Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Trump es que utiliza el exabrupto y la provocación con mayor frecuencia que la argumentación racional

Como si no tuviera suficientes frentes abiertos, dentro y fuera de su país, Donald Trump se ha embarcado en estos últimos días en un agrio enfrentamiento público con el Papa. Como es lógico, León XIV ha abogado en sus discursos por la paz, ha condenado la violencia bélica y los ataques sobre objetivos civiles y ha llamado a resolver los conflictos internacionales mediante la negociación y la diplomacia. Sus admoniciones son aplicables tanto al conflicto de Gaza como a la carnicería en Ucrania como al choque armado entre Israel y los Estados Unidos de un lado y la República Islámica de Irán del otro. Sin embargo, el presidente norteamericano, que gusta de entrar a todos los trapos, ha tomado estas recomendaciones pontificias como una afrenta personal y una crítica inconveniente a su actual política de fuerza en Oriente Medio. Ha acusado al sucesor de Pedro de estar de acuerdo con que los ayatolás dispongan de misiles nucleares, de mostrarse débil ante el crimen y de hacerle el juego a la izquierda radical, lo que son sin duda palabras gruesas. Si bien sus diferencias con el Papa anterior sobre el cambio climático y la inmigración eran bien acogidas por sus votantes, en la riña con el presente Sumo Pontífice sus bases cristianas no le están siguiendo dócilmente y entre ellas, tanto evangélicas como católicas, León XIV goza de una alta aceptación, circunstancia a la que no es ajeno, obviamente, el origen nacional del jefe del Estado Vaticano. Además, la guerra de Irán, lejos de contar con el apoyo de la mayoría de los estadounidenses, tiene un rechazo muy amplio, tal como sucedió con la guerra de Vietnam, la segunda invasión de Irak y las operaciones en Afganistán a medida que estos empeños se estancaban, crecían las bajas, se descontrolaba el gasto y no arrojaban resultados claros. Todas estas empresas acabaron en fracaso. Es evidente que la opinión norteamericana teme sufrir una nueva decepción.

El problema de Trump es que utiliza el exabrupto y la provocación con mayor frecuencia que la argumentación racional y la fuerza de los hechos, además de su excesiva afición a las salidas de tono, que consiguen que incluso cuando tiene razón la pierda por sus excesos histriónicos. Así, el presentarse en las redes sociales como Jesucristo curando un enfermo o abrazado al Mesías son maniobras de comunicación extraordinariamente peligrosas porque pueden provocar más rechazo que adhesión, tal como ha sucedido. 

La amenaza nuclear iraní

La justificación de la acción militar contra la teocracia criminal y terrorista iraní no es puro humo, al estilo de las inexistentes armas de destrucción masiva con las que George W. Bush intentó explicar el derrocamiento de Saddam Hussein. Existen motivos muy sólidos para frenar el expansionismo imperialista y agresivo de los ayatolás de Irán y para llevar a cabo una guerra preventiva que impida que una dictadura islamista fanática y asesina se transforme en una Corea del Norte. La diferencia entre los dos casos es que mientras la tiranía de los Kim exhibe su músculo atómico en modo defensivo con el fin de blindarse y pervivir, el totalitarismo chiita imperante en Teherán persigue poseer un arsenal nuclear en modo ofensivo para convertirse en invencible en su pugna por borrar a Israel del mapa y destruir Occidente. La amenaza nuclear de los clérigos iranís es de carácter existencial y, por tanto, resulta indispensable neutralizarla. Estados Unidos e Israel han intervenido en Irán cuando su capacidad nuclear iba a ser una realidad en unas cuantas semanas. Era ahora o nunca. Factores adicionales son la permanente y venenosa labor de desestabilización de Oriente Medio y de hostigamiento a Israel desarrollada durante décadas por la Guardia Revolucionaria y sus empleados de Hamas, Hizbolá, los hutíes de Yemen y milicias chiitas en Irak y la brutal opresión que sus enturbantados verdugos ejercen sobre el pueblo iraní, con millares de ejecuciones cada año, encarcelamientos masivos, represión de las legítimas protestas en la calle con disparos mortales a mansalva y negación de los derechos y libertades fundamentales, con especial saña contra las mujeres.

Habría que recordarle también al Santo Padre que la doctrina evangélica sobre la violencia que se establece en las bienaventuranzas no debe ser tomada en sentido literal e incondicional porque si se aplica a los monstruos que rigen Irán mediante el terror, la corrupción y el engaño, los que heredarán la tierra no serán los mansos, sino los que se proponen no dejar un solo manso vivo. En consecuencia, yo no descartaría que, en el espinoso asunto objeto de esta polémica entre la Santa Sede y la Casa Blanca, Dios tenga una posición más matizada que la del Obispo de Roma.