Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo

  • Si el presidente muere en el cargo, la extrema ultraderecha a la que ha llevado al núcleo del poder establecerá su ‘sueño americano’, una pesadilla para todos los demás

Qué sucedería si Trump falleciese siendo presidente? Para responder, es necesario comprender las obsesiones de unas facciones extremadamente reaccionarias que han permanecido en la periferia del Partido Republicano hasta que Trump las llevó al núcleo del poder a través de la Heritage Foundation y su Proyecto 2025. Trump se apoya en esta gente porque le proporcionan un equipo de gobierno cohesionado y porque comparte muchas de sus ideas, pero no es su títere. Su carácter incoherente y colérico le vuelve incontrolable y no sigue ningún plan excepto su propia ambición.

La Heritage Foundation es la cara más intelectual de grupos que no son irracionales, pero son antirracionales por esencia. Son lo que un científico social desapasionado y objetivo solo puede calificar como ‘fuerzas del mal’, porque son patriotas en el sentido de que su patria son ellos mismos, excluyendo al resto de la población, y son justicieros en el sentido que denunciaba el escritor James A. Michener, de identificar como justicia los intereses de ciertos grupos privilegiados para asegurarse de que sean defendidos a toda costa. Son racistas a machamartillo que todavía están resentidos contra el movimiento de los derechos civiles, y machistas a ultranza que todavía sueñan con eliminar la 19ª Enmienda, que dio el derecho al voto a las mujeres.

En el terreno económico, la extrema ultraderecha todavía sueña con anular el impuesto sobre la renta, que el presidente Wilson estableció en 1913, y descargar casi toda la presión fiscal sobre las clases medias bajas y los asalariados a través de tributos al consumo, tasas urbanas, entre otros. Ahora bien, por mucho que eleves tales impuestos, nunca vas a compensar lo que dejas de ingresar por renta, herencias o patrimonio. Para evitar un déficit gigantesco, surge uno de los mantras sagrados de la extrema ultraderecha económica norteamericana: el dogma del Estado mínimo. Las funciones públicas quedarían reducidas a los instrumentos de control y represión: ejercito, policía, tribunales, espionaje, recaudación de impuestos a la plebe y muy poco más.

En cuanto a la calidad de vida, el nuevo orden carecería de pensiones, desempleo sanidad o educación públicas. Los sindicatos son acusados de antiamericanos, de manera que se verían severamente reprimidos o prohibidos. Las regulaciones sobre salarios, seguridad laboral o contaminación desaparecerían por completo en nombre de la sacrosanta libertad empresarial, pero no sería un sistema capitalista de libre competencia, porque los colosos de la industria gozarían de favoritismo gubernamental y se defiende sin tapujos la conveniencia de forjar gigantescos monopolios. El mito del humilde emprendedor que comienza algo nuevo en el garaje de su casa y lo convierte en un imperio empresarial quedaría bloqueado para siempre. Ni que decir tiene que desaparecería el aborto y en el terreno sexual, aquello parecería la España de Franco.

En cuanto a la inmigración, los forasteros podrían entrar casi a voluntad, porque los empresarios necesitan mano de obra barata, pero se convertirían en una casta de ‘metecos’, eternamente marginados, sin posibilidades de adquirir la ciudadanía, amenazados siempre de deportación para mantenerlos dóciles.

Y las gentes no podrían protestar, porque el imperio americano involucionaría hacia una democracia oligárquica, con tribunales adictos, derechos electorales restringidos de facto a segmentos cada vez más reducidos de la población y sistemas de votación amañados para prevenir sorpresas; o directamente no habría elecciones.

De cara al exterior, el nuevo imperio americano regresaría a la política erróneamente conocida como aislacionismo, que en realidad fue siempre un unilateralismo imperialista. EE UU era ‘aislacionista’ tan solo en el sentido de que no formaba alianzas permanentes ni se vinculaba a ninguna organización o normativa internacional. Esto no es tan malo como lo que hace Trump, sino muchísimo peor: Trump lanzó amenazas sobre Groenlandia o Panamá; sus sucesores enviarían tropas y se apoderarían por la fuerza de estos territorios. Trump ha impuesto aranceles. Sus sucesores implantarían cuotas de comercio obligatorias o directamente tributos, o por lo menos lo intentarían. Trump amenaza con abandonar la OTAN. Sus sucesores la abandonarían de inmediato, pero seguirían exigiendo ayuda militar europea para sus guerras. Trump duda a la hora de atacar por tierra Irán. Sus sucesores desplegarían un millón de hombres sin complejos.

Esta es la versión del ‘american dream’ de la extrema ultraderecha. Sueño para ellos; pesadilla para todos los demás. Y si Trump muere en el poder, intentarán llevarlo a la práctica de inmediato. Otra cosa es que lo consigan.