Manuel Marín-Vozpópuli

  • Koldo lo dejó clarísimo, la única desescalada que hubo en la pandemia fue la de esta ralea de golfos y la de Sánchez con la democracia

Koldo, ese náufrago de Soto del Real aparecido en la orilla de Las Salesas con mirada de ido y cara ensayada de ‘pasmao’, sólo le faltó llevar a la última sesión de juicio un balón de rugby, colocarlo a su lado mientras declaraba y decirle «Wilson, ¿qué hago?, ¿contesto o digo ‘protesto, señoría’, como en las películas?». Fue un buen intento simular que estás medio perturbado. Koldo casi consigue hacerse pasar por un boxeador sonado. Faltó poco para que nos engañara e hiciera creer que es alguien incapaz de intercambiar tres frases mínimamente coherentes. Pero qué va, nada. Que todo era teatro, que no estaba muerto, que estaba de parranda fingiendo humildad, sumisión y guaseándose hasta del sistema solar. Hasta Ábalos se tapaba la boca para no soltar una risotada. Como el fiscal anticorrupción, Alejandro Luzón, o los propios magistrados Martínez Arrieta o Marchena. Hubo momentos delirantes y de vergüenza ajena. Koldo quiso romper con una actuación impostada la gravedad, la densidad y el ‘rigor mortis’ de esa sala tan imponente del Tribunal Supremo. ¿Y qué tal con un monólogo de humorista apastillado? Koldo quiso humanizarse, pero se le fue la mano de tanta sobreactuación.

Todo esto tiene una pinta muy fea. Tiene aspecto de que hace tiempo, un día cualquiera porque da igual, Koldo recibió uno de esos mensajes que uno jamás espera. «Tú verás, pero tienes una hija muy pequeña, y si cantas, quién sabe, igual le matas el futuro. Y tienes a tu ex. Algún afecto le guardarás. A ver esa mujer cómo ingresa un puto euro mientras estés en el trullo. Y tienes a tu hermano, y quién sabe si aparece por ahí cerca de su casa alguien que le haga la vida imposible. Venga Koldo, que nos conocemos todos y tienes muchos motivos para cerrar la boca. Tú verás lo que dices en el juicio. Y si te haces el zumbado, que eso te sale muy bien, mejor. A ver, tienes que parecer medio tonto ante el tribunal y todos nos evitaremos problemas. Chitón». Sea cierta o no esta recreación de una amenaza mafiosa tipo Chicago años veinte, lo cierto es que Koldo no abrió la boca para nada útil, protegió a Pedro Sánchez y a José Luis Ábalos y, en efecto, por momentos pareció memo del todo.

El caso es que todo esto no es serio. Koldo se está cachondeando del Supremo, de la Fiscalía, de los funcionarios, de los periodistas… Es mucho más que una simple tomadura de pelo. El acusado García es un tipo sin moral incapaz de saber dónde está el límite de lo aceptable. No es su derecho a defenderse lo que se cuestiona. Sino su derecho a insultarnos a todos haciéndonos creer que no sabe responder a preguntas complejas porque se le van la pinza o el hilo de las preguntas. Koldo es un lenguaraz, un chulo que hizo fortuna de ganar a todo y a todos. No es el ingenuo bobalicón que nos presenta una abogada con más aristas que el Nanga Parbat. Es un tipo que aunque se victimice asegurando que quiere ser prudente y que no se le vaya la cabeza en una respuesta porque se juega 22 años de cárcel, realmente sabe que no va a pasar más de cuatro años efectivos de encarcelamiento. Esa es la realidad y punto. Koldo es hábil. Lo pone todo en una balanza, se protege, defiende a Sánchez, asume que será el rey del prisión-gym y al final concluye que sí, que le merece la pena chotearse de todo el mundo. Le compensa quedar como un enajenado a medias. Ese es su cálculo y no hay más.

Pero Koldo es lo que es. Un eczema en la democracia, un grano en el culo de la lógica de las cosas. Es la demostración de hasta qué punto una democracia no es capaz de fiscalizarse por sí misma por muy señorona y digna que se nos ponga. Si un sistema no detecta que el guardián macarra de un burdel puede convertirse porque sí, sin más mérito que la arbitrariedad, en un empleado público o en consejero de una empresa estatal porque se le ha puesto en el cimborrio a un ministro, o a un presidente del Gobierno, entonces ese sistema es inservible. Lo siento. Es muy diferente que un abogado del Estado llegue a ministro y robe (tiene la lógica de las élites que siempre padeció el poder), a que un matón de tercera federación llegue a consejero de Renfe para robar. El matiz no es una cuestión clasista. El matiz es que lo primero no debería producirse, pero lo segundo jamás puede producirse. Y en ese proceso, con este PSOE, andamos flojos de esfínteres.

Lo dramático no es que el juicio está evidenciando que nos robaban, que es grave. Sino que estamos asistiendo al grotesco espectáculo de comprobar el porte zafio y la entidad cutre de quien nos robaba. Su desahogo ilimitado, su descaro, su guion ensayado de bobalicón con balcones a la calle con el que poder pasar por un indocumentado en lugar de por lo que fue, un aprovechado sin escrúpulos y un vulgar chorizo. La falla de nuestra democracia no está en que la esquilmen, sino en que consintamos que tipos con la formación de un gañán y sin más filtro que su propia indecencia, alcancen la virtud de ordenar ilegalidades. Y que además esas órdenes se cumplan y ejecuten durante años sin que nadie, ni funcionarios ni políticos a los que pagamos para que no se acojonen frente al nepotismo corrupto a plena luz del día, delaten nada. Ni siquiera ante la evidencia de que una prostituta enchufada que no acudía ni a fichar era la protegida de un ministro. O lo que es lo mismo, protegida por un sistema ciego, sordo, mudo y muy cobarde. Esa es la pobreza más inquietante de nuestro sistema, no que Koldo robase mientras mendigaba fotos guarras a mujeres. ¿En serio nadie ha asesorado a esta banda? ¿Nadie les ha dicho que cachondearse de un fiscal jefe anticorrupción y de siete magistrados de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo del Reino de España no sale gratis? ¿Quién es el irresponsable que les ha hecho creer que el Supremo es una pista de circo y que hay sitio para payasos?

Más allá de simpatías o antipatías que genere cada personaje de este vodevil, no conviene olvidar el origen de todo. En primer lugar, es una banda de sinvergüenzas que se lucraron mientras morían decenas de miles de personas en una pandemia y cuando cuarenta millones de españoles permanecían enclaustrados por orden gubernativa en sus casas. Meses, eh. La única desescalada que hubo, y hay que ser jeta, fue la de esta ralea a base de comisiones, chalés, viajes, mariscadas y prosti-lujos. Y, en segundo lugar, todo es una ‘omertá’ para encubrir a un presidente del Gobierno amoral. Lo demás es solo la secuela de tanto y tanto bienintencionado que, tras escuchar a Koldo García el viernes, siguen argumentando que la democracia funciona porque a fin de cuentas la justicia está actuando. Pero la hojarasca nos ha vencido. Nos enredamos en juridicismos jugando a ver si se dan o no las circunstancias penológicas que acrediten tal o cual delito durante el juicio. Y eso es lo de menos. Lo desconcertante, lo irritante, lo frustrante, es verlo ahí con su implante y su barba de diseño para simular que está como un sonajero, y que nos demos cuenta de que lo realmente sensible es el empobrecimiento de la democracia, la resignación del sistema, la paupérrima calidad de nuestra cosa pública. Escuchas a Koldo y sólo quedan la desazón… y dos bandos. El muro. Sánchez a un lado, y la democracia a otro.