Ignacio Camacho-ABC

  • Las Canarias son una frontera europea y merecen una prioridad estratégica que les niegan tanto en Madrid como en Bruselas

No existe ningún respaldo documental pero una leyenda histórica, recogida por Stephen Marlowe en sus memorias apócrifas de Colón, sugiere que las carabelas pudieron cruzarse al salir de Palos con alguna nave repleta de judíos recién expulsados. El episodio, real o inventado, recuerda al del cruce del Hondius con un cayuco de inmigrantes africanos que arribó este fin de semana a las costas del archipiélago canario. Apenas unos kilómetros de distancia separaban el puerto de Granadilla del lugar donde Salvamento Marítimo rescató a los náufragos mientras un despliegue de ejército, protección civil, drones y equipos sanitarios esperaba a los pasajeros del crucero infeccioso como si trajese a bordo al mismísimo King Kong (Herrera ‘dixit’) encadenado. Un contraste de lo más literario: dos embarcaciones errantes, dos contingentes humanos de muy distinta condición y procedencia unidos por el azar en un destino simultáneo. Entre la acogida y el rechazo. Al mismo tiempo y en el mismo escenario.

Paradojas de la sociedad moderna. La inmigración irregular se ha convertido en rutina para una mentalidad política capaz de activar ante un virus todos sus recursos de emergencia, mientras las epidemias son junto con la pobreza la verdadera rutina para quienes se juegan la vida huyendo de su tierra en manos de las mafias negreras. A las islas Canarias les han caído encima a la vez los dos problemas por su situación de frontera europea, característica geográfica merecedora de una compensación en términos de prioridad estratégica que les niegan las autoridades de Madrid y de Bruselas. El presidente autonómico Clavijo ha sobreactuado con el comodín «colonial» y el temor a esas pintorescas ratas nadadoras, carne de meme y cuchufleta, cuya mención ha desautorizado su legítima protesta al transformar en farsa la amenaza verosímil de una tragedia. Pero tiene motivos razonables de malestar ante un Gobierno nacional que lo margina a conciencia y se pasa la lealtad institucional por la entre… tela.

Tras la alarma hiperbólica del ébola, perro incluido, y el exceso de confianza con el covid, la pésima gestión inicial del brote de hantavirus ha creado un clima de inquietud social probablemente desmesurado para su auténtico peligro. En medio de esa histeria estimulada por fuertes dosis de sensacionalismo han revivido los fantasmas que desde 2020 permanecían latentes en el subconsciente colectivo, y el sanchismo ha reaccionado con su natural instinto para el espectáculo propagandístico. La respuesta ha sido correcta, aunque rodeada en su ejecución de un énfasis escenográfico a la mayor gloria del Ejecutivo, ansioso por demostrar una operatividad que ha faltado en desastres bastante más comprometidos. Ya quisieran las víctimas de la dana o de Adamuz haber contado con la atención presencial de tantos ministros, a alguno de los cuales –ay, Marlasca– se le echó en falta en otro reciente trance crítico, sin duda menos grato que la exhibición de poderío de esta especie de Chernóbil de bolsillo.