Ignacio Camacho-ABC

  • Aquella atmósfera de miedo, soledad y rutina era el síntoma del abandono moral de las víctimas en una sociedad envilecida

El 13 de mayo de 2001 estaban convocadas elecciones autonómicas en el País Vasco. Jaime Mayor Oreja, entonces ministro del Interior, y Nicolás Redondo concurrían a ellas en una especie de coalición de facto con el objetivo de sacar a Ibarretxe del poder y asfixiar a ETA con todos los recursos que el nacionalismo nunca había empleado. El domingo 6, la banda decidió entrar en campaña a su sangrienta manera. Y como Euskadi era un territorio blindado por un despliegue policial sin precedentes, escogió Zaragoza para hacerse oír con el eco siniestro de la tragedia. Mikel Carrera, alias ‘Ata’, esperó al senador de PP Manuel Giménez Abad cuando iba con su hijo adolescente a ver un partido de Liga en la Romareda. Se le acercó por detrás, le disparó dos tiros en la espalda y una vez en el suelo lo remató con otro en la cabeza. El chaval le pudo ver la cara y su testimonio resultaría determinante en los treinta años de condena que con el voto en contra del juez De Prada le impuso la Audiencia.

Al día siguiente se manifestaron en la capital aragonesa 350.000 ciudadanos. A la misma hora, el Foro de Ermua y Basta Ya habían convocado una concentración en la plaza Moyúa de Bilbao. El firmante de esta columna llegó pronto y para hacer tiempo se fue a tomar café al hotel Carlton. En el bar estaba Agustín Ibarrola; me acerqué a saludarlo y cuando estaba a unos pasos alguien me sujetó con fuerza por el cuello y el brazo: no me había dado cuenta de que el artista iba escoltado. Luego salimos a la calle para comprobar el fracaso de la convocatoria: además de los guardaespaldas reglamentarios y una fila de ‘ertzainas’ aburridos apenas habían acudido Atutxa, Vidal de Nicolás y unas cuantas decenas de dirigentes y militantes políticos que encima se enzarzaron entre ellos a gritos. En la boca del metro, unas señoras muy bien vestidas que salían de merendar en el hotel miraron con un rictus de desdén la escena de la acera de enfrente y una de ellas dijo en voz alta «ya están ahí los de siempre».

Aquella atmósfera de miedo, soledad y reproches era el síntoma del abandono moral de las víctimas en una sociedad envilecida que digería los atentados y la fractura cívica como parte de una rutina. Esa tarde tuve la certeza de que los constitucionalistas iban a perder. Y perdieron; sus mítines se celebraban en lugares cerrados rodeados de tanquetas de la Policía mientras los candidatos del PNV entraban en los suyos al son de charangas festivas. El proyecto de populares y socialistas fue una oportunidad malograda; ya no tenía sentido cuando años más tarde logró cuajar, con Patxi López al frente, en una alianza tan frágil como efímera porque Zapatero había emprendido el proceso de paz ficticia que ahora permite a los herederos de ETA una influencia política e institucional decisiva. Giménez Abad da nombre hoy a un puente y una fundación en su ciudad, y el hijo que presenció su asesinato reivindica desde el Parlamento europeo la vigencia de la antigua consigna: memoria, dignidad, justicia.