Editorial-ABC
- Lo que muchos ciudadanos perciben ya no es una sucesión aislada de errores, sino una forma de gobernar marcada por las concesiones permanentes, la propaganda, el tacticismo y la erosión institucional
Calificar la muerte de dos guardias civiles en una persecución contra el narcotráfico en Huelva, como el pasado lunes hizo María Jesús Montero, de «accidente laboral» representa, incluso para muchos socialistas, la puntilla a una campaña electoral ya profundamente deteriorada. Obligada a rectificar, la exministra de Hacienda es desde hace tiempo una candidata depauperada y encarna muchos de los vicios que han terminado definiendo al sanchismo. El tremendo error de reducir la muerte heroica de dos agentes a una fórmula burocrática vacía de dignidad la labor de quienes se juegan la vida frente al narcotráfico y revela hasta qué punto cierta política ha perdido contacto con la realidad y con el dolor de los ciudadanos. La frase coincide en el tiempo con la instrucción del caso Plus Ultra y con la constatación de la ausencia de informes concluyentes sobre las condiciones necesarias para que la aerolínea recibiera el millonario rescate aprobado durante la pandemia.
Sobre la actuación de la SEPI, organismo que dependía directamente del departamento que dirigía Montero, planean desde hace tiempo sospechas políticas y judiciales que la candidata andaluza intenta ahora esquivar sin demasiado éxito. La situación se agrava, además, por investigaciones que afectan a personas de su entorno político y administrativo más próximo. Todo ello conforma un paisaje de desgaste y desconfianza que la campaña socialista, a cuatro días de los comicios andaluces, ya no consigue ocultar. Así las cosas, el PSOE andaluz bracea en la oscuridad de sus propias responsabilidades. Es sano que los ciudadanos tengan memoria y recuerden que la actual candidata fue una de las principales arquitectas de la estructura económica y fiscal que permitió las concesiones al independentismo catalán a cambio de sostener a Pedro Sánchez en el poder. También parece evidente que la estrategia de la Moncloa de promocionar a determinados ministros como candidatos autonómicos muestra signos claros de derrota. El próximo domingo podría confirmarse esa tendencia y convertir las elecciones andaluzas en un auténtico termómetro del desgaste nacional del Gobierno.
En realidad, los malos augurios que rodean a María Jesús Montero, agravados por su falta de consideración hacia dos agentes muertos en acto de servicio, no hablan únicamente del fracaso de una candidata concreta, sino de la tormenta perfecta a la que se enfrenta el sanchismo en su conjunto. Porque lo que muchos ciudadanos perciben ya no es una sucesión aislada de errores, sino una forma de gobernar marcada por las concesiones permanentes, la propaganda, el tacticismo y la erosión institucional. Lo que se vota el domingo va mucho más allá de una contienda autonómica. Sobre la mesa estarán la política territorial del Gobierno, sus pactos, su gestión económica y también la sensación de deterioro moral que transmiten determinados episodios de corrupción y opacidad. Pedro Sánchez comparece ya ante muchos españoles no solo como el responsable político de su Ejecutivo, sino como el máximo representante de un modelo agotado, sostenido a base de cesiones, relatos y alianzas cada vez más difíciles de justificar ante la opinión pública.