Gorka Maneiro-Vozpópuli
- Fue, para muchos, demasiado duro, y como siempre ocurre en sucesos semejantes, especialmente para los más vulnerables
Las primeras noticias relativas al hantavirus nos han retrotraído a la época del Covid, tiempo de infausto recuerdo para millones de personas. Cuanto más recuerdo aquella época, peores sensaciones tengo, y eso que, por un lado, yo mismo y mis familiares más cercanos supimos adaptarnos razonablemente bien a las restricciones que se impusieron y, por otro lado y sobre todo, no sufrí pérdidas irreparables. A pesar de que todo pudo ser peor en lo que a mí me atañe, la sensación que tengo es de congoja: vivimos bajo presión demasiado tiempo y murió más gente de la soportable; además, durante mucho tiempo ni sabíamos cuándo y cómo recuperaríamos nuestras libertades ni si saldríamos indemnes. No fue sólo el virus mortal que nos hizo la vida imposible sino la reacción histérica de tantos que nos narraban los muertos a diario, reconvertidos repentinamente en periodistas de sucesos dramáticos cuando de las buenas noticias nunca nos habían informado antes.
Lo que más tememos no es sólo que el hantavirus llegue a convertirse en una pandemia y amenace directamente nuestras vidas sino las restricciones que los distintos gobiernos pudieran implementar para salvarnos, sobre todo si las consideramos injustificadas: en concreto, que, llegado el caso extremo que desde luego a día de hoy descartamos, lleguen nuevamente a encerrarnos en nuestras casas o limitar nuestras libertades. Fue, para muchos, demasiado duro, y como siempre ocurre en sucesos semejantes, especialmente para los más vulnerables, que suelen ser los más pobres o los más ancianos, normalmente con menos instrumentos para ponerse a salvo y vivir dignamente; al fin y al cabo, el aislamiento de quien reside en una casa con todas las comodidades es mucho menos aislamiento del que vive en una solución habitacional de cuarenta metros cuadrados, de esas que ahora están ganando cuota de mercado porque los distintos gobiernos no saben cómo dar solución al problema de la vivienda.
Policías espontáneos
Hay quien dice que tampoco fue para tanto, que es lo que suele decir quien ha superado un obstáculo que inicialmente parecía insalvable, porque los hechos a posteriori, cuando ya han sido superados, no parecen tan graves. No sé si salimos más fuertes pero sí que sirvió no sólo para conocernos más a nosotros mismos sino para conocer mejor a las personas que nos rodeaban, que quizás sea la mejor forma de salir de una crisis. En general, hubo de todo: desde personas que se ofrecieron como voluntarios para hacer frente al caos sanitario… a personas que, sin que nadie les diera el cargo, se convirtieron en policías que vigilaban el comportamiento del resto al más puro estilo 1984.
Observo dos opiniones mayoritarias: una, soportamos más restricciones de las constitucionalmente admisibles; y, dos, si hoy volviera a suceder lo mismo, no nos dejaríamos que nos impusieran todas las medidas que nos impusieron. En principio, que alguien no se deje atosigar por los gobernantes y defienda su autonomía y sus libertades es algo positivo, siempre, eso sí, que esta actitud no impidiera de facto tomar las medidas sanitarias necesarias para enfrentar una nueva pandemia. A veces es difícil diferenciar una cosa de la otra; al fin y al cabo, el ser humano es un ser racional pero no siempre demasiado razonable. Por otro lado, si antes los que se rebelaron a mantenerse encerrados o incluso a vacunarse fueron considerados extremistas, hoy no lo serían tanto. Y, desde luego, serían más que entonces.
Estados de alarma inconstitucionales
Dos son los temas que siguen siendo polémicos: por un lado, las medidas restrictivas que se tomaron y, por otro lado, las vacunas. Vistos ahora los hechos, es una obviedad que los que debían tomar las decisiones no estaban lo suficientemente preparados. Si a esto se le añade el oportunismo de los políticos, se explican algunos errores mayúsculos y algunas decisiones no sólo arbitrarias sino incluso delictivas. Los errores pueden comprenderse y hasta perdonarse, aunque se suponga que los responsables deban estar preparados para enfrentarse a las crisis que nos acechan; las decisiones arbitrarias o los delitos no pueden ni deben ser ni olvidados ni perdonados, como tomar decisiones por conveniencia a sabiendas de que son innecesarias o incluso perjudiciales, como permitir la celebración de una manifestación afín para lograr votos, como llegó a hacer el Gobierno de Pedro Sánchez. Además, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales partes clave de los estados de alarma decretados en 2020 y 2021, como el confinamiento general, sin que se conozcan consecuencias al menos políticas para quienes, teniendo la obligación de cumplir y hacer cumplir la ley, la vulneraron gravemente. En cuanto al encierro, tengo para mí que fue un exceso que aceptamos por miedo.
En cuanto a las vacunas, sigo pensando que, a pesar de que tengan contraindicaciones o efectos secundarios, como todos los medicamentos, son indispensables. Y que las que nos suministraron para protegernos del contagio fueron imprescindibles para superar la pandemia. Puedo comprender ciertos miedos por la rapidez con la que se fabricaron, pero no la militancia anti-vacunas. Por lo que considero que la obligatoriedad de vacunarse es más que razonable; al fin y al cabo, son las que nos siguen salvando de enfermedades antes letales.
Los que se lucraron con el drama
Aquella época nos trajo algunas enseñanzas fundamentales y no sólo la de que la vida es volátil y efímera. Además, que el miedo es un instrumento esencial para controlar a las masas, que el sectarismo es la peor enfermedad de la política y que las libertades individuales son un bien que debe ser protegido y preservado incluso en los momentos más extremos. Y, desde luego, confirmamos la irracionalidad del Estado autonómico, que lo mismo sirve para que el Gobierno central haga o deshaga a su antojo como para que determinadas comunidades donde gobiernan los nacionalistas perpetren medidas claramente discriminatorias. Además, comprobamos el ingenio de tantos, que buscaron su modo de hacer su vida más llevadera, aunque incurrieran en comportamientos no siempre demasiado recomendables. Y luego están los aprovechados y los corruptos de toda la vida, siempre prestos a hacer negocio a costa de la hacienda y la vida del resto, como quienes se lucraron con el negocio de las mascarillas, incluso desde el propio Gobierno de España.
Yo espero que nadie admita más corrupción, ni siquiera la propia o la de los suyos, como habitualmente ocurre en España. Y espero que no se admita tampoco un nuevo encierro que suponga la vulneración de nuestros derechos constitucionales.