Carlos Souto-Vozpópuli

  • El escándalo deja de ser un problema cuando se repite hasta el cansancio; entonces pasa a ser ruido de fondo.

Si miras con un mínimo de atención lo que está ocurriendo esta semana en España, vas a tener una sensación incómoda: ya lo viste. La situación de la opinión pública tiene hoy algo de déjà vu con pretensiones de estreno. Te obligan a asistir a un desfile por los tribunales y lo que ves no es tanto un proceso como una escenografía. Un circo romano con toga. Un espacio donde desfilan nombres propios que ya no traen noticia, sino confirmación. Porque lo que ocurre allí tiene más de representación que de descubrimiento. Y tú lo sabes. A pesar del ruido, del volumen de declaraciones y del dramatismo impostado, no estás escuchando nada nuevo. Nada. El contenido ya lo conoces. Lo viste y lo comentaste hasta el hartazgo.

Reconoces a los protagonistas sin esfuerzo. Reconoces a Jessica. Reconoces a José Luis Ábalos. Reconoces a Víctor de Aldama y a Koldo García. Los identificas como quien reconoce a un actor de reparto que, de tanto aparecer, termina siendo protagonista. Si te los cruzas por la calle, no necesitas presentación. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿qué hay de nuevo bajo el sol? Absolutamente nada. La información que emana de las Cortes ya la rumiaron por ti en tertulias, la destilaron en redes, la envolvieron en filtraciones, fotografías, audios y en ese subgénero nacional que es el rumor. Tú ya juzgaste. Ya emitiste sentencia en tu cabeza. Condenaste o indultaste. Pero cerraste el caso.

El detalle extravagante

Lo que estás viendo ahora es repetición. Una repetición con presupuesto. Por eso lo único que logra abrirse paso son las notas de color. El detalle extravagante. La anécdota que rompe la monotonía del escándalo reciclado. ¿De verdad crees que lo relevante es el amuleto de solapa con el que Aldama apareció en el juzgado, una mezcla de crucifijo y espada, supuestamente entregado por una mujer misteriosa a la salida de una librería madrileña, con instrucciones casi místicas sobre su uso? Eso sí es nuevo y sí entretiene. Todo lo demás ya pertenece al archivo del morbo.

Mientras tanto, la conversación pública se vuelve técnica, jurídica. Empieza a hablar en un idioma que ya no tienes interés en traducir. Y te vas deslizando hacia una de dos posiciones: o todavía esperas justicia, o ya decidiste que esto no tiene arreglo. Que la corrupción no es un episodio, sino un sistema operativo. Que no hay caso, hay catálogo. Porque, como si faltara material, el investigador del caso Gürtel dice haber recibido presiones para no implicar a Mariano Rajoy. Es decir, el pasado vuelve a escena mientras el presente sigue en cartel. Ya no es un caso: es una programación continua.

Y en paralelo, Pedro Sánchez juega en otra frecuencia. Mientras tú estás mirando este collage de chicas mexicanas y bolsos llenos de dinero, Sánchez está en otro lugar. Está donde le importa: negociando con el Partido Nacionalista Vasco, ganando tiempo para que avance aquello que no quiere que veas. Porque ahí no hay circo. Ahí hay poder. Hay algo que Sánchez entiende perfectamente: el escándalo deja de ser un problema cuando se repite hasta el cansancio; entonces pasa a ser ruido de fondo.

Prisión fiscal

Lo que el “1” no quiere es que veas otras cosas. No quiere que veas a decenas de inmigrantes invadiendo la Embajada de Gambia en Madrid en busca de documentación. No quiere que te detengas en esa imagen y que los imagines como los nuevos vecinos de tus hijos. Porque esos son los españoles que necesita incorporar con urgencia mientras tú miras este circo una vez más. No quiere que relaciones que compañías como Iberdrola o Naturgy anuncian beneficios extraordinarios gracias a las guerras, mientras en tu casa la factura de la luz sube y la gasolina se vuelve un lujo cotidiano. No quiere que cierres ese círculo.

No quiere que veas que los alquileres se escapan definitivamente de tu alcance. No quiere que pienses que ha transformado la presión fiscal en prisión fiscal. No quiere que ates cabos.  Quiere que sigas creyendo que una sentencia judicial podría producir, por sí sola, un hecho político que otros deberían lograr. 

Sin embargo, de los tres poderes de la democracia, hay dos que siguen funcionando en otra sintonía que el poder judicial. Y él los usa sin pudor. Torea a Feijóo en el hemiciclo y se regodea con que el cuarto poder haya decidido concentrarse en narrar la actividad del circo.  Sánchez sabe que la justicia no le va a hacer el trabajo a la política.

Hoy el poder no está donde te dicen que está. Está en otra parte. Está en Junts y en el PNV. Sánchez ha puesto a España bajo ese equilibrio. Son ellos, y no los tribunales, quienes pueden sacarlo de la Moncloa. Luego, con suerte, llegarán los tiempos de la justicia. Tal vez incluso lleguen malas noticias para Sánchez. Pero cuando lleguen, lo más probable es que él ya no esté.