Olatz Barriuso-El Correo

No da Imanol Pradales puntada sin hilo en política exterior porque su equipo es muy consciente de que, cada vez más, lo geopolítico es interno y consustancial al modelo de liderazgo que cada uno elige construirse. Por eso, el encuentro del lehendakari con el Papa León XIV justamente ahora, en puertas del viaje a España en junio del Sumo Pontífice –muy condicionado políticamente por las andanadas de Vox a la jerarquía eclesiástica y por los numerosos frentes que el Gobierno PSOE-Sumar tiene abiertos también con la Iglesia–, supone también una toma de postura política. Una elección de bando a favor de «la paz, la democracia, la dignidad humana y la justicia social», en palabras del propio lehendakari.

¿Qué significa eso en realidad? Para empezar, un intento de identificarse con la moderación de corte «humanista» –ni con el autoritarismo populista que denosta a los prelados por hacer «negocio» con la inmigración ni con la izquierda atea que combate sus enseñanzas morales–, muy en la línea de la búsqueda del centro que anima al PNV actual y de la doctrina socialcristiana que hizo suya Iñigo Urkullu. Una enmienda de matiz, por cierto, a la ideología democristiana que inspiró a la formación jeltzale sobre todo en la primera mitad del siglo XX –una tercera vía frente al fascismo y el comunismo–, hasta que, con la llegada de la democracia, se declaró aconfesional en la Asamblea de Iruña de 1977, en lógico acompasamiento con la transición a una sociedad moderna y secularizada. El PNV ha bebido siempre, sin embargo, del humanismo de raíz católica, muy difuminado, por no decir velado, durante el mandato de Ortuzar, en el que el giro del partido se dejó notar en su apoyo a las leyes progresistas impulsadas por el PSOE, singularmente la del aborto y la eutanasia.

Ese no es, con todo, el vector principal del mensaje que pretende comunicar Pradales con la muy medida escenificación de su visita al Vaticano. Como tampoco lo es la proyección de Euskadi en el escenario internacional como actor protagonista en lugar de mero espectador –importantísima para Lakua–, sino sobre todo la construcción del personaje político del lehendakari como ‘hacedor de paz’ y promotor de «valores» frente a líderes como –sorpresa– Donald Trump. El enorme protagonismo del ‘Guernica’ de Picasso en los regalos que recibió Robert Prevost refuerza esta idea, como lo hace también que el lehendakari se atribuyera frente a Pietro Parolin la paternidad compartida con Canarias del acuerdo para el reparto de menores no acompañados. Que Pradales haya elegido como «brújula moral» de su mandato a León XIV y al lehendakari Agirre y que invite al Papa a Euskadi en el aniversario de aquel primer Gobierno vasco y del bombardeo de la aviación nazi sobre la villa foral la redondea aún más.

Lo que hay detrás, sobre todo, de la jornada de ayer es el intento de Pradales y sus asesores de situar al lehendakari «en el lado correcto de la Historia», que dirían Pedro Sánchez y Yolanda Díaz, pero, digamos por persona interpuesta, y sin la estrategia combativa, de pancarta y ‘no a la guerra’, del presidente del Gobierno. El lehendakari sabe, en todo caso, que ese perfil antitrumpista de Sánchez que ensalza el ‘New York Times’ como «alternativa para guiar al mundo» le hace ganar votos también en Euskadi. Y ha decidido competir.