Rogelio Alonso-ABC
- Ante la magnitud de las injusticias cometidas por los etarras se requieren actos que vayan mucho más allá de meros textos que banalizan la deshumanización de sus víctimas
«No es de sentimientos de lo que hay que hablar, sino de hacer justicia a las víctimas». Las palabras del filósofo Reyes Mate en 2006 resuenan hoy cuando los presos de ETA se benefician de permisos fraudulentos por realizar una exhibición de sentimentalismo. «Las cartas de disculpa de ETA», ensalza ‘El País’; «El exjefe de ETA pide perdón a las víctimas», miente TVE sobre otra carta del terrorista Aspiazu. Todas esas misivas repiten palabras talismán que parecen reproducidas al dictado como parte de una estrategia con la que burlar la Justicia y prostituir la historia del terrorismo.
En política el perdón constituye un poderoso símbolo. Por ello requiere unos requisitos que demuestren su autenticidad, pues en ausencia de ellos cobra otra intencionalidad: pedir perdón sin pedir realmente perdón. Lo hizo ETA en 2018 y Otegi en 2021 con un hipócrita y cínico «reconocimiento del daño causado» que ahora los presos repiten. Ese falso perdón fue muy valorado por la izquierda y el nacionalismo, legitimando así el PSOE su alianza con Bildu, socio en la imposición de una memoria sesgada sobre nuestra historia. Lo mismo ocurre con esas cartas de presos de ETA a las que las autoridades penitenciarias, la Fiscalía y los jueces conceden un significado diferente del que se desprende de su contenido, el contexto en el que se redactan y la personalidad de sus autores.
En ellas los etarras eluden la necesaria rectificación moral del juicio sobre los crueles crímenes perpetrados. «No puedo cambiar lo sucedido», recitan criminales que sí pueden modificar la interpretación de ese pasado que, sin embargo, explican y contextualizan para acabar justificándolo. Para reinterpretar su historia de terror y admitir su responsabilidad deberían asumir de manera inequívoca su culpa por las injusticias que infligieron sin rebajar su ilegitimidad, su absoluta inmoralidad humana y política. En su lugar, solo ofrecen evasivas escondiendo el terrorismo bajo eufemismos que exculpan a «la organización» por su «violencia» y su «lucha». La ideología nacionalista por la que asesinaron queda indemne ignorando, como reclamó Aurelio Arteta, que las víctimas de ETA demandan una justicia penal y, además, política por el profundo daño causado a la comunidad, a la democracia.
Las promesas de reparación de los etarras en esos textos son escudos con los que evitan responsabilizarse de las terribles consecuencias de sus actos, como deberían hacer colaborando con la Justicia en el esclarecimiento de los cientos de asesinatos pendientes y aportando información sobre quienes dieron las órdenes. Optan en cambio por la cómoda vía que Otegi marcó: la ‘izquierda aberzale’ nunca irá contra ETA. Como apunta Stephen Cherry, hay ofensas que nunca pueden ser perdonadas y otras que solo lo serán cumpliendo determinadas condiciones. En consecuencia, ante la magnitud de las injusticias cometidas por los etarras se requieren actos que vayan mucho más allá de meros textos que banalizan la deshumanización de sus víctimas. Se dirigen a ellas para utilizarlas, ya que un verdadero perdón exige que las necesidades de las víctimas prevalezcan sobre los deseos de los reclusos de obtener beneficios penitenciarios mediante esa retórica vacía con la que se limitan a trasladar su «pesar». Myisha Cherry critica el perdón superficial a través de «palabras mágicas que con solo pronunciarlas pretenden cicatrizar heridas» evitando las exigencias que deben reclamarse a quienes, como los presos etarras, ven recompensadas engañosas fórmulas verbales que tanto distan de representar una contrición real.
Frente a la ceguera moral de quienes manipulan el perdón, Iñaki Viar, miembro de ETA en sus orígenes, mostró su herida moral y denunció: «Estamos ante la gran operación política de rebajar la gravedad de la acción criminal de ETA. Se pretende sustituir la justicia por recursos a la sentimentalidad: expresar la ‘pena’ por el dolor de las víctimas y la ‘reparación’ por el perdón. Es un discurso cursi y obsceno porque trata de encubrir y hacer olvidar el horror de los crímenes». Mikel Azurmendi, otro integrante de ETA en sus inicios, manifestó una compunción moral ausente en el falso perdón de etarras que simulan aflicción mientras siguen actuando «como ventrílocuos de ETA».
El falso perdón validado por nuestro sistema penitenciario representa, como alerta MacLachan, «un modelo performativo para eludir la responsabilidad política y legal». Se minimiza el terrorismo nacionalista al evaluar como una evolución favorable de los reclusos simples lamentos con nula credibilidad. Ello en un contexto en el que se rehúye exigir a los representantes políticos de ETA responsabilidades por una violencia que, dicen, ya no existe, como si sus víctimas y las consecuencias del terror no pervivieran. El falso perdón de los presos facilita así «poner el contador a cero», ignorando las implicaciones de la violencia tras décadas de coacción, premiando a Bildu para que el actual Gobierno mantenga el poder. Además, se resignifica la violencia de ETA, como persigue la Ley de Memoria Democrática de Sánchez apoyada por PNV y Bildu. Ambas expresiones del nacionalismo vasco tienen pendiente una auténtica contrición tras deslegitimar nuestro sistema democrático mientras legitimaban el terrorismo etarra. Esquivan la deuda contraída con nuestra democracia y las víctimas del terrorismo instrumentalizando el perdón con el fin que Ana Iríbar, viuda de Gregorio Ordóñéz, desenmascaró:
«Esa parte de la sociedad que dio la espalda al problema del terrorismo entiende que, si la víctima perdona al asesino, también perdona la parte de culpa colectiva que subyace en el subconsciente de cada individuo, del que veía en los informativos o leía en los periódicos la noticia de un atentado más sin inmutarse. Ese perdón puede difuminar la sombra de silencio y de indiferencia que construye la parte nacionalista de la sociedad. Es ésta la que necesita resucitar a la víctima, hacerla de carne y hueso, dotarla de identidad, rendirle homenajes, no porque despierte solidaridad o empatía, no para defender sus derechos, o para buscar al culpable y trabajar para que se haga justicia; resucitan a la víctima para exigirle que perdone, y a través del perdón, que redima de su culpa al terrorista a través del perdón de un familiar, de la esposa, la madre, la hermana, el huérfano. Así que el problema de tantas conciencias tiene solución: el residuo familiar que deja la víctima del terrorismo va a perdonarle; para muchos significa un cierto alivio al comprobar que ese sentimiento escondido de culpabilidad queda disuelto en un mal sueño. Y sin haber movido un dedo. Desde el sillón de su casa».
Y en el caso de los etarras, desde la celda que dejan anticipadamente porque con una mera carta trivializando el dolor de sus víctimas logran aquello sobre lo que Sandrine Lefranc previno: «apoderarse del léxico del perdón con el fin de embellecer una política de impunidad».
Rogelio Alonso es catedrático de Ciencia Política