- Las lenguas clásicas, la arqueología, la historia o la filosofía, y por supuesto las ciencias sin utilidad inmediata, son totalmente necesarios
No falla: cada vez que una noticia sobre educación y universidad llama la atención del respetable (poquísimas, el tema sigue ahuyentando), aparece el sindicato de utilitaristas recomendando estudiar grados con demanda laboral y abandonar a su suerte al resto, condenados como “saberes inútiles”. Los dinosaurios favoritos para la extinción son, claro, las humanidades clásicas y las ciencias llamadas “puras”, es decir, sin aplicaciones prácticas evidentes o inmediatas. Los utilitaristas parecen incapaces de ver algo positivo en saberes sin demanda laboral privada o que solo interesan a diminutas minorías, frustrando convertirlas en un negocio de masas.
La inutilidad del utilitarismo
Mi venganza es revelar que pocas teorías han sido tan inútiles como el utilitarismo, doctrina surgida del liberalismo ilustrado según la cual la búsqueda de lo útil es la misión esencial de toda ciencia y política, entendiendo por útil aquello que hace feliz a la mayoría (es decir, prejuicios, costumbres y rutinas). El sumo sacerdote, el inglés Jeremy Bentham, tuvo su mayor éxito diseñando las cárceles panópticas, la prisión moderna de planta central que adoptaron todos los gobiernos por su eficacia y baratura. Bentham proponía encerrar no solo a criminales, sino a pobres e inadaptados, y obligarles a trabajar en la cárcel para que hicieran algo útil (inspiró sin utilidad alguna a Simón Bolívar en su revolución, y no sé si a Nayib Bukele).
El utilitarismo goza del prestigio reservado a las grandes pifias ideológicas, como el socialismo, el populismo o la transición energética europea. Sigue acosando a saberes tan inocentes como necesarios para cualquiera libre de miopía utilitarista, capaz de ver algo más lejos. Pues aparte de saberes bellos y fascinantes, las lenguas clásicas, la arqueología, la historia o la filosofía, y por supuesto las ciencias sin utilidad inmediata, son totalmente necesarios. A veces lo que más, pues la necesidad mental de saber por saber más es un motor de la evolución cultural.
El placer de conocer
La teoría de la evolución explica los cambios culturales -desde la sexualidad y la monogamia hasta la música y la ciencia- como adaptaciones humanas a nuevas necesidades y circunstancias. Algo tan correcto como no siempre evidente o directo, pero hay otra vía de avance no menos vital: la curiosidad y el placer de conocer. Aristóteles ya teorizó que nos gusta conocer porque amamos las sensaciones. En cualquier caso, nos gusta muchísimo conocer cosas que, en realidad, ni nos importan ni mejoran nuestras vidas, así que no puede decirse que sean útiles, al menos de modo inmediato. De limitarnos a conocer lo útil, nuestros remotos ancestros no habrían bajado de los árboles a explorar la sabana africana, y no seríamos sus descendientes (los primates son, es sabido, extremadamente curiosos).
Quizás habría sido mejor seguir en los árboles, pero ya no tiene remedio y desde entonces la curiosidad, aunque sea peligrosa, empuja nuestros pasos, sea para mirar por las cerraduras o para investigar el tamaño del universo. Unos, la inmensa mayoría, se limitan a cotilleos y buscar noticias de sus temas favoritos, pero otros a investigar problemas que quizás solo entienda una persona de cada millón, o menos. Es la clase de cosas que, según los utilitaristas, habría que expulsar de la universidad porque son un gasto inútil y mantienen a tipos como yo, incapaces de contribuir a la felicidad y utilidad generales con la fontanería, las criptomonedas o la IA generativa de memes.
A principios del siglo XX un tal Albert Einstein se dedicaba a investigar problemas tan abstrusos y de apariencia inútil como si la luz es una onda o se compone de partículas (fotones: son ambas cosas). Los descubrimientos teóricos del suizo y unas pocas docenas de colegas, la mayoría en Europa, produjeron la gran revolución física del siglo XX. No se sabía para qué podía servir, pero enseguida puso las bases del desarrollo de la electrónica y del uso terapéutico de la radioactividad, que hasta a Bentham le habrían parecido útiles para propagar el utilitarismo.
No mucho después, un joven inglés entusiasmado con la lógica y la filosofía matemática ideó el primer computador teórico, conocido en su honor como máquina de Turing. Se convirtió en máquina de cálculo cibernético por la presión de la guerra, la urgencia de descifrar los códigos encriptados alemanes y el apoyo personal a Allan Turing de Winston Churchill, un conservador-liberal tan imaginativo como poco utilitarista.
El sánscrito y el futuro
El mercado es la institución que mejor resuelve la demanda y oferta de bienes materiales, pero no la de bienes inmateriales, como el saber. Los saberes avanzados son creación de algunas pocas personas consagradas a asuntos que carecen de demanda. Solo necesitan tiempo y un poco de dinero para dedicarse a su trabajo sin perecer de inanición. Algunas investigaciones tendrán resultados y otras no, dependiendo de condiciones a menudo imprevisibles y del paso del tiempo. Tampoco sabemos para qué servirán, si llegan a servir para algo. Por ejemplo, estudiar sánscrito.
El sánscrito llegó a Europa con la colonización de la India, donde llevaba milenios siendo lengua sagrada y literaria. Fue una auténtica revelación que sólo interesó a filólogos e historiadores, es decir, a cuatro gatos. Después se popularizó algo por el atractivo de la espiritualidad brahmánica y con el auge de la contracultura en la posguerra. En India se sigue enseñando y aprendiendo porque es la lengua del Bhagavad Gita, su gran texto sagrado. El Bhagavad Gita es un poema épico-religioso tan popular en el hinduismo como la Biblia para los protestantes o fue la Ilíada para los griegos. Con un clic, YouTube muestra docenas de vídeos, series de televisión y todo tipo de cosas basadas en el Bhagavad Gita. Es más que museo, es cultura viva.
El Bharatiya Janata Party, partido gobernante en India, potencia mundial en ascenso (quizás supere a China porque no está bloqueada por la galopante crisis demográfica), es un partido nacionalista hinduista. Para entender algo de la India es fundamental acercarse al Bhagavad Gita y sus exposiciones sobre el sentido de la existencia, el sistema de castas, la acción espiritual y la obligación mundana; es tan importante como el cristianismo para entender a occidente. Para hacerlo es indispensable pagar a unos pocos académicos para que aprendan sánscrito y lo enseñen a otros, y así durante tantas generaciones como nos separan de los clásicos. Además, salen muy baratos: basta con unos cuantos libros, pizarra, tizas y ordenadores corrientes. Es esencial que quizás el uno por millón de nosotros dedique su vida a cosas que necesitaremos, aunque no veamos la utilidad inmediata.