violencia (¿puede haber algo más violento que una ejecución?) aparece ante sus narices, de pronto todo es temple y donosura. Todo son peros, matices y sutilezas. Y, a la que el agredido se viene a dar cuenta, que le quieran dar matarile es responsabilidad suya y, de milagro, no era su propia mano la que empuñaba el arma.

Y no. Ante un acto atroz como este, no hay peros que valgan. La inversión de la responsabilidad, cuando no la exoneración del verdadero culpable (o ambas a la vez), aunque se vista con las sedas del subterfugio adversativo, no es más que indulgencia y conformidad. ¿A quién pretenden engañar