Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- López de Lacalle acabó excluido y atacado por la izquierda por oponerse frontalmente a ETA-HB y a la negociación de sus chantajes
El jueves 7 de mayo la implacable memoria de Rubén Múgica me recordó, a través de un post en X, que ETA asesinó a nuestro amigo José Luis López de Lacalle -y amigo de su padre también asesinado, Fernando Múgica– hace veintiséis años. El asesinato produjo una de las fotografías testimoniales más poderosas de los muchos crímenes de la banda: el cuerpo abatido cubierto por una sábana ensangrentada, al lado el paraguas rojo caído abierto, y un ertzaina, también de rojo, vigilando la escena del crimen. Era una mañana lluviosa de domingo temprano (a mí me llamó para enterarme Maite Pagazaurtundua); José Luis volvía a su casa con un gran fajo de periódicos para su ocupación favorita, leer todos y cada uno de ellos para comentar después con amigos y conocidos la actualidad de su pasión, la situación política.
Libertad de expresión
Aún colea la pregunta de cómo fue posible que nadie con poder hiciera algo por evitar un crimen tan anunciado. López de Lacalle recibió numerosos avisos y amenazas, y no solo de la banda, y carecía de protección: vivía en Andoain, plaza fuerte de ETA-HB donde la banda podía cazarle cuando quisiera (en febrero de 2003 asesinaron a Joseba Pagazaurtundua en circunstancias muy parecidas). Las amenazas intentaban que dejara de escribir artículos de opinión en la prensa, siempre insistiendo en su convicción de que la democracia peligraría si se negociaba con la banda tranquilidad a cambio de concesiones. Qué razón tenía. Todavía hoy es un asesinato profundamente incómodo para el establishment, porque no fue asesinado, como tantos otros antes, por ser miembro de las fuerzas de seguridad, militar, empresario o cargo político, sino por ejercer la libertad de expresión con sus propias convicciones e indudable autoridad moral, en conflicto con intereses poco confesables.
En efecto, José Luis López de Lacalle representaba muy bien al antifranquista vasco de izquierdas. Militó en el PCE, pasó cinco años de cárcel por participar en la fundación de CCOO, después ayudó a fundar IU para pasar a apoyar al PSOE. Pero acabó excluido y atacado por la izquierda por oponerse frontalmente a ETA-HB y a la negociación de sus chantajes, participando activamente en la fundación del Foro de Ermua. Un hombre de una pieza, como sus amigos Agustín Ibarrola o Tomás Tueros, capaces de cambiar de partido para no traicionar principios y convicciones.
Una historia de corrupciones confluyentes
Cuando fue asesinado, El Mundo, diario donde colaboraba últimamente, lo reivindicó como periodista suyo, e hizo muy bien. Llegó a sus páginas tras ser vetado por el Grupo Correo (ahora Vocento), tras publicar muchos años en El Diario Vasco, debido a su oposición a ceder al chantaje de ETA por la Autovía del Leizarán, entre Pamplona y San Sebastián. El mundillo político, mediático y empresarial ya había decidido ceder. Además, el chantaje ofreció una ocasión de oro para forrarse a los socialistas navarros, con el presidente de Navarra Gabriel Urralburu al frente -y la conocida trama de corrupción de Luis Roldán-, para exigir mordidas a las empresas de seguridad encargadas de vigilar la obra (ETA asesinó a cuatro personas, elevando los costes de seguridad).
Es una historia pútrida donde confluyen terrorismo nacionalista con excusas medioambientales, establishment dispuesto a ceder al chantaje para evitarse problemas, y socialistas corruptos aprovechando para cobrar comisiones y defender el diálogo con la banda. Todos los ingredientes de la gran traición que consumó Zapatero y han traído la gran corrupción sistémica del presente. El asesinato de López de Lacalle, como los del secretario general de los socialistas vascos Fernando Buesa (22/ 2/ 2000) y el de Joseba Pagazaurtundua (8/ 2/ 2003), atentaron selectivamente contra la opinión, el liderazgo y las bases de la izquierda enemiga de todo trato con el terrorismo. La negociación en puertas necesitaba barrer esa oposición interna.
La elevación de Arnaldo Otegi
Por supuesto, el asesinato de López de Lacalle fue condenado por todo el mundo, salvo por ETA. Al contrario, la banda lo esgrimió como aviso público a medios, periodistas y columnistas de opinión. Arnaldo Otegi lo expresó con su claridad de asesino moral, y con toda impunidad, en la ETB, la televisión pública y amiga vasca: allí justificó el asesinato porque “pone sobre la mesa el papel de los medios de comunicación y de determinados profesionales de los mismos que plantean una estrategia informativa de manipulación y de guerra en el conflicto entre Euskal Herria y el Estado”.
Pero la razón directa del asesinato fue la cadena causal que llevó a López de Lacalle del PCE y CCOO al ostracismo político, al veto de Vocento y al Foro de Ermua y a Basta Ya. José Luis López de Lacalle no fue asesinado sólo por escribir contra el terrorismo, sino por un motivo doble y concreto: uno, representar una tradición política a extinguir, la izquierda democrática constitucionalista y antiterrorista; dos, rechazar toda concesión a ETA en el caso ejemplar de la autovía de Leizarán, aunque fuera disfrazada de colectivo ecologista.
La autovía del Leizarán fue finalmente inaugurada en 1995. Lleva de San Sebastián a Pamplona a través de paisajes espectaculares y de una colección de largos túneles y fuertes pendientes, peligrosas para camiones, impuestas por el trazado que la banda impuso asesinando, y no por razones estéticas ni ecológicas. Allí se aliaron, con funestas consecuencias, el falso ecologismo woke y terrorista, la cobardía política y la corrupción rampante, ya profesionalizada a la sazón en el PSOE. Respecto a la prensa amenazada, había entendido muy bien las amenazas de ETA por boca de Arnaldo Otegi, a pesar de lo cual la banda asesinó poco después, en mayo de 2001, al gerente de El Diario Vasco, Santiago Oleaga. Las concesiones a la omertá no habían sido suficientes.
La victoria de la corrupción
El asesinato de López de Lacalle, y los que vinieron después, lejos de invitar a reflexionar sobre el peligro de aceptar la negociación, la precipitó. El plenipotenciario socialista Jesús Eguiguren ya estaba tejiendo la red de complicidades con la cúpula etarra, bajo el amparo de sedicentes pacifistas internacionales de pago. Y aunque nadie lo viera venir, que la negociación banda-PSOE acabara en el pacto de gobierno con Sánchez entra en la plena lógica del proceso de conversión de la política en mafia. La corrupción convirtió al terrorista Arnaldo Otegi en providencial “hombre de paz”, y a las víctimas en meras anécdotas de la pacificación. Son veintiséis años de historia de una traición en beneficio de la corruptocracia gobernante.